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Pedro de Tena

El algodón de Marruecos no engaña

La percepción de su cúpula de poder es que España está enlodada y enferma.

Pedro de Tena
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La percepción de su cúpula de poder es que España está enlodada y enferma.
Mohamed VI, en imagen de archivo.

Para saber qué grado de salud e higiene tiene España como nación soberana, miembro destacado de la Unión Europea y de todos los organismos internacionales habidos y por haber, hay que estar atentos al algodón de Marruecos. Es cierto que su rey y el nuestro son como primos, que su historia y la nuestra tienen bellezas y heridas comunes, que nuestras economías tienen una fuerte relación y que nuestras culturas están entrelazadas de múltiples maneras. Quiero decir que cuando algo así está presente en la vida de dos naciones con dos Estados poderosos, el conocimiento mutuo es minucioso. En estos días, Marruecos ha movido pieza en el tablero diplomático y político. Su jugada expresa con claridad que la percepción de su cúpula de poder es que España está enlodada y enferma y que, en tales condiciones, su debilidad puede ser aprovechada en su beneficio.

No es nada nuevo. Ya en 1975, cuando Franco agonizaba, Marruecos, cuyo algodón tampoco le engañó entonces, perpetró una operación de invasión del Sáhara conocida como Marcha Verde que incluso quería haber llegado a Ceuta y Melilla. De por medio un referéndum de autodeterminación impulsado por la ONU desde 1970 para dar una oportunidad política a los desgraciados saharauis, nacidos y criados en un territorio que había ocupado por Marruecos sin ley ni derecho alguno y a los que traicionamos con alevosía. Por resumir, España se quedó sin nada en un ejercicio memorable de indignidad, mientras Reino Unido, este sí, se quedaba con la colonia gibraltareña y el pueblo saharaui sigue sufriendo sin patria ni futuro.

Esto es, Marruecos tuvo un algodón que no le engañó y lo conserva perfectamente custodiado por su valor táctico. Vio la debilidad de España y sacó provecho. Y ahora, justamente ahora, cuando tenemos un Gobierno en funciones, una crisis política y la monarquía constitucional en cuarentena debido a torpezas y mezquindades varias, Marruecos saca de nuevo el algodón de su estuche expansionista y vuelve a intuir el desmayo español inducido por propios y ajenos. Ahora se trata de dar un mordisco a las aguas territoriales españolas de Canarias y de incluir algunas de sus islas en sus zonas de influencia económica exclusiva. Eso sí, niegan que se vayan a ejecutar hechos consumados. Claro, claro, como en 1975.

Si a ello unimos el apogeo cada vez más intransigente e intolerante del separatismo, la creciente influencia del comunismo bolivariano (lo de la diplomafia española en Bolivia ha sido lacerante), el cuestionamiento inmisericorde de la separación de poderes, de la Monarquía y del régimen constitucional, el dominio de la mayoría de los medios públicos y privados afines de comunicación por parte de todos los sediciosos, la miope división de los constitucionalistas, la soledad del Rey y el hedonismo suicida o indiferente de unos españoles que hemos perdido olfato para el peligro, hemos de concluir que el algodón de Marruecos, en efecto, no engaña.

Mañana acabará este annus horribilis nacional dominado por el esperpento caricaturesco de un PSOE prisionero de un sujeto anómico en funciones que puede matarlo matándonos. Si las decenas de millones de españoles que seguimos defendido la unidad nacional, la democracia, la Constitución y al Rey (–siendo republicanos o no–), seguimos descoordinados, irrepresentados e infectados por la propaganda negra de la leyenda antiespañola, inauguraremos un annus terribilis.

De momento, los Reyes Magos nos traerán un Gobierno de carbón al que no le importa absolutamente nada que España arda por los cuatro costados, sea por las inventadas siete u ocho nacioncitas o por los descosidos que se abran. España empieza a dolernos de nuevo a muchos, pero lo que a estos fosores políticos les duele es que España exista, que sea democrática y constitucional y que ejerza. Por eso es por lo que el algodón de Marruecos no engaña. Algo sucio e insalubre se aprecia en nuestro escaparate.

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