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¿Una Generalitat paralela en el exilio?

No se van a echar atrás. Con el Código Penal en la mano, ya es demasiado tarde para eso.

José García Domínguez
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Carles Puigdemont | EFE

No se van a echar atrás. Con el Código Penal en la mano, ya es demasiado tarde para eso. Bien al contrario, lo que con toda probabilidad harán será formar un Gobierno paralelo de la Generalitat en el exilio, acaso en Bélgica. Al canciller Romeva, varón que padece idéntico problema de incontinencia verbal que el lenguaraz Santiago Vidal, casi se le ha escapado soltarlo en público. Una generación entera de líderes catalanistas, la de los cuarentones asilvestrados que tomó el relevo de la vieja guardia histórica procedente de la Transición, acaba de quemar sus naves todas ante el altar del procés. A estas precisas horas, su horizonte personal pasa, en el mejor de los escenarios, por el ostracismo y la ruina material y moral; en el peor, por la cárcel. No tienen salida. Ya no. Se impondrá, pues, la máxima polpotista del cuanto peor, mejor. Por lo demás, tampoco tenían un plan, nunca lo tuvieron. Y siguen sin tenerlo. Mas, un arrogante chapucero, estuvo improvisando durante todo el tiempo. Hasta que los sans culottes de la CUP lo enviaron a la trastienda. Puigdemont, por su parte, es como un ciego con una pistola. Lo pusieron ahí precisamente por eso. No a pesar de que fuese un loco, sino porque era un loco.

Los neoconvergentes, eso que ahora llaman PDeCAT, quizá habrían sido sensibles a los llamamientos desesperados de las fuerzas vivas locales, a estas horas tan alarmadas ante la expectativa cierta de que se les seque el grifo del dinero público tras el desembarco de Madrit en la sala de máquinas de la Generalitat. Pero el PDeCAT, de facto, ya no existe más allá de su triste papel subalterno como pequeño partido satélite de la Esquerra, la fuerza incontestablemente hegemónica dentro del campo nacionalista. Un adelanto electoral en el marco estatutario (otro no sería posible), lo que vendría a implicar la asunción tácita del definitivo fracaso del movimiento insurgente promovido por las instituciones catalanas, no puede ser viable hoy sin el asentimiento de ERC. Y ERC no está por la labor. Al igual que el propio Puigdemont, ser poseído ya por la mística del martirio sacrificial. El partido de Junqueras no puede de ningún modo ir a unas elecciones autonómicas españolas tras haber provocado que el 30% del PIB catalán haya partido al exilio para nunca más volver. La mayor catástrofe económica que ha sufrido Cataluña en los últimos doscientos años. ¿Con qué cara decirles a sus fieles devotos que, una vez destruido en apenas quince días el esfuerzo vital de un par de generaciones, se iba a volver a la normal rutina cotidiana de siempre? Imposible, no lo podrían hacer aunque quisiesen. No, no va a haber un adelanto electoral en el último minuto.

Y tampoco una declaración formal y solemne de independencia. A fin de cuentas, treinta años son muchos años. Y treinta años son los que le esperarían en Soto del Real al Loco de la Colina si cayese en la tentación de concederse un postrer alarde testicular desde la tribuna del Parlament. Han cometido tantos delitos tipificados, tantos, que solo una amnistía general disfrazada de proceso de reconciliación nacional, o cualquier otra edulcorada cataplasma retórica por el estilo, podrá salvarlos. Y para que eso llegue mañana necesitan el caos hoy. Como cuando el otro golpe contra la legalidad democrática española, el de Companys en 1934, solo exportando al resto del país el desorden y la anarquía catalana podrán crear un clima de confrontación nacional que lleve a la caída del Gobierno y sus sustitución por otro más proclive a su causa. Los constantes llamamientos a la desobediencia de los funcionarios que se prodigan a estas horas en Cataluña buscan, nadie lo dude, ese objetivo último. Imponer la legalidad paralela de una Generalitat paralela, he ahí el siguiente paso.

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