Menú

Los colegas presos de Borrell

Qué lástima de personaje. Nadie pide su dimisión porque nadie esperaba otra cosa de él.

0
Josep Borrell | EFE

Al ministro Borrell no le gusta que haya golpistas en prisión. "Personalmente", dice, preferiría que estuvieran en "libertad condicional" porque cree que hay "otras maneras de evitar que se fuguen". Claro que sí, guapi, pero siendo los golpistas presos unos presos preventivos sólo podrían acceder a la libertad condicional una vez juzgados. A lo más que podrían aspirar ahora mismo, en espera de juicio, es a la libertad con cargos, pero la fuga de su jefe, Carles Puigdemont, de cuatro exconsejeros y de Marta Rovira, pues como que enfría a los jueces.

Los golpistas presos dan mucha pena, sí. Es una auténtica lástima que se pasaran por el arco del triunfo hasta cinco notificaciones del Tribunal Constitucional en las que se les advertía de las consecuencias penales de sus actos. Es un drama que utilizaran a los Mossos para organizar un referéndum ilegal, que destinaran todos los recursos públicos a su alcance para fracturar la sociedad catalana, que desataran un auténtico éxodo empresarial, que estuvieran y estén dispuestos a aplastar a más de la mitad de la población, que declararan la independencia y proclamaran la república. Una verdadera pena.

Si Puigdemont y Junqueras no hubieran jugado a ver quién la tenía más larga, si ERC no le hubiera echado la jauría encima al pastelero loco cuando iba a convocar elecciones, si no hubieran creído que lo más que les podía pasar era una multa (como a Mas), si no despreciaran tanto a los demás y si no hubieran hecho lo que hicieron, pues se habrían evitado el 155 y el cargo de rebelión. Y si Puigdemont no se hubiera fugado, probablemente estarían hoy en sus escaños y poltronas a la espera de un juicio por malversación y desobediencia. Igual que están en la calle los exconsejeros Carles Mundó, Meritxell Borràs y Santi Vila. ¿O no están en la calle y procesados? Como Trapero.

Cinco avisos judiciales recibieron, cinco. Junqueras y Puigdemont los firmaban como churros, se hacían la foto con la mejor de sus sonrisas de prepotencia y la subían al Twitter. Pim, pam. Les daba igual arre que so. "No tenim por [miedo]", decían. Y Borrell los tendría ahora en la calle tan ricamente, el mismo Borrell que decía que había que desinfectar la costra separatista, que consideraba injustas para Marine Le Pen las comparaciones con Torra, el mismo que se reía de Junqueras nada más ingresar en la cárcel. Sí, sí. "Me recuerda al cura de mi pueblo, tienen la misma arquitectura física y mental", dijo Borrell del jefe de ERC en un mitin de las pasadas autonómicas.

El deshielo es lo que tiene. El Gobierno y el Govern van de la mano y hay tema. Socialistas y golpistas firman papelitos conjuntos en el Congreso para instar a una negociación sin fronteras y hablan abiertamente de referéndum. Torra flipa con el cambio de registro de los socialistas. Lo que tendría que hacer Borrell para contentar aún más a sus socios separatistas es ir a ver a Junqueras a esa cárcel de la Generalidad donde los golpistas reciben visitas a todas horas. Total, ya no puede caer más bajo. El otoño caliente es el obsceno mercadeo de Marlaska con los Mossos, la rendición del Estado en Cataluña, la presión conjunta contra los jueces con Borrell como ariete. Qué lástima de personaje. Nadie pide su dimisión porque nadie esperaba otra cosa de él.

En España

    Lo más popular

    0
    comentarios

    Servicios