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Pedro de Tena

La apoteosis de una España obscena

Lo que emerge es una España obscena, un pequeño núcleo que acumula un inmenso poder.

Pedro de Tena
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"La real para ti no es esa España obscena y deprimente/en la que regentea hoy la canalla…". Eso escribía Luis Cernuda en su Díptico español con la memoria puesta en la España del liberal Galdós y la alusión a la generosa España del hidalgo caballero Cervantes, una España "tolerante de lealtad contraria", una España donde todo español pueda vivir y convivir con ganas, no sin ellas, en una patria común donde nos sentimos a gusto porque hay derecho, libertad y respeto. Eso quisimos creer cuando se inició la aventura democrática en 1976.

A los 3 años de su camino, Federico Jiménez Losantos ya había intuido la "contundencia funeral de la realidad" de una España de la que quedaba muy poco como hecho político nacional con vocación de futuro o permanencia. 42 años después, esto es, tras dos generaciones completas, se percibe además cómo la que se creyó una definitiva democracia se ha convertido poco a poco en un régimen casi feudal y tiránico de partidos ajenos a la inmensa mayoría de los ciudadanos, pero cauce obligado de sus votos. Desde ellos, se ha consolidado una España obscena a la que le es ajena todo residuo de justicia, de afecto por la libertad, de servicio a los intereses generales, de moralidad y de veracidad.

Hace un siglo se hablaba mucho de la España negra, sobre todo tras los viajes por el luto y lo tétrico de Gutiérrez Solana. Era la España más apegada a la tradición de la muerte que a la esperanza de la vida, hábilmente aprovechada por los enemigos de la tradición española para desacreditar todo lo nacional sin reparar en pérdidas. Ahora, lo que emerge es una España obscena, un pequeño núcleo que acumula un inmenso poder y que exhibe sin pudor alguno su indiferencia por cualquier decencia, por cualquier comportamiento honorable, por cualquier legalidad, por cualquier respeto y consideración a los millones de españoles a los que mienten, defraudan y expolian.

El espectáculo de unos partidos, con pocas excepciones, que se reparten los altos cargos de la justicia —precisamente en las cimas donde desembocan los recursos de las instancias más cercanas—, para asegurarse el poder de intervenir en la defensa de sus intereses al margen de todo código, ha sido obsceno. Lo es tanto o más que se haya farsado en todo un Parlamento un libreto curricular de los aspirantes que lo eran, no por méritos, sino por sumisión cómplice a las cúpulas de los partidos. Más aún, que mientras eso se hace se siga diciendo, engañando sin escrúpulos, que lo que se quiere es una justicia independiente, o, al menos, coincidente con la letra y el espíritu de la Constitución, es más que obsceno.

Como es obscena la manera en que perpetúan los puestos de sus afines en la administración pública. La ceremonia de los interinos que van a convertirse en empleados públicos con desigualdad manifiesta de oportunidades respecto a otros ciudadanos a los que le birlan el derecho a ocupar esos puestos por méritos propios, es una obscenidad. De este modo, la administración pública no se compondrá nunca de personas que sirven a los ciudadanos por igual y con eficacia, sino que se nutrirá de clanes partidistas. Es la institución de una administración paralela en el Estado.

Igualmente es obsceno el maltrato sistemático a las víctimas del terrorismo mientras se consienten homenajes a los asesinos. Como lo es que los millones de españoles que viven en Cataluña no puedan hablar libremente en español, o que en Baleares los médicos se vean obligados a hablar en catalán para ejercer. O como que los golpistas de 2017 en Cataluña obtengan millones de euros para no se sabe qué cosas a cambio de su apoyo al gobierno de Pedro Sánchez mientras las regiones más pobres no los reciben ni siquiera en caso de los palmeros canarios, o que el gobierno acepte el apoyo de los herederos de ETA, aunque sus asesinos obtengan privilegios carcelarios. Como fueron obscenos el encubrimiento de la entrada de Brahim Ghali, las maletas de Delcy-Ábalos, las VISA-sex de la FAFFE, los falsos cursos de formación subvencionados, una ley electoral discriminatoria y un larguísimo etcétera.

Como es obsceno, no se olvide, convertir en costumbre la doble vara de medir en la vida española. Núñez Feijoo puede ser simultáneamente presidente de la Xunta y del PP gallego, pero Isabel Díaz Ayuso no puede serlo en Madrid. Por ejemplo.

Podría confeccionarse fácilmente una guía de la España obscena que, siendo una minoría, triunfa apoteósicamente en todo el territorio nacional arrinconando a la mayoría silenciosa, desorganizada y dispersa que no tiene poder para defenderse. Sólo puede, podemos, seguir sorprendiéndonos de su impunidad. La exhibición de la villanía, el alarde de la vileza, la ostentación del fraude sistemático a la verdad, a la democracia, sus principios, sus reglas y valores, y a la nación no tiene coste ni castigo alguno. Esto es lo que está quedando de España.

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