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José T. Raga

El caos como sistema

Necesitamos gobernantes ejemplarmente probos.

No me refiero al caos que pudo existir antes de la creación del cosmos, sino al que nos enfrentamos cada día, producto deliberado del hombre público en sus irracionales decisiones, en sus mandatos y disposiciones contradictorios, y el construido habitualmente, falseando la realidad hasta alejarla tanto de la verdad que resulta inimaginable pensar en ésta.

El Gobierno, o los Gobiernos, aunque a mí me interesa el primero, es decir el de España, tienen una capacidad casi ilimitada para disfrazar, es decir para mentir, sobre hechos y actuaciones diarias. De tal modo que el pueblo, ante la solemnidad habitual de sus pronunciamientos, acaba preguntándose a qué país corresponde aquello que está oyendo.

En España está ocurriendo lo que los expertos en educación suelen afirmar, sabedores de que no les falta razón. Dicen que los niños, cuando mienten por primera vez, sienten una mezcla de temor a ser descubiertos y de rubor vergonzante por su acción tan visible que constituye la prueba más eficaz de su autoinculpación. Sin embargo, cuando van creciendo y practicando el deporte de mentir, lo hacen con tal naturalidad que resulta imposible reconocer que están mintiendo.

Cuando eso lo hacen los gobernantes –presidentes, ministros, secretarios de Estado, directores generales y, en fin, todos los designados–, generan un caos en la Nación, consiguiendo que todos estén contra todos y que no haya una posición que se pueda considerar la verdadera.

Dicen que aumenta el empleo cuando expanden la cuantía del personal al servicio de las Administraciones Públicas, aunque se haya destruido también empleo privado en 100.000 trabajadores durante los últimos tres meses. Se acusa públicamente a las familias españolas de haber disminuido su consumo, dificultando con ello el crecimiento previsto en el Programa de Estabilidad que el Gobierno remite a Bruselas para que se convenzan de la solidez de nuestra economía: crecimiento, reducción del gasto público, crecimiento de los ingresos, eliminación o reducción muy significativa del déficit público, creación de empleo… Cuando las familias han reducido el consumo porque su renta, en términos reales, también se ha reducido; han aumentado más los precios que sus salarios.

Se preguntarán los lectores: ¿estamos hablando de España? ¿Cómo se puede mentir a los expertos de las materias sobre las que mienten? En el exterior, probablemente se preguntarán: ¿todos los españoles son tan poco creíbles? Ustedes saben que no, pero ¿y la fama…?

La Constitución, en su artículo 103, dice: "La Administración Pública sirve con objetividad los intereses generales y actúa de acuerdo con los principios de eficacia, jerarquía…"; ¿cómo se compatibiliza con el caos reinante, resultado de falsedades, contradicciones y lejanía de aquella objetividad? Necesitamos gobernantes ejemplarmente probos.

Es urgente un Estatuto del Gobernante que determine la indignidad agravada de quien mienta públicamente; de quien, con autoridad, lance mensajes falsos, con el propósito de confundir al pueblo y, confundido, éste le confíe nuevamente con su voto la gestión de los intereses nacionales. Pero, entre tanto, destitución fulminante de quien mintió.

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