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Política, miedo y poder

El PP se ha empeñado en hacer público que la democracia interna no es más que una cruel lucha de estructuras de poder.

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Soraya y Cospedal, en una imagen de archivo. | EFE.

Estamos en pleno debate general por el poder. Un nuevo gobierno y un nuevo PP centran la atención política para desgracia del ciudadano que asiste al juego viendo cómo los males que llevan de una cosa a otra siguen tan vivos como siempre si no más. Pero estos son los bueyes así que veamos cómo han empezado a arar.

La candidata Soraya juega a exhibirse en el papel que ella misma niega. En la COPE, la emisora que quiere dejar de hablar de política, mostró el cadáver de Núñez Feijóo al presumir de que las encuestas "hasta el pasado fin de semana" reducían la lucha a ellos dos. Con un breve silencio, quizá acompañado de esa media sonrisa que asoma cuando se cree lista, quiso dejar claro que ya sólo quedaba ella. ¿Y eso? A Feijóo se le pregunta por las fotos. A Soraya, no. Feijóo responde incluso si no se le pregunta, como hizo en esta casa en la entrevista con Federico. No tiene miedo pero se refiere a él, que es como decirlo todo. Y en 2020, ya veremos cómo anda el PP. Lo curioso esta semana es seguir de cerca la lista de adeptos al nuevo sorayismo y tratar de clasificarlos en la columna del miedo a la patrocinada o del odio a su rival.

La candidata Cospedal quiere hacerse con el partido –condición preceptiva en el PP para llegar al poder de gobierno– "para ganar, para ganar y para ganar"… y volver a ganar, le faltó decir, como el bueno de Luis Aragonés, el zapatones, al que se contrató para eso porque ese es el principio del fútbol: ganar. Él siempre lo entendió así. Pero en política se gana con una promesa y se gobierna incumpliéndola. Nunca se piensa si ganar es aplicar con éxito la promesa que te llevó el poder. Lo contrario, lo habitual, es una estafa.

El candidato Casado ya ha pasado el primer examen de Selectividad interno y parece dispuesto a afrontar lo que venga, aval que de momento podría suponer una ventaja sobre sus amables competidoras que si algo tuvieran en común es el estorbo que supone Casado. Otro jovencito tocando las narices. Si consigue aprobar el resto de pruebas de exterminio, le esperan las mismas zancadillas que tienden a todo aquel que, por omisión del deber, cubre los abandonos del partido de Génova 13. Dirán que si Pablo es Rivera o si Albert es Casado. Si Casado es Aznar y si Aznar no es el PP aunque lo creara él. Y entre tertulias, digitales al dictado y portadas de papel subvencionado nos enteraremos si el candidato dejó sin devolver al videoclub una cinta VHS que ni siquiera vio porque no sabía cómo reproducirla ni dónde. Así que, en cualquier caso, o será un descuidero o demasiado joven. Más que fake news, en España se lleva el make news. De encargo y con sello judicial.

El candidato Margallo se ha propuesto desautorizar al ministro Margallo y parece haberle gustado el juego porque, en cualquier caso, versa sobre su persona. Uno de los dos, Jeckyll o Hyde, ha confesado que, en realidad, su misión es impedir a toda costa que Soraya se haga con el partido. Pretenden ser útiles cuando no hace falta.

En fin, el PP se ha empeñado en hacer público que la democracia interna no es más que una cruel lucha de estructuras de poder. Ni siquiera hay un enfrentamiento entre corrientes ideológicas porque los partidos ya no llevan sus principios al servicio, bueno o malo, del Estado. Todo se reduce a una simple fase eliminatoria que consiste en poder, miedo y venganza. Es entonces cuando ese mal universal de la corrupción, antaño arma arrojadiza al contrario, se convierte en quijada cainita. ¿Algo al servicio del ciudadano? Nada.

El ansia de poder también ha llevado a Pedro Sánchez a la presidencia del Gobierno por el vericueto inédito de la moción de censura. Si el gobierno del PP hubiera cumplido las promesas que le llevaron al poder hoy Sánchez seguiría mochila en ristre, Dios sabe dónde. Pero la jugada relámpago fue todo un éxito del corto plazo, razón de ser del marketing, que tiene algo que ver con la táctica política pero poco o nada con el bien común.

El PP se vio desalojado por abandono de sus principios y el nuevo gobierno parece haber tomado nota. De hecho, el presidente Sánchez se reunirá en breve con su "racista" Torra, que así lo llamó cuando ni él soñaba con la presidencia aunque quisiera ya parecer un hombre de Estado merecedor de algo más. Esa "lealtad" que Rajoy alabó a Sánchez para atizar a Albert Rivera vuelve a ser una puerta de salida para el golpismo, que cada día lo tiene más fácil.

Será verdad eso de que el Palacio de la Moncloa tiene instalado a la entrada un detector de principios. Si pita no entras: hay que depositarlos en la bandejita y, a veces, se recogen a la salida si el propietario los reconocen como efectos personales. Desconozco si llegó a sonar la alarma en el caso de Sánchez pero el caso es que el nuevo presidente ya ha paseado al perro por los jardines de La Moncloa y se ha fotografiado, sentado y en pantalón corto, en la escalinata. Vestido de casa, que es lo que más molesta al desahuciado. Y el perrito, animal territorial como tantos, ya habrá marcado cada arbusto presidencial con la mirada puesta en el futuro. Es infalible. En cuanto se pisan esos jardines se echan raíces que, en poco tiempo, se convierten en un pesado cepellón. Menudo agujero ha dejado Mariano en el trasplante de cuajo de la moción. Y aquel Gobierno que era de urgencia y con pasarela de ministros ya se queda hasta 2020 aunque se esfumen las promesas y cambien las formas. Con mochila y en vaqueros no se permite la entrada en TVE para hacer una entrevista con guión. Pero Sánchez no ha visto otra forma de comparecer sin liarse con lo de Maxim Huerta, lo de Luis Planas… Viendo el reparto de carteras y recordando viejas rencillas no tardarán en funcionar las cañerías. Poder, miedo y venganza ya acechan al nuevo gobierno. ¿Algo al servicio del ciudadano? Tampoco.

Y si Sánchez silba al perrito en el jardín de Palacio, Mariano Rajoy pasea por Santa Pola para dedicarse, dice, a su profesión como si hubiera sido otra cosa que político. Se fue porque era "lo mejor para mí" pese a que pudo hacer un mutis más favorable para su partido y hasta para España a propuesta –siempre aviesa, pero útil en ese momento– del PNV. Pues no. Un irlandés y un escocés le resolvieron o disolvieron el dilema: O Mariano o el caos. Pero, presidente, entonces, ¿España?... Pues mireusté… en fin. Y adiós muy buenas.

Ni al saliente ni al entrante, ni al partido desposeído, ni al empoderado por la vía rápida parece importarles España. En todas partes se está peleando el poder como meta, como fin, nunca como medio para cumplir promesas sobre unos principios, sobre una ideología, que es por lo que se les vota.

Y el Rey, como dice Pablo Planas desde Barcelona, se ha quedado solo. Con su promesa pendiente y sincera de que nadie se quedaría solo.

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