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Luis Herrero

Se busca líder

Cada declaración institucional de Pedro Sánchez es una pura exhibición de coreografía corporal ensayada. Y eso es lo peor de todo: que salta a la vista.

Luis Herrero
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Cada declaración institucional de Pedro Sánchez es una pura exhibición de coreografía corporal ensayada. Y eso es lo peor de todo: que salta a la vista.
Pedro Sánchez. | EFE

En muchos momentos de nuestra historia reciente nos hemos dado de bruces con políticos que carecían de capacidad de liderazgo. Hemos tenido encendidos debates sobre el significado de la locución "líder". ¿Qué es un líder? En medio de esa discusión yo solía recurrir a una imagen que ilustraba bastante bien mi humilde punto de vista. Un líder, sostenía yo —y aun sostengo—, es aquel que en medio de un incendio les dice a quienes tiene a su alrededor "sé cómo sacaros de aquí, seguidme" y logra que sus palabras movilicen al auditorio.

La capacidad de convicción de una persona que actúa de ese modo no depende de la telegenia. En momentos de crisis, de crisis de verdad, no seguimos al más guapo, sino al que trasmite más convicción. En el argot televisivo existe una expresión, "llenar la pantalla", que resulta difícil de traducir. No llena la pantalla el figurín más peripuesto, ni el orador más culto, ni el rostro más bondadoso, ni tampoco el más serio. Quien llena la pantalla es aquel que trasmite autoridad —prestigio, crédito, legitimidad— enfrente de la cámara. Un líder, por definición, siempre llena la pantalla, aunque eso no significa que esté necesariamente en lo cierto. Los líderes se equivocan muchas veces. Pero no balbucean casi nunca.

Las comparecencias que Sánchez prodiga estos días, si fueran las pruebas de un casting para elegir al presentador de un telediario, arruinarían su carrera televisiva. Alguien debe haberle entrenado (lo más socorrido es pensar que haya sido Iván Redondo) para que mueva las manos con determinación, clave los ojos en el teleprónter, module la rigidez de su mandíbula y controle la cadencia de sus palabras. Cada declaración institucional es una pura exhibición de coreografía corporal ensayada. Y eso es lo peor de todo: que salta a la vista. Ni sus gestos ni sus palabras transmiten convicción alguna. Podría decirse, para resumir, que no sabe de lo que habla. ¿Cómo lo va a saber si cada vez que sale es para anunciar medidas que aun no están decididas?

Su ritornelo favorito es: "tomaremos las medidas que haga falta", pero cada vez que se reúne con sus ministros no termina de precisar cuáles son. Desde que anunció el Estado de Alarma hasta que salió a explicar lo que eso significa transcurrió un día y medio. Y encima aún tuvo que remitirse a una comparecencia posterior para completar el relato. Con las primeras medidas económicas pasó lo mismo. Primero compareció para decir que iba a tomarlas, sin haberlo hecho todavía, y luego para decir que aún estaba en ello.

El resumen del resumen de lo que el Gobierno nos pide a todos es unidad y confinamiento. Justo las dos cosas que, en la órbita del propio Gobierno, brillan por su ausencia. Ya he perdido la cuenta de las veces que a Sánchez le he oído decir que está en perfecta sintonía con los presidentes autonómicos y que las decisiones se toman de común acuerdo con todos ellos. Una de esas veces salió García Page, a los diez minutos, para decir que se había enterado por la prensa de que debía cerrar los colegios en su Comunidad Autónoma. Lo más trágico vino después. Cuando ya se había anunciado que el Gobierno central iba a decretar el Estado de Alarma para que hubiera un mando único, los Gobiernos autonómicos empezaron a actuar por su cuenta. Urkullu decretó el estado de emergencia. Feijóo, también. Torra ordenó el cierre de Cataluña. López Miras aisló las localidades costeras de Murcia. Nadie confiaba en la eficacia de las acciones promovidas por el palacio de La Moncloa. En el colmo del disparate, el último Consejo de Ministros —lo cuenta toda la prensa a pesar del carácter teóricamente secreto de sus deliberaciones— se convirtió en una batalla campal entre Iglesias y Calviño. ¿Iglesias? Sí. El vicepresidente se saltó la cuarentena y se personó en carne mortal para defender a toda costa su parcela de poder.

Normalmente la vida nos concede pocas oportunidades para dar la talla ante nosotros mismos y ser coherentes con lo que hacemos o decimos, de modo que podamos afeitarnos —o depilarnos— sin rubor ante el espejo cada mañana. Desde ese punto de vista, la reacción de Sánchez y su cuadrilla ante la pandemia del coronavirus les ha retratado para siempre.

Director de En Casa de Herrero y Cowboys de Medianoche y tertuliano de Es la Mañana de Federico y Fútbol es Radio.

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