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José García Domínguez

La bomba de Mohamed VI

Es muy probable que todavía no hayamos visto nada...

José García Domínguez
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Es muy probable que todavía no hayamos visto nada...
Mohamed VI. | EFE

Exigencia insoslayable de la definitiva infantilización de las audiencias mediáticas, las escenas de sensiblería kitsch, todos esos abrazos entre la carne de cañón que asaltó la frontera internacional de Ceuta y los funcionarios llamados a contenerla se han combinado con el argumento de que Marruecos no es una democracia, muy solemne bobada, para fijar el marco analítico de lo que acaso sólo sea el principio de lo que se nos puede venir encima. Muy solemne bobada, sí, porque Marruecos, pese a todo, resulta que es lo más lejanamente parecido que existe a una democracia en el mundo musulmán. Pero, sobre todo, muy solemne bobada porque el hecho de que Marruecos sea o deje de ser una democracia en nada va a alterar su histórica actitud hostil frente a España. ¿O acaso el Reino Unido mantiene una conducta mucho más ejemplar en su colonia gibraltareña por el hecho de practicar el sufragio universal desde hace un par de siglos? Lo dicho, bobadas.

Por lo demás, el problema con Marruecos no es el Sahara. Y tampoco Ceuta, Melilla o Canarias. Bien al contrario, el problema de y con Marruecos remite a que su gasto público sanitario anual per capita roza los 61 euros. Y a que su gasto educativo, también per capita, fue el curso pasado de 151 euros. En el mismo orden de miserias estadísticas, los afortunados marroquíes que perciben un salario a fin de mes ingresan 370 euros en promedio. Aunque todo eso solo sería un problema interno de nuestro vecino del sur si no concurriera al mismo tiempo un pequeño detalle demográfico, a saber: que las proyecciones oficiales de población estiman que el Magreb contará con 132 millones de habitantes a inicios de la década de 2050. 132 millones de los cuales el 77% residirán en Marruecos y Argelia. Por su parte, y según las mismas proyecciones demográficas, un tercio de la población de España tendrá más de 64 años en 2050. En concreto, 16 millones de personas. Dentro de un cuarto de hora, pues, vamos a ser un inmenso geriátrico solo separado por una ridícula vallita de alambre de una bomba de relojería demográfica a punto de explotar. Es muy probable que todavía no hayamos visto nada.

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