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Después de mí, el diluvio

No sé si nuestro presidente trata de emular a Luis XV, pero su política bien justificaría el paralelismo con el rey francés, modelo paradigmático de egoísmo político.

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No sé si nuestro presidente trata de emular a Luis XV, pero su política bien justificaría el paralelismo con el rey francés, modelo paradigmático de egoísmo político. Après moi, le déluge, dicen que dijo cuando le informaron de que la Revolución –esa que cortaría la cabeza de su nieto Luis XVI y, meses después, la de la esposa de éste, María Antonieta– era un hecho, simple cuestión de tiempo.

Estaba claro: no le importaba lo que pasara. Estuvo acertado con lo del diluvio después de él; ¡y vaya diluvio! Lejos de finuras expresivas, señor presidente, y descendiendo hasta lo más castizo en nuestra tierra, lo atribuido a Luis XV lo resolvemos con el "A mí, plin". Quizá porque aquí el diluvio es tan ocasional…

Desde aquel 2 de junio del pasado año –y nos parece ya una eternidad, por qué será– en que asume la Presidencia del Gobierno, tras una moción de censura prometida para convocar elecciones, su método de gobierno ha sido, según apreciamos no pocos, el de "A mí, plin".

No le importa lo que propone ni lo que aprueba, pues con las mismas razones rechaza y hasta olvida lo acordado. Sus ministros, alguno incluso ilustrado, no dejan de hacer el ridículo; en ocasiones lo han conseguido con su propio esfuerzo, pero en otras es resultado de sus continuos vaivenes.

Sus ideas –por llamarlas de alguna manera– son un constante despropósito: desde conceder títulos de educación aun teniéndose asignaturas pendientes hasta aprobar gastos sin saber cómo se podrán pagar. Por eso mienten, cual bellacos, cuando los presentan públicamente.

Afortunadamente, la mayoría de lo que usted llama "proyectos" no han llegado a ver la luz, aunque sí han mareado a la sociedad durante su campaña publicitaria electoralista.

Desde que pensó que el Consejo de Ministros podía hacer campaña electoral –pagando el Estado y ahorrando el PSOE–, ha incrementado el gasto estructural en 3.000 millones de euros anuales –presupuestados, que reales siempre serán más–. Sus ministras Valerio y Calviño hablaron de 1.130 millones. ¿Mentían o sólo contaban seis meses?

Y la cosa sigue, ahora con la mayor oferta de empleo público desde la crisis. ¿No sabe que para pagar el empleo público necesita empleo privado? Hay conceptos que deberían enseñarse en la educación primaria.

Su erróneo sentido de la dignidad personal no le ha permitido ser fiel al principio ético y estético de que, cuando una autoridad anuncia su cese, y hasta tanto se produzca éste, no debe tomar decisiones que comprometan el futuro: sólo lo necesario y urgente.

Su política, en los últimos dos meses, parece seguir la táctica de la tierra quemada. Destruir todo lo útil para el enemigo; en este caso, el pueblo español. Asegúrese, señor presidente, de no continuar. De lo contrario, sufrirá también la tierra quemada y pedirá después, como lo ha hecho Rodríguez Zapatero, que se eliminen de actas e informes sus opiniones, proclamas y decisiones.

¡Que nadie se acuerde!

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