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Pablo Molina

Madrileñofilia

La zona que primero se sacuda esa madrileñofobia e invite a todos a disfrutar de sus recursos naturales habrá hecho algo grande. En años venideros, la gente de Madrid no lo olvidará.

Pablo Molina
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La zona que primero se sacuda esa madrileñofobia e invite a todos a disfrutar de sus recursos naturales habrá hecho algo grande. En años venideros, la gente de Madrid no lo olvidará.
David Adam Kess/Wikipedia

Al principio del confinamiento, cuando todavía se podía viajar entre provincias, hubo residentes del centro de España que vinieron a la costa levantina a pasar la cuarentena en su lugar habitual de veraneo. A los pocos días se comprobó que uno de ellos tenía el coronavirus y los guardianes de la ortodoxia sanitaria, que pocos días antes animaban a contagiarse a lo grande en las batucadas de las charis, montaron en cólera por la irresponsabilidad de ese madrileño fugado que había puesto en peligro la salud de los demás.

Hasta algún presidente autonómico salió a la palestra a exigir a los ciudadanos del centro que se abstuvieran de venir a la costa, en un gesto poco coherente con la esencia de una zona que tiene en el turismo de sol y playa una de sus mayores fortalezas. Tan solo un responsable de Vox Murcia se atrevió a decir en las redes sociales que la costa levantina es una parte de España y, como tal, tiene que estar abierta al disfrute de los españoles en condiciones de igualdad. De nuevo, los archimandritas de la secta montaron en cólera porque esas declaraciones eran, a su juicio, de una gran irresponsabilidad.

Aquello ocurrió cuando la crisis había estallado y existía cierta psicosis al comprobar que Fernando Simón, cuyo proceso de beatificación ya está en marcha, no había sido totalmente exacto en sus advertencias de que lo del covid-19 sería cosa de unos pocos contagios aislados y nada más.

Veintisiete mil ciento treinta y seis fallecidos después (cifra de amigo; la realidad prácticamente dobla la suma) y a punto de abandonar el arresto domiciliario de tres meses al que nos han sometido Sánchez e Iglesias, ese rechazo a convivir con gente procedente de Madrid no solo no ha desaparecido sino que, al parecer, se ha acentuado.

Esa madrileñofobia que sigue circulando por determinados ambientes es un rasgo profundamente cateto que dice muy poco de las regiones que necesitan un impulso del turismo en sus destrozadas economías, especialmente en las zonas costeras. Por solidaridad y porque España es de todos, no se puede prohibir a ningún compatriota que venga a disfrutar de las playas levantinas, porque son igual de suyas que de los que residimos en ellas. Pero es que, además, los madrileños son en estos momentos el grupo humano más seguro para mantener contacto personal. Después de lo que han pasado y lo que han visto tan de cerca, es difícil encontrar ahora mismo en el mundo gente más concienciada con el aislamiento sanitario personal. Es como los soldados en medio de la batalla, que se lanzan bocabajo a los cráteres de los morteros porque donde ha caído uno ya no cae ninguno más. Acérquese a un madrileño: seguro que no se contagia.

La zona que primero se sacuda esa madrileñofobia e invite este verano a todos los españoles a disfrutar de sus recursos naturales habrá hecho algo grande por el turismo local y la decencia nacional. En años venideros, la gente de Madrid no lo olvidará.

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