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Marcel Gascón Barberá

Mítines de Vox, cañas en Ventas y Mecano en Génova

Los madrileños de nacimiento o adopción siguen viviendo como han votado: con entusiasmo, esperanza, apertura y desprendimiento.

Marcel Gascón Barberá
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Los madrileños de nacimiento o adopción siguen viviendo como han votado: con entusiasmo, esperanza, apertura y desprendimiento.
Rocío Monasterio y Santiago Abascal, en el mitin de cierre de la campaña de Vox para el 4-M. | Europa Press

No vivo ni voto en Madrid, pero quería estar en la capital durante las elecciones. Quería vivir en primera persona una jornada importantísima, para la ciudad en la que estudié pero también para el presente y el futuro de España. Quería sentir el ambiente en las calles y ser partícipe, tan de cerca como me fuera posible, de la victoria de Isabel Díaz Ayuso.

Y así el miércoles de la semana pasada cogí un avión desde Bucarest, donde vivo, y viajé a Madrid. Una semana después de aterrizar, puedo decir que se han cumplido con creces todas mis expectativas de este viaje. La violencia y el acoso contra Vox durante la campaña, sumados al abuso de metáforas de cañas y ex de la campaña de Ayuso, me hicieron interesarme progresivamente por la campaña de Monasterio.

En vez de buscar los mítines de Ayuso, como había pensado cuando me compré el billete, me sorprendí buscando los de Vox. Por lo que he dicho, pero también porque los actos de partido de Ayuso (cuando no se paseaba sola por las calles y los mercados) se me antojaban contaminados por el acartonamiento de los apparatchiks casadistas.

El sábado, 1 de mayo, volví a ver a Tertsch y escuché a Abascal y Monasterio en la concentración del sindicato Solidaridad en Conde de Casal. Me gustó ver a la señora china que protesta contra la dictadura comunista de su país con una pancarta con los colores de la bandera de España, ¡y qué bien llenaba la mañana soleada el Perdóname de Café Quijano y Taburete!

"Antes", ya no sé si el jueves o el viernes, había ido a ver a Macarena Olona al Retiro. Me conmovió el torrente de verdades que soltó desde el estrado. Sobre el deterioro de las instituciones que llevamos años aceptando como inevitable y las necesarias medidas en los medios, los parlamentos y los tribunales que para detenerlo está tomando sobre todo Vox. Sobre los peligros para todos, incluidos los supuestos beneficiarios, de la fragmentación de la ciudadanía en colectivos de víctimas y privilegiados. Sobre la importancia de tomarnos por fin en serio nuestras leyes y los fundamentos de nuestro bienestar y nuestra convivencia, y sobre el salto cualitativo que para protegerlos ha supuesto la emergencia de Vox.

La mayoría de estos temas capitales en este momento de España los he echado en falta de la campaña de Ayuso. Quizá porque no le parecen cruciales, o simplemente porque le convenía (y podía) presumir de gestión sin arriesgarse a espantar segmentos de su electorado abanderando verdades incómodas, la presidenta decidió centrarse en el muy estimable argumento de la libertad económica y de elección personal.

A la vista está que a Ayuso le salió bien la apuesta, pero, a mi juicio, su mensaje electoral estaba cojo, porque la libertad que prometía solo será posible a largo plazo si se reparan los boquetes que en los cimientos constitucionales y nacionales han dejado décadas de colonización de lo común por parte de una izquierda cada vez más voraz con lo que debería ser de todos.

Esto no quiere decir que Ayuso no se merezca esta victoria. El fenómeno que representa pasará en mi opinión a la historia como un ejemplo de riesgos asumidos por el bien del pueblo y de audacia y nobleza en la política. Una de las cosas que me han impresionado de este Madrid es la vitalidad que conserva pese a la pandemia.

Los madrileños no han renunciado a vivir. No se han resignado a esperar a que todo pase para seguir trabajando, disfrutando y siendo felices, y eso lo palpa en las calles cualquiera que viva en ciudades que se apagan a media tarde sometidas a la prudencia y la melancolía.

Si hay algún responsable de este milagro es Isabel Díaz Ayuso, que, junto a su Gobierno regional, no se conformó con salvar los muebles y peleó, asumiendo un coste personal inmenso que bien podría haberla llevado a la cárcel de haberse impuesto Sánchez el 4-M, por conseguir lo mejor para los suyos.

Los resultados están a la vista. A estas alturas de la pandemia sólo un cínico indiferente a lo que dicen las cifras puede decir que a Madrid le ha ido especialmente mal con el virus. Y, a diferencia de otros, la ciudad y la comunidad han logrado mantener la pujanza, no solo económica. Todos los madrileños con los que he hablado son conscientes de quién se ha desvivido y se la ha jugado por ellos, y le están profundamente agradecidos a Ayuso.

Por esto que acabo de escribir, el mejor mitin de Ayuso fue para mí que un amigo me llevara de cañas por los alrededores de Las Ventas antes del festival del 2 de Mayo. Fue emocionante ser parte de ese despliegue de vida inimaginable hoy en ninguna otra ciudad de España y en muy pocas de Europa o el mundo, como emocionante fue estar, por la noche, en el cierre de campaña de Vox en Colón.

En otro discurso potentísimo, Abascal volvió a recordar a los afiliados y simpatizantes que llenábamos la plaza que Vox va de cara y sabe lo que quiere. Después de la tarde de cañas, no estaba yo para pensar en argumentos políticos, pero me encantó ver Colón teñirse del verde vox que proyectaban los focos mientras caía la tarde, y pensé en el nombre del lugar desde el que hablaron los patriotas: los Jardines del Descubrimiento.

Solo Vox reivindica sin remilgos esa página de la historia de España que hoy seguimos escribiendo, a ambos lados del Atlántico, los cientos de millones de personas que compartimos idioma, religión y cultura gracias a las gestas, o a los accidentes, como se quiera, de la historia de España.

Al término del mitin, miles de personas con sus banderas de España se retiraron en el orden que caracteriza a la derecha, satisfechas de tener, al fin, a alguien que les represente, en todos los auditorios y todos los días del año.

El recuento electoral lo seguí con Mario Noya y Carmen Carbonell con imagen de Telemadrid y sonido de esRadio. Cuando Ayuso salió al balcón escoltada por la plana mayor del partido me apresuré a llamar a un Uber (el conductor era, como yo, un ayúser entregado) para que me dejara lo más cerca posible de Génova. Como la calle estaba cortada, me dejó en Colón.

Escuchando el discurso de la triunfadora a lo lejos, remonté Génova corriendo hasta hacerme un sitio a las afueras de la muchedumbre entregada. Desde allí, emocionado como todos los que me rodeaban, escuché el final de su intervención y la aplaudí a rabiar viendo ondear banderas de España, del PP, de Venezuela y de los gays. Desde la cabina de discos, el Pulpo puso el "Maquíllate" de Mecano y Génova volvió a bailar llena de gente guapa y lustrosa, como con las victorias de Esperanza Aguirre y José María Aznar.

Se acerca el final de mi viaje y puedo decir que me he encontrado una ciudad acogedora y vital, volcada en trabajar y disfrutar del día a día con amplitud y generosidad. En los barrios caros y en los más modestos que la izquierda y a veces Vox han querido pintar como townships sudafricanos, los madrileños de nacimiento o adopción siguen viviendo como han votado: con entusiasmo, esperanza, apertura y desprendimiento.

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