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José García Domínguez

La izquierda y Madrid

Lo de la izquierda en Madrid, pero no solo en Madrid, es para pensarlo. Porque resulta que en los territorios más desarrollados de España no gana nunca.

José García Domínguez
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Lo de la izquierda en Madrid, pero no solo en Madrid, es para pensarlo. Porque resulta que en los territorios más desarrollados de España no gana nunca.
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Un cuarto de siglo, ese es el tiempo que lleva la izquierda sin gobernar en Madrid. Pese a todos los pecados del Partido Popular en la Comunidad, que no han sido ni pocos ni siempre veniales; pese a la crisis, de huella tan terrible en las grandes áreas urbanas del país; pese al desgaste natural fruto del ejercicio diríase que vitalicio del poder por parte de la derecha; pese a todo, la izquierda lleva ya casi dos generaciones completas, si recurrimos a la célebre definición de Ortega, lejos de los despachos de la Puerta del Sol. Hay padres de familia en Madrid, y bastantes, que no han conocido nunca un Gobierno en su región distinto al del Partido Popular. Padres de familia a los que el nombre del último militante del PSOE con mando en la plaza, Joaquín Leguina, solo les suena, y de modo vago, porque en la letra de una canción compuesta por cierto cantante local se le echa en cara que en Madrid no haya playa.

Lo de la izquierda en Madrid, pero no solo en Madrid (Cataluña y el País Vasco presentan trayectorias muy similares si se obvia la dimensión nacionalista), es para pensarlo. Porque resulta que en los territorios más desarrollados de España, allí donde las clases medias más formadas y modernizadas tienen un mayor peso en el conjunto del censo electoral, la izquierda no gana nunca, los casos de Madrid y Vitoria. O casi nunca, el caso catalán. Porque no hablamos de coyunturas circunstanciales. Hablamos, ya se ha dicho antes, de un cuarto de siglo. Aunque lo en verdad asombroso es que nadie en la izquierda se pregunte por qué. Una izquierda, al menos la socialdemócrata homologable, que siempre mira hacia los países nórdicos en busca de modelos ideales pero que, al tiempo, se muestra incapaz de entender las trayectorias tan opuestas que siguen los electores de, pongamos por caso, Oslo y Madrid. ¿Por qué el grueso de los votantes nórdicos de clase media y media alta puede votar a partidos socialdemócratas que defienden impuestos altos? ¿Y por qué, en cambio, sus equivalentes sociológicos de las capas medias madrileña apoyan de modo crónico a formaciones que hacen de las reducciones generalizadas de los tributos su principal banderín de enganche electoral?

¿Por qué esa asimetría tan chocante? Eso es lo que no se quiere preguntar la izquierda doméstica. Y no se lo quiere preguntar porque conoce bien la respuesta. Ocurre que la gran clase media madrileña no se entusiasma ante las bajadas de impuestos porque haya leído con religiosa devoción militante a Von Mises o a Milton Friedman. Si lo hace es por otra razón mucho más prosaica, a saber: porque tiene que pagar de su bolsillo unos colegios públicos que de ningún modo desea para sus hijos. Y porque también tiene que costearse una mutua médica privada si no desea guardar colas de meses en la puerta de un quirófano de la Seguridad Social, quirófano que igual sufraga a escote todos los meses con sus cuotas y tributos. Entre otros detonantes, aquel miope entusiasmo del PSOE por abrir de par en par las fronteras del país a millones de inmigrantes no cualificados durante el delirio de la burbuja inmobiliaria lo está pegando ahora en las urnas de los principales centros económicos de España, empezando por Madrid. Cuando la clase media abandona los servicios públicos en teoría universales, el caso muy evidente de Madrid o Cataluña, el siguiente paso es abandonar por el mismo precio a sus valedores políticos, que en todas partes resultan ser los socialdemócratas. Por eso en Oslo ganan y en Madrid pierden. Pierden y perderán. No hay mayor misterio.

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