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José García Domínguez

Cayucos en la costa

España, y exactamente igual que ahora mismo, no ha necesitado inmigrantes nunca en su historia, jamás.

José García Domínguez
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España, y exactamente igual que ahora mismo, no ha necesitado inmigrantes nunca en su historia, jamás.
EFE

Otra vez cayucos en la costa. Cada vez más pronto. Ahora, sin esperar ya al verano, en pleno noviembre. Y de fondo nuestros recurrente autoengaño nacional a propósito de ese asunto, el de la inmigración, tanto la legal como la ilegal. Porque España no necesita trabajadores extranjeros, algo que, salvo la izquierda naif de Podemos, nadie parece poner en duda. Pero es que España, y exactamente igual que ahora mismo, no ha necesitado inmigrantes nunca en su historia, jamás. Una verdad económica evidente que, sin embargo, ni PP ni PSOE pueden admitir, pues aceptarla exigiría repudiar sin paliativos la gemela ceguera de Aznar y Zapatero, los dos máximos responsables de que el país líder de Europa en desempleo estructural abriera alegremente sus fronteras a cinco millones de pobres procedentes de todos los rincones del planeta. Estúpido disparate irresponsable que, aunque muy pocos se atrevan a decirlo en público, constituye el principal factor crítico que pone en cuestión la viabilidad financiera presente y futura de nuestro Estado del Bienestar. 

Muy aguda ceguera gemela, sí, la de Aznar y Zapatero. Había que seguir construyendo decenas de miles de edificios con pisos que no iba a comprar nadie para que la burbuja no parara de inflarse, hasta el instante de la gloriosa explosión final. Así que Aznar, manos a la obra, trajo 1,9 millones de trabajadores no cualificados del resto del mundo; y Zapatero, otros tantos. En total, unos cuatro millones con papeles, más el otro millón que se estima en la ilegalidad. Todo un guión propio del teatro del absurdo. Al tiempo, es de sobra sabido, la paralela migración, también masiva, del electorado procedente de las capas populares autóctonas más pauperizadas hacia la nueva derecha populista. Fenómeno universal que se percibe en todas partes salvo aquí, en España, donde la izquierda altermundista, la de Iglesias y sus confluencias, sigue aferrada a las añejas consignas buenistas del cambio de siglo, cuando lo de los papeles para todos, sin que ello le suponga pagar precio significativo alguno en las urnas. Fenómeno que habría constituido un misterio sociológico digno de estudio si los votantes de Podemos procediesen de esas mismas capas populares que en todos los rincones de Europa compiten en el tramo inferior del mercado laboral con los inmigrantes. Pero no es el caso. Tan simple como eso.

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