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El cuento chino de Batet

Frente al golpe de Estado de la Generalitat, el golpe de Estado del Ejecutivo central. Dos por el precio de uno.

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Meritxell Batet | EFE

La cabra, es sabido, tira al monte. Nadie se extrañe, pues, de que a la ministra Batet, del PSC, le haya faltado tiempo para correr a Barcelona a anunciar la buena nueva de que desacatar desde el Gobierno de España la sentencia firme del Tribunal Constitucional sobre el Estatut sería la mejor manera de restablecer la legalidad en Cataluña. Frente al golpe de Estado de la Generalitat, el golpe de Estado del Ejecutivo central. Dos por el precio de uno. Una doctrina, la del golpismo blando amparado el la quiebra de la autoridad del órgano constitucional encargado de velar por el cumplimiento de la propia Carta Magna, que la ministra Batet ha aprendido a toda prisa de los señores empresarios del Círculo de Economía, genuinos padres intelectuales del invento. Y es que al Ibex 35 le está saliendo últimamente un feo mostacho que empieza a recordar demasiado al de Tejero. Una doctrina, esa alumbrada por el Dinero que abrazan los socialistas en nombre de la izquierda, que, por lo demás, se fundamenta toda ella en una gran falacia. El embuste de que el origen del proceso separatista remite a una imaginaria irritación popular en Cataluña como consecuencia de la sentencia célebre del TC. Ese es el cuento dominante, lo que los cursis llamarían "el relato", impuesto por los publicistas del separatismo tanto en Barcelona como en el Madrid bobalicón con balcones a la prensa.

Un cuento que, como todos los cuentos, bien poco tiene que ver con la realidad. Porque simplemente es mentira que la frustración por el fiasco de la reforma del Estatut constituyera el factor desencadenante del proceso que se consumó con el golpe de octubre. Eso solo es una leyenda urbana. La reforma del Estatut, un asunto que no interesaba a nadie y que Pujol orilló por considerarlo una pérdida innecesaria de tiempo y energía, fue abanderada por Maragall con el exclusivo propósito de atraerse a la Esquerra para desalojar a CiU del poder y, de paso, incordiar al Gobierno de Aznar. No otra fue la razón de que empezara todo aquel lío. La reforma del Estatut era lo último que preocupaba a los catalanes de a pie. Lo último. No lo digo yo, lo decía en El País Josep Ramoneda, periodista nada sospechoso de lealtad a la Constitución: "Los catalanes están mucho más preocupados por el trabajo, por las pensiones, por la seguridad, por la inmigración, por la vivienda, por la carestía de la vida (...) Sin embargo, el principal debate que entretiene a la clase política catalana es la reforma del Estatut". No le importaba a nadie. Y la prueba de que no le importaba a nadie fue el muy risible resultado del referéndum de ratificación. Una consulta legal, aquella sí, en la que más de la mitad de los catalanes con derecho al voto decidió abstenerse. Sí, más del 50%. Razón por la cual el famoso Estatut que tanto se supone que deseaban los catalanes solo obtuvo el apoyo expreso en las urnas de un pírrico 36% de los ciudadanos mayores de edad inscritos en el censo.

Pero es que acto seguido, en las ulteriores elecciones autonómicas, el único partido que se presentó con un programa expresamente independentista, ERC, sufrió un batacazo histórico, quedándose con apenas 10 escaños. Lo mismo que el PSC, que obtuvo el peor resultado desde su fundación. Ganó CiU, con 62 actas, que para nada planteó la reivindicación separatista a los votantes, sino la demanda de un concierto económico similar al vasco. ¿Qué ocurrió entonces para que aquella desidia se tornara poco más tarde en furor por la independencia? Pues ocurrió algo muy sencillo que nada tenía que ver con el Estatut: la Gran Recesión. El fervor separatista es hijo de la crisis, no del Estatut maquillado por el Constitucional. Así, el 15 de marzo de 2011 comienza en todas las plazas mayores de España la variante contemporánea del Motín de Esquilache. Tres meses después, el 15 de junio, los indignados de Barcelona suben la apuesta insurgente: el Parlament es rodeado por la turba, el president Mas tiene que huir en helicóptero de la Ciudadela y el diputado de CiU Gerard Figueras logra ser inmortalizado por las cámaras de televisión mientras corre despavorido gritando "Auxili!". Ahí, justo en ese instante, nació el procés. Tampoco lo digo yo, lo sentenciaba Enric Juliana, el redactor del editorial conjunto, en La Vanguardia:

Aquel día también podríamos decir que empezó todo. El jansenismo a pensar que quizá se había equivocado. CiU empezaba a bajar en los sondeos y en paralelo a la protesta ciudadana del 15-M, en las capitales de comarca aceleraba y ganaba adeptos el otro movimiento contestatario: "In-de-pen-dència". Dicho en pocas palabras: "Si es la hora de los radicales, también nosotros vamos a ser radicales".

El resto es sabido. Han utilizado la Gran Recesión hoy como ayer utilizaron el Desastre del 98 y como mañana utilizarán el derrumbe del euro en Italia o Francia si llega a consumarse. ¿La sentencia del Estatut origen de la asonada separatista? No nos venga con cuentos chinos, Batet. Que nos han dormido con todos los cuentos y ya nos sabemos todos los cuentos.

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