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¿Son tontos los votantes en Francia?

Al contrario de lo que suele pensarse, los electores suelen ser bastante racionales en su uso instrumental del voto.

José García Domínguez
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EFE

¿Los votantes son estúpidos? Aunque, por razones obvias, raras veces se llegue a verbalizar en público, la idea de que los electores, careciendo de criterio propio, se dejarían llevar por la sugestión retórica de hábiles demagogos recién llegados a la arena política, novísimos flautistas de Hamelin que manejan con pericia magistral los grandes medios de comunicación de masas, en especial la televisión, ha ido ganando terreno a medida que los partidos que cuestionan el proceso globalizador van conquistando presencia institucional en todos los rincones de Occidente. Así, según esa doctrina tan en boga, solo la triste necedad del pueblo británico podría explicar que hubiera avalado en las urnas una decisión, el Brexit, a todas luces contraria a sus propios intereses objetivos. Y otro tanto cabría inferir de los ciudadanos franceses, que pese constituir una de las naciones más cultas y formadas del mundo carecerían de los recursos intelectuales precisos a fin de poder discernir cuál es el genuino interés de su país, y qué programa político lo podría representar mejor. Esa tesis, la que sostiene que los franceses son idiotas porque votan al Frente Nacional, se suele defender, por lo demás, apelando a los sagrados principios de la democracia, sin reparar siquiera en la contradicción lógica que encierra semejante razonamiento.

Ocurre, no obstante, que los idiotas, tanto en Francia como en el Reino Unido o en España, se reparten de forma homogénea a lo largo y ancho del territorio nacional. La dispersión geográfica de la estupidez dentro de los países, como tantas otras variables estadísticas, se puede explicar con una campana de Gauss. Sin embargo, los votos de Le Pen, como los del UKIP o los de Trump, no se reparten de modo aleatorio por el espacio, sino que muestran una fuerte tendencia a concentrarse en determinadas áreas geográficas muy específicas. Sin ir más lejos, el caso francés resulta paradigmático al respecto. En la primera vuelta, Le Pen obtuvo un resultado pésimo en París, quedando en la quinta posición, detrás de todos los demás candidatos, con apenas un minúsculo 5% de los votos. Al tiempo, encabezó la mitad de los departamentos regionales, con especial incidencia en los de la Francia agraria e interior. Y es que, al contrario de lo que reza esa doctrina, los electores suelen ser bastante racionales en su uso instrumental del voto. A fin de cuentas, la Francia de los pueblos y las pequeñas ciudades, la que solo sabe del bullicio de París por las postales, está habitada por perdedores netos tanto de la globalización como de la Eurozona.

En concreto, y dentro de Europa, Francia sufre un déficit comercial de 84.000 millones de euros, el más abultado de todos los países de la Unión desde que se marchó el Reino Unido. Para Francia no supone ningún negocio, sino todo lo contrario, pertenecer a la Zona Euro. Pierde mucho más de lo poco que gana con ese negocio. Así, e igual que en España el grueso de la industria autóctona tuvo que ser desmantelada por exigencia expresa del euro, en Francia ha ocurrido algo similar. Incapaces de igualar la productividad de Alemania tras perder el escudo protector del franco, también se han visto obligados a desmantelar poco a poco su tejido industrial. Un dato estadístico basta para ilustrar ese proceso: en 1982, cuando todavía François Mitterrand ocupaba el Elíseo, el déficit comercial de Francia con la entonces RFA era de unos 28.000 millones de francos. Tres décadas después, y en francos constantes, ese mismo déficit se ha multiplicado por cuatro, hasta sumar 108.000 millones. Francia necesitaría una moneda que valiese en torno a un 20% menos que el marco alemán. Pero esa moneda, de momento, no existe. ¿Hay tontos en toda esta historia? Sin duda, pero no creo que se encuentren entre las filas de los electores.

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