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El Holocausto catalán

La banalización de la historia y la victimización son dos de los rasgos esenciales del nacionalismo catalán.

Pablo Planas
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No ha habido en la historia de la humanidad una tragedia equiparable a la del pueblo catalán. Miles de años de barbaridades, genocidios, exterminios y masacres, pero nada supera en dramatismo, crueldad y dolor la travesía histórica del catalanismo, el sufrimiento de un pueblo sometido desde 1714 a la tiránica dominación española. La cosa es tan grande que hasta en Israel se quedan maravillados ante la resistencia, pervivencia y subsistencia de una Cataluña, cuna de las libertades y escenario de leyenda, cercada por fuerzas de una envergadura colosal, a medio camino entre una aldea gala y el gueto de Varsovia.

No es precisamente recomendable hablar en balde sobre asuntos como el Holocausto ni hacer comparaciones con los atentados de las Torres Gemelas; pero al nacionalismo catalán le está permitido tanto lo primero como lo segundo. Por ejemplo, el Museo del Borne, que fuera mercado central de verdudas y hortalizas, es propagado por los publicistas de la Generalidad como la "zona cero" de Cataluña en virtud de unas supuestas ruinas que se corresponderían hipotéticamente al escenario de la última carga de Antonio de Villarroel. Tremendo aquello. Lo del 11-S, una parida al lado del Onze de Setembre de hace 299 años.

La banalización de la historia y la victimización son dos de los rasgos esenciales del nacionalismo catalán. A partir de ahí, de la seguridad de ser el pueblo elegido, la superioridad moral es una gracia divina e incontestable que asiste al catalán consciente, al nacionalista propiamente dicho. En CiU, por ejemplo, se jactan de tener unas magníficas relaciones con Israel precisamente porque el pueblo judío estaría a cierta altura del catalán en materia de supervivencia en condiciones hostiles, tanto en el pasado como en la actualidad.

La prepotencia catalanista llega a cotas insólitas. Jordi Pujol, en sus memorias, editadas en 2009, relata la discusión que protagonizó con una guía del Museo del Holocausto en su primera visita a Israel. Corría 1987. "Yo ya hacía tiempo que era consciente de lo que el Holocausto significó y es una de las razones de mi filojudaísmo. De todos modos, no me gustan algunas utilizaciones que los judíos en general y los sionistas en particular a veces hacen de esa tragedia. Considero que tienen toda la razón del mundo, pero hay momentos en que me veo obligado a poner freno a algunas conclusiones que extraen del genocidio ejercido contra su pueblo", escribe el patriarca respecto al episodio.

No es de extrañar, por tanto, que Artur Mas se desenvuelva en su visita a Tierra Santa como Messi por Japón, una especie de santón carismático encarnación de las sobresalientes virtudes de una estirpe que ya en lo de Caín fue Abel y David contra Goliat. De ahí que no tuviera empacho alguno en comparar la situación política catalana del momento con lo de Israel antes y ahora, grosso modo. Según la crónica del enviado especial de La Vanguardia,

la conferencia en la Universidad de Tel Aviv tuvo también un trasfondo históricopolítico (sic) con el que el president establecía una cierta complicidad entre Catalunya e Israel en relación al proceso soberanista. Primero recordó la frase de Bill Clinton: "El mundo será talibán o catalán" y concluyó: "Ahora Catalunya se encuentra en una encrucijada. Es verdaderamente excitante para una nación con varios siglos de historia construir un Estado a pesar de las enormes dificultades y obstáculos que hay que superar, es un desafío que ustedes conocen bien".

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