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Cataluña, Grecia y las garantías democráticas

Cataluña, salvando un Mediterráneo, se aboca a circunstancias parecidas a las griegas.

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La interpretación más generalizada de la victoria electoral de Syriza en Grecia incide en que los electores apostaron por un cambio radical que debía propiciar que la UE, el FMI y el Banco Central Europeo, la troika, aflojaran la presión, accedieran a una quita y favorecieran a fondo perdido en Plan Marshall la recuperación económica del país. Pagar más impuestos y sufrir ajustes no entraba en los planes de los votantes de Alexis Tsipras, y ahí estaba Yanis Varoufakis para doblegar a los ministros de Economía de toda Europa, con su moto, sus camisas arrugadas y su ático frente al Partenón. Un héroe de nueva generación que ha acabado tirado en la arena del circo de Bruselas mientras la Grecia de los sincorbata se encamina a unas elecciones anticipadas. La escenificación de la batalla pudo dar a entender al principio que la Liga del Peloponeso iba vencer a los bárbaros del norte y a los traidores del sur, pero no contaban con el factor Schäuble, el ministro de Finanzas alemán, que en vez de moto tiene silla de ruedas.

Cataluña, salvando un Mediterráneo, se aboca a circunstancias parecidas a las griegas. Mas, Junqueras y Romeva prometen lo imposible, una república catalana admitida por el resto de España, reconocida por Europa y con el mundo admirado de la astucia del Bolívar catalán, o sea Mas. El separatismo difunde la teoría de que si ganan las elecciones, aunque sea de penalti, la independencia será un hecho. Y no es improbable que la suma de fuerzas separatistas obtenga la victoria, que por muy pírrica que sea dará pie como mínimo a un ahondamiento de la fractura entre los catalanes. Son más de tres décadas de inoculación del odio a España, victimismo, falseamiento de la historia, manipulación mediática, imposición lingüística y opresión social, muchos años de nacionalismo populista como para voltear la situación en menos de dos meses.

Respecto a las circunstancias y garantías democráticas de la convocatoria, la entidad Sociedad Civil Catalana (SCC) ha subrayado lo que los partidos no dicen. La campaña electoral comenzará el 11 de septiembre, la Diada, la fecha de las grandes manifestaciones, el punto en el que la olla alcanza su máxima presión para decrecer después. El 27-S tiene otro inconveniente, y es que es el final del puente festivo de la Virgen de la Mercé, patrona de Barcelona, lo que sin duda puede contribuir a desmovilizar un voto, el de la capital y su área metropolitana, más bien proclive a dar la espalda a Mas y sus aventuras históricas por entregas semanales. Hay más, según SCC, como la instrumentalización de los poderes públicos en favor de la secesión, la confusión entre partidos e instituciones, un sistema mediático que ridiculiza y hostiga a los no nacionalistas, la morosidad en la instrucción de la causa del 9-N, los recursos administrativos destinados a las organizaciones separatistas como la ANC y Òmnium, etcétera, etcétera.

Es evidente que el contexto es anómalo, pero la respuesta del Gobierno ha sido en todo momento retórica, sin corregir, o al menos intentarlo, la degradación de la política catalana y la actuación decididamente al margen de la ley de Artur Mas. La política contemplativa de unos favorece la política abusiva de los otros. Sólo queda que la abstención y un cierto auge de los partidos no separatistas sumen el porcentaje suficiente como para que Mas y Junqueras, en vez de proclamar la independencia, hagan el ridículo y el artículo 155 de la Constitución deje de estar tan mal visto como poco leído. España, en principio, no debería esperar a que el factor Schäuble, Europa, el euro y el mercado resuelvan el problema.

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