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José García Domínguez

Dolores Agenjo, una mujer valiente

Hay que haber vivido el ambiente cotidiano que se respira en los institutos de Cataluña para poder apreciar en su justa medida el valor de esa profesora.

José García Domínguez
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Cuando en Alemania se instaló el imperio de la vileza moral, hubo un hombre, Joachim Fest, que mantuvo la cabeza alta mientras los demás la humillaban. Fest, el autor de Yo no, esa autobiografía que debiera ser de lectura obligatoria en los colegios, no colaboró. Todos a su alrededor lo hicieron. Tenían miedo y temían perder sus empleos. Él también sentía miedo e igualmente le angustiaba la expectativa de verse estigmatizado, de saber arruinada cualquier expectativa de lograr una posición en la vida. Pero no colaboró. Su sentido de la dignidad individual y de la decencia resultó ser más fuerte aún que su propio miedo. Si pese a todo no tenemos que perder la esperanza en la condición humana es porque, al final, siempre aparece un Joachim Fest decidido a pronunciar su "Yo no" en medio de la espiral del silencio. Incluso en Cataluña. Dolores Agenjo, la hoy directora cesante del IES Pedraforca de Hospitalet, esa mujer valiente que se atrevió a desobedecer las órdenes de Artur Mas para que entregasen las llaves de todos los centros de enseñanza a los separatistas el 9-N, es nuestro Joachim Fest particular.

Hay que haber vivido en primera persona el ambiente cotidiano que se respira en los institutos de Cataluña para poder apreciar en su justa medida el valor de esa profesora. La bilis en forma de insultos personales con que se refieren a ella en la prensa nacionalista supone apenas un entremés de lo que puede esperar un funcionario público, y mucho más si pertenece al sector educativo, que ose enfrentarse al nacionalismo obligatorio. Porque si entre los centenares y centenares de directores de colegios e institutos hubiese cincuenta o sesenta Dolores Agenjo, aún podría decirse de la catalana que es una democracia enferma. Pero resulta que, entre los centenares y centenares de directores de colegios e institutos de Cataluña, solo había una Dolores Agenjo. Una y solo una. Nadie más que ella se atrevió a defender la Ley y la Constitución el 9 de noviembre pasado. Absolutamente nadie más.

Y cuando, entre centenares y centenares de servidores públicos, solo uno tiene lo que hay que tener para cumplir con su deber, ya no se puede hablar de una democracia enferma, sino de una democracia moribunda y de una sociedad podrida. La catalana, por más señas. Lo advirtió en su tiempo Tocqueville a propósito de la Revolución Francesa: "Temiendo más la soledad que el error, [los contrarios a la Revolución] declaraban compartir las opiniones de la mayoría". Poco después llegó el Terror. Esa mujer valiente va a declarar ahora ante un tribunal contra el hombrecillo cobarde que quiso obligarla a violar nuestras leyes. El mismo hombrecillo cobarde que, a diferencia de lo que habría hecho Lluís Companys, maquina para esconder su personal responsabilidad en aquellos hechos, transfiriéndola a terceros. A partir de su testificación, nadie lo dude, todos los cuchillos subvencionados de Cataluña, que son muchos y muy afilados, se lanzarán a degüello contra Dolores Agenjo, nuestro Joachim Fest. Pero esta vez no caminará sola: somos muchos los que iremos a su lado.

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