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Pablo Planas

Destape separatista de Colau

En su asalto a la Generalidad, la alcaldesa necesita reducir el perfil de activista social para agudizar el de heroína del catalanismo.

Pablo Planas
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En su asalto a la Generalidad, la alcaldesa necesita reducir el perfil de activista social para agudizar el de heroína del catalanismo.
Ada Colau | Cordon Press

Ada Colau es separatista. Los analistas más finos y agudos ya lo sabían. Lo habían deducido porque acudió a votar en el referéndum del 9-N de 2014, la consulta que organizó el avezado y bronceado capitán de barco Artur Mas. Los mortales del común, en cambio, albergábamos algunas dudas sobre la verdadera naturaleza política de la alcaldesa, a quien en su campaña para conquistar el Ayuntamiento jamás se le oyó hablar de Cataluña, el catalán, el proceso o el derecho a decidir. Su discurso era otro. Paralizar los desahucios, dinamitar el turismo, cargarse el comercio y legalizar la ocupación ilegal de inmuebles. Salvo por la primera, ha cumplido de largo con sus promesas.

En aquella época en la que asumió la vara de mando, primavera del 15, Colau era el azote de los separatistas, que a la mención del mero apellido de la susodicha se persignaban atemorizados. En un acto que fue considerado de extrema gravedad, llegó a instalar unos urinarios municipales en la fachada lateral del Museo del Borne, que se llama El valle de los caídos catalán porque, según la fecunda e imaginativa historiografía catalana, en el subsuelo del mercado de verduras y hortalizas quedan restos del ADN de Rafael Casanova, que murió en la cama 29 años después del 11-S de 1714.

Los mingitorios de pared crearon tal conmoción que la alcaldesa decidió retirarlos tal como los había puesto, por la cara. Pero después empezó a trastear con los usos del Museo, que a punto ha estado en más de una ocasión de albergar muestras de artesanía popular, de danzas yanomamo o de las mejores falsificaciones del top manta, un sector en auge en la Barcelona de Colau.

La alcaldesa, entre frívola y displicente, aparentaba despreciar el catalanismo y ensalzaba el republicanismo españolista, según los patanegras del soberanismo. De hecho, instalar un meadero en la zona cero de la nación no parecía un gesto precisamente independentista. Tampoco el pasar de asistir a su primer 11-S como alcaldesa, el año pasado, presagiaba su entonces íntima condición de independentista.

Tras poco más de un año al frente de los destinos de Barcelona, Colau se muestra insaciable de poder y planea el asalto de la Generalidad. Necesita reducir el perfil de activista social para agudizar el de heroína del catalanismo. El giro es paulatino. De momento dice que le gustaría una república catalana confederada con una república española, pero en su formato de referéndum sólo hay dos respuestas: independencia o independencia confederada. El viraje de Colau, digna heredera de Maragall, arrastra al PSC, su socio municipal, y agudiza dos problemas: el de la izquierda antisistema y el del separatismo antidemocrático, cuya confluencia es letal para España. Y Colau es la referencia de la formación más votada en Cataluña en las dos últimas generales.

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