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Luis Herrero Goldáraz

Grenoble o la tumba del feminismo

Decenas de mujeres han festejado histéricas que por fin podrán llevar burkini en las piscinas públicas de la ciudad.

Decenas de mujeres han festejado histéricas que por fin podrán llevar burkini en las piscinas públicas de la ciudad.
Una mujer ataviada con un burkini. | Cordon Press

¿Qué celebra el oprimido que celebra su opresión? Es una pregunta que me hago hoy, cuando han pasado veinticuatro horas desde que vi aquel vídeo de Grenoble y todavía no he encontrado las palabras que me ayuden a entenderlo. En él, decenas de mujeres aparecen festejando histéricas que por fin podrán llevar burkini en las piscinas públicas de la ciudad. Y lo cierto es que al escuchar sus vítores lo último que uno piensa es en que se alegran de ser pisoteadas.

Las mujeres de Grenoble no celebran su opresión, sino todo lo contrario. Se felicitan por la consecución de unos derechos. Concretamente, por tener la posibilidad de preferir las cadenas propias a la libertad ajena. De esa forma, pasean su alegría por la calle y reivindican la última victoria de la sororidad, que ha conseguido que en la arisca y laica República francesa deje de primar el autoritarismo de la igualdad para que pueda hacerlo el dogma de una religión machista. Los caminos del señor, ya se sabe, son inescrutables.

Bien mirado, tiene sentido que esto haya ocurrido allí. Al fin y al cabo fueron los rebeldes pijos del 68 francés quienes advirtieron que las prohibiciones suelen ser contraproducentes. La alegría de las musulmanas de Grenoble es bastante comprensible si se entiende que para cualquier creyente importa más la libertad de culto que los derechos atropellados por su credo. Y por eso, precisamente, lo único que no se entiende es la euforia de todas las occidentales que aparecen dando botes junto a ellas. Esas integrantes del partido verde que han votado a favor de que el machismo islámico someta a sus mujeres también aquí.

Para tratar de explicarlo, no son pocos quienes han señalado acertadamente el complejo histórico de ciertos autoproclamados "progresistas", tan soberbios en su paternalismo universal que se ven obligados a perdonar en las demás culturas los desmanes que no consienten a la suya propia. Otros han subrayado, no con menos razón, que el problema principal de los cómplices del islamismo es que confunden etnia y religión. No se atreven a llevarle la contraria a un sistema de valores extranjero por miedo a ser tachados de racistas. Y, mientras se centran exclusivamente en los males purgables del "capitalismo heteropatriarcal" occidental, van permitiendo que se asiente otro mucho más autoconsciente y orgulloso de sí mismo. El de una religión que nunca se ha plegado –como sí ha hecho el cristianismo– a los valores del liberalismo democrático, sobre el que descansan los derechos humanos tan reivindicados.

La consecuencia de todo ello es igual de perniciosa, ya que permite que una serie de partidos del extremo opuesto se adueñen del debate, alimenten en la opinión pública teorías de las conspiración y continúen extendiendo el miedo al extranjero, que siempre da bastantes votos. Que no todos los musulmanes están fanatizados es tan real como que existen algunos que sí lo están. Y que, además, han declarado la guerra contra nosotros. Teniendo eso en cuenta, quizá sea bueno tomarse en serio el hecho de que antes que el respeto a una creencia está el respeto a los valores sobre los que descansa nuestra democracia. Esa que reivindica desde hace tiempo la igualdad de la mujer. Y que no consentiría bajo ninguna otra circunstancia que en su seno pudiese arraigar un símbolo de sumisión tan evidente como el que ha traído aquí el islam.

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