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Luis Herrero Goldáraz

No resucitéis a Largo Caballero

Los habitantes de hoy podemos leer nuestro presente acudiendo al Diario de Sesiones de 1936.

Luis Herrero Goldáraz
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En aquellos días se utilizaban las mismas frases. Tal vez eso sea lo más inquietante. Aunque, también es cierto, los españoles de entonces aún conservan la salvaguarda que les aportaba estar escribiendo la Historia y no simplemente reviviéndola. Ahora es todo mucho más burdo. Se ha producido un error en el Matrix que regula nuestro hilo temporal y de pronto, como por arte de magia, los habitantes de hoy podemos leer nuestro presente acudiendo al Diario de Sesiones de 1936. Esperemos que no refleje también nuestro futuro.

Aunque existe una diferencia. Por alguna razón, las intervenciones de entonces parecen más sinceras. Tampoco sé si es así, yo no estuve allí. Pero comparando unas con otras no puedo evitar preguntarme si en el futuro incierto en el que alguien regrese a estos días para repasar este periodo de aguas turbias y reminiscencias siniestras podrá leerse claramente, entre las líneas de nuestros desvaríos, ese cinismo evidente con el que la guerra cultural lo impregna todo. No me atrevo a apostar sobre el asunto.

El caso es que la memoria histórica vuelve a estar en primer plano y, por desgracia, la piedra del revisionismo de brocha gorda que tantas veces han arrojado unos ha sido recogida definitivamente por los otros. Al hacerlo, los integrantes más belicosos de ambos bandos han desterrado del debate cualquier actitud que recordase remotamente a ese espíritu del 78 que pregonábamos tantos cuando observábamos cómo se estaba resucitando el conflicto fratricida, sin que pudiésemos hacer nada para evitarlo. Algunos dirán que la jugada es justa, pues utiliza una ley maniquea en contra de los que siempre han abogado por ella. Yo pienso que contestar un ataque con otro es aceptar la declaración de guerra y asumir que ya no quedan espacios para el entendimiento. Su argumento es sorprendente, además, porque legitima de forma definitiva la batalla ideológica y porque reniega de la posición anterior, que condenaba toda utilización parcial de la Historia con fines políticos. La única pregunta que queda, por tanto, es si los que ahora rescatan los desmanes de Largo Caballero serán coherentes en adelante y dejarán de criticar las incontables alusiones a Franco –el cambio de nombre de calles, la retirada de estatuas y demás– que irán apareciendo, sin duda, al amparo de la nueva ley de memoria democrática.

Así las cosas, entristece pensar que ha fracasado el discurso que entendía que poco importan las responsabilidades de ciertos muertos en un episodio que habíamos logrado dejar atrás; que su momento histórico pasó y que de nada sirve hacer pagar a sus nietos por unos pecados que sólo ellos deberían haber expiado. Nos queda, por tanto, una única salida: que los españoles aprendamos a asumir nuestro pasado sin anteojeras; condenando una vez más todos los crímenes y atentados contra la democracia que se sucedieron en ambos bandos hace más de ochenta años –por más que digan, pocos quedan que no lo hagan con los de la dictadura–. Los síntomas observados en estos primeros encontronazos, sin embargo, no son nada halagüeños.

En uno de esos curiosos tirabuzones de la vida, se han cambiado las tornas y ahora son los socialistas los que acusan a la derecha de tergiversar nuestro pasado y alimentar el odio entre españoles. Hace unos días, cuando apareció la noticia, una horda de opinadores twitteros salió en estampida para defender los valores democráticos de un personaje que demostró en repetidas ocasiones no merecer tal consideración. Incluso el presidente del Gobierno, líder del PSOE, acudió también a ensalzar la memoria de uno de los dirigentes históricos más cuestionables de su partido. En consonancia con la nueva ley que proyecta su Gobierno, utilizó el altavoz que le presta su posición para afianzar la idea mentirosa de que, durante la guerra, todo aquel que osó oponerse al franquismo fue demócrata. Los numerosos aplausos que le dedicaron diferentes personajes de cierta relevancia mediática fueron, quizás, lo más descorazonador de todo. Nuevamente quedó demostrado que no son demasiados los que pretenden mirar a la verdad de cara y sin maniqueísmos. Si algo ha probado la resurrección de la historia de la Guerra Civil es lo poco que los españoles la conocen. Aterra pensar que, precisamente por eso, corremos un riesgo real de repetirla.

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