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No sólo hay que condenar los crímenes de ETA, sino también aquello por lo que mató.

Luis Herrero Goldáraz
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A mediados de esta semana, en un programa de televisión muy conocido, Jon Viar fue preguntado acerca del tema de debate del momento. Ya se sabe, el aniversario del fin de ETA, las manoseadas declaraciones de Otegi acerca del dolor de las víctimas y estos Presupuestos Generales (PGE) que saldrán una vez más con el apoyo de diversos grupos que han fraguado su éxito político a base de vender la idea de que el Estado español –la última letra de las siglas, no se olviden– les oprime. Viar es el director de un documental que indaga en la personalidad de los traidores a la causa etarra –su propio padre, entre ellos– y por eso debió de ser considerado como una voz valiosa a la hora de opinar sobre el asunto. Después, él mismo generó revuelo en las redes al denunciar que la entrevista había sido "esperpéntica", y que el conductor del programa le había despachado rápidamente al escuchar su intervención.

Podríamos señalar la tristeza de que unas palabras como las suyas, lúcidas, inteligentes y de una lógica aplastante, no tengan cabida en el debate que nos ocupa, pero tampoco serviría para mucho. Lo más curioso es que eran coherentes con aquello que señala el documental por el que le llamaron, pero que parece habérsele pasado a más de un opinador en los últimos días. Como se ha escrito en el primer párrafo, la cinta de Viar indaga en la personalidad de los traidores a la causa etarra, que no es lo mismo que decir traidores a su mera metodología. Viar subrayó eso y señaló que no sólo hay que condenar los crímenes de ETA, sino también aquello por lo que mató: "Un delirio de pureza, identitario. Un delirio racista de gente que cree que tiene derecho a levantar una frontera étnica". Qué le vamos a hacer, ya sabemos que criticar la lógica nacionalista sólo es aplaudido por unanimidad si no va en contra de alguna minoría que se diga víctima de algún supuesto agravio histórico.

De todas formas, lo que más me interesó vino después. Viar cargó contra el excesivo interés que demuestran los medios con el líder de EH Bildu, en lugar de prestarle más atención a las víctimas del terrorismo. "Los vascos somos mucho más que Otegi, afortunadamente", dijo, y la verdad de su reflexión chocó nuevamente con la burda realidad de que políticamente no lo son, desgraciadamente, si tenemos en cuenta que ahora mismo, allí, sólo el PNV representa a más ciudadanos que la formación del exetarra.

No es mi intención ponerme a divagar acerca de la tergiversada paradoja de la intolerancia de Popper –"No se tolera a los intolerantes", corean algunos para enmascarar su intransigencia–. Tampoco pretendo señalar los peligros que guarda en su seno un sistema democrático que defiende antes la libertad del disidente que el unánime cierre de filas ideológico. Escuchando a Viar, simplemente, volví a recordar esa revelación que lleva tiempo rondándome y que me dice que todos llevamos un pequeño déspota dentro. Que en el fondo, en realidad, nadie está lejos de sentir la tentación de apoyar cualquier postura autoritaria si esta le parece opuesta a otros discursos que considere peligrosos.

¿Qué otra explicación se puede hallar en la realidad vasca hoy? ¿Cómo se puede explicar, no ya lo que pasó durante décadas con ETA, sino lo que ocurre en estos días en el resto de España? ¿Cómo es posible que tanta gente esté dispuesta a levantar cordones sanitarios y encender la alarma antifascista a las primeras de cambio, pero después se sienta orgullosa de dialogar, ceder y pactar con lo más parecido al fascismo que tenemos en la política nacional? La falacia del progresismo –sigo sin saber qué significa esa palabra realmente– ha conseguido identificarse con la democracia y ha hecho creer que es preferible cualquier cosa que se posicione en contra de lo facha que la democracia en sí. Habría que preguntarse cuántos de los ciudadanos españoles son demócratas realmente. Defender este sistema debería ser cargar contra todo discurso que amenace la igualdad de derechos y la libertad de todos, para empezar. Pactar con quienes los promueven, por tanto, es un contrasentido. Y negarse a hacerlo no quiere decir dejar de tolerarlos. La cosa no es tan complicada si en vez de déspotas de izquierdas y derechas fuésemos verdaderos demócratas. Parece mentira que haya que recordar todo esto a estas alturas.

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