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¿Y si Junqueras proclama la independencia en el balcón?

Lo que está a la vuelta de la esquina no es una Cataluña independiente, sino una Cataluña ingobernable.

José García Domínguez
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El mapa político del país petit va camino de fragmentarse en un variopinto puzzle de partículas cada vez más liliputienses; algunas, como las raspas que aún quedan del PSC, directamente subatómicas. Así, la cata demoscópica publicada el domingo en El País viene a ratificar esa súbita efervescencia de los pigmeos que señalaban las encuestas previas. Porque lo que está a la vuelta de la esquina no es una Cataluña independiente, sino una Cataluña ingobernable. Un abigarrado caos, el de los siete enanitos llamados a ocupar el vacío dejado por la difunta hegemonía sociovergente, que convertirá en quimérico cualquier afán por construir mayorías estables. Ganará la Esquerra, sí, pero sin alcanzar ni siquiera el 25% de las papeletas, y con CiU pisándole los talones identitarios.

A su vez, el tercer puesto se lo habrán de disputar entre cuatro siglas – Ciudadanos, PSC, ICV y PP–, separadas unas de otras por muy escaso margen. Y todavía quedará espacio para que los criptobatasunos en camiseta imperio de la CUP dispongan de escaños sobrados con que formar grupo propio. En lugar de un Parlamento, Cataluña va camino de tener una asamblea de facultad como las del 68. Escenario plausible que, por lo demás, se compadece bastante con el sarampión de infantilismo adanista que asuela la plaza. Y es que a la tropa de a pie se le ha hecho creer que la independencia sería el ungüento prodigioso que resolvería todos los problemas por ensalmo, empezando por la extinción el desempleo y acabando por premiar a los siete millones de catalanes con una vida sexual tan plena como gratificante y surtida.

De ahí que los filisteos que predican la tercera vía de Duran quieran asustar a los niños con la cuarta de Junqueras. O sea, con el balconing, la vieja afición temeraria de la Esquerra que tanto gustan imitar los borrachos ingleses en Lloret y Salou. Al respecto, Francesc Pujols, aquel soberbio orate cartesiano, solía lamentar que Companys estuviese aquejado de "balconitis crónica". "No salga tanto al balcón, President, que se constipará", le advirtió en su día con clarividente, premonitoria lucidez. A Junqueras, hereu in pectore de Mas, el balconing es hábito secular que igual le tienta. Aunque con ese Parlament de Babel que dibujan los sondeos, tendría garantizada el hombre una pulmonía doble como se le ocurriese abrir la ventana de la Plaça de Sant Jaume. Porque si la tercera vía ya es una filfa, la cuarta es pura broma.        

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