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… Pero Suárez supo dimitir (en respuesta a la Tercera de Suárez Illana)

Por encima de todo, lo que no quieren recordar ni Suárez Illana ni Mariano Rajoy es que Adolfo Suárez dimitió.

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Suárez Illana respaldó un acto de campaña de Rajoy en Ávila junto a la estatua de su padre. | EFE

Adolfo Suárez Illana, hijo del primer presidente de nuestra Democracia, ha dedicado una Tercera de ABC a criticar a Albert Rivera. Dice Suárez Illana que no es un reproche pero la prueba inequívoca de lo contrario es que ni siquiera le menciona. No, en el artículo de Suárez Illana aparecen, además de su padre, Felipe González y José María Aznar, pero no hay rastro ni del defendido ni del criticado, ni de Rajoy ni de Rivera, razones últimas de su columna.

Otro síntoma que revela las intenciones del articulista es que las niega: "No quiero que se me malinterprete…". Pues si en la palabra escrita cabe el equívoco puede ser por falta de oficio o por firme intención. Creo que una mezcla de ambas inspiró este martes el texto en ese prestigioso espacio de opinión de la prensa española, siempre reservado al minucioso análisis político. En cualquier caso, la mejor forma de evitar malas interpretaciones es abstenerse de brindarlas o ir al grano sin ambages ni disculpas.

Hagamos lo propio. Según Suárez Illana, Albert Rivera –al que no menciona en el artículo– no tiene derecho a recordar la figura de su padre –"Hay quienes están muy interesados en proclamarse herederos de Suárez"– y menos aún a usarla "como arma arrojadiza" contra el partido que, a su entender, tiene que gobernar porque "ha ganado las elecciones". El hijo del presidente no ve lógico que el "segundo y el cuarto" quieran "arrebatar" el poder al primero. Lo firma Suárez Illana pero lo inspira el propio Mariano Rajoy, al que, debo insistir, tampoco menciona en el artículo.

Dice Suárez Illana que "sobran improperios" y recuerda que el presidente Suárez cultivó "el respeto real y profundo por el discrepante, no la impostura formal para intentar sacar del tablero político al adversario". Estoy de acuerdo. Pero también estoy seguro de que no se refiere al PP cuando ordenó llamar Chutatans al partido de Rivera o cuando el propio Rajoy se burlaba diciendo que Chutatans buscaba "candidatos en las cafeterías", que, en todo caso, siempre será mejor que tener que sacarlos de comisaría.

Pero el estilo de la Tercera de marras no es nuevo. Hasta ahora, Suárez Illana se ha limitado siempre a la queja y el bloqueo sobre los que hablan respetuosamente de su padre. Obligó a cambiar la portada del libro de Abel Hernández Suárez y el Rey en la que aparecía don Juan Carlos pasando su mano por el hombro de Suárez, ambos de espaldas paseando por los jardines de su residencia madrileña. En aquel entonces, el expresidente ya sufría el olvido en su mente y quizá no recordaba el olvido que le infligió el que le abrazaba. Pero la instantánea, entrañable, había sido captada con acierto por Suárez Illana y por eso se negó a que apareciera en la portada del exitoso libro de Abel Hernández. Espasa accedió a cambiarla para evitarse problemas pero el caso es que el propio Suárez Illana había cedido hace tiempo todos los derechos de la imagen, galardonada con el Premio Ortega y Gasset, a la agencia EFE.

Se quejó amargamente del enfoque del libro de Luis Herrero Los que le llamábamos Adolfo, imprescindible para entender la Transición y clave para confirmar lo que otros ya habían apuntado sin atreverse a decirlo del todo: que el rey Juan Carlos abandonó a Suárez tras una relación que fue deteriorándose poco a poco. "O miente o traiciona", dijo sin decidirse por alguna de las dos posibilidades, es decir, sin avalar su reproche a Herrero.

También se quejó del libro de Pilar Urbano La gran desmemoria, otra vez por la foto que, esta vez aparecía en el interior y, en general, por el tono del libro pese a que la propia Urbano dijo en esRadio que Suárez Illana "estaba muy contento" y que incluso estaba dispuesto a leérselo a su padre, todavía vivo, porque "a su modo, lo entendería". Queja y bloqueo siempre. Sin embargo, instalado en esa atalaya desde donde nos mira como albacea político de la Transición, Suárez Illana no ha querido dedicar una línea, por ejemplo, contra Alberto Garzón que, el pasado viernes, dijo en la sesión de investidura que la democracia llegó a España gracias a la Izquierda. ¿Por qué contra Abel Hernández, contra Herrero, contra Urbano y ahora también contra Rivera –insisto, despreciándolo hasta omitir su nombre– y ni una palabra sobre los que de veras quieren anular la figura de su padre, la del político clave en el entendimiento entre españoles tras cuatro décadas de dictadura? Menuda Tercera podría haber firmado contestando a Alberto Garzón, a Pablo Iglesias o a todos estos que hoy quieren hacernos creer que Franco murió del susto, arrinconado por la insoportable presión de las izquierdas que golpeaban con sus puños las mismísimas puertas de El Pardo. No, mejor contra Albert Rivera.

Mariano Rajoy arrancó su campaña del 20-D –la de curso legal– en la tumba de Adolfo Suárez en Ávila aunque el hijo critique ahora a los que "están muy interesados en proclamarse herederos de Suárez". Pero, ¿de qué podría sentirse Rajoy heredero? Nunca militó en la UCD sino en la AP a la que también renuncia a defender cuando, entre unos y otros y para concelebrar la excarcelación de Otegi, llaman terrorista a Manuel Fraga. Tuvo que ser precisamente Albert Rivera el que lo mencionara como parte del cambio de la dictadura a la democracia desde la demolición interna, más bien inmolación, del Régimen sin asistencia alguna de la izquierda.

Pero, por encima de todo, lo que no quieren recordar ni Suárez Illana ni Mariano Rajoy es que Adolfo Suárez dimitió. Y lo hizo, entre otras cosas, porque sabía a ciencia cierta, como sabían muchos y así ha quedado demostrado, que habría un golpe de Estado fruto de la inestabilidad política y él, el presidente de la Transición, no quería convertirse en "un paréntesis de la Democracia". Y, por supuesto, aunque Suárez Illana haya llegado a calificar de "delictivo" el mero hecho de insinuarlo, dimitió porque se sintió abandonado por el rey Juan Carlos, que también conocía el prólogo del 23-F y el posible abanico de desenlaces. Todo esto lo omite la Tercera del hijo del presidente dirigida, aunque no le quiera mencionar, a Albert Rivera. Pero ni Rivera es Suárez ni quiere serlo –para eso tendría que estar vivo Franco– ni el Rey es ya Juan Carlos.

Hay valores en ciertas personas que transcienden a la mera herencia biológica y nos pertenecen a todos. Adolfo Suárez –el político, no el padre de Suárez Illana– es uno de ellos.

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