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Pedro de Tena

La democracia, ¿para qué?

Han ocupado el Estado y nuestros dineros y esto es lo que hay.

Pedro de Tena
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La reflexión se inició este sábado mientras formaba parte de una manada metálica de coches que marchábamos en caravana desde Sevilla a las diferentes playas y localidades gaditanas. Acabamos de sufrir una pandemia que, aunque no ha sido de las más graves de nuestra historia, ha causado miles de muertos, sin que un Gobierno que se dice democrático sepa precisar cuántos y por qué. Se dice que se prefiere la democracia a la dictadura por su alto nivel de transparencia, por la libertad de la expresión, por la justicia en la distribución de las oportunidades, por la independencia de los tribunales, por la veracidad de la información y porque las decisiones importantes son tomadas por mayoría. Pero ¿hablamos en serio? ¿Hay algo de todo ello que se cumpla realmente?

Camino de la patria chica de Juan de Quirós, que enseñó poesía a Arias Montano, de Ángel García López, de José María Ruiz Mateos y de Felipe Benítez Reyes, el primer chispazo me lo proporcionó mi hermana, enfermera en un hospital jerezano, que lleva cuatro meses largos bregando contra el coronavirus y está perpleja ante la rebelión de las masas que llenan las playas sin mascarillas ni distancias y ha decidido ya que cualquier tiempo pasado fue peor. En efecto, la razón parece ser que nadie cree las cifras de un Gobierno que dice una cosa y la contraria, se calla lo que quiere y tortura los datos en la cámara de Moncloa. Ante la sospecha de un engaño general, viva la Pepa y que salga el sol por Antequera.

Además de esto, te viene a la cabeza la aristocracia partidista que suplanta a los ciudadanos e impone una supuesta voluntad general que no se fragua en la conciencia libre de quienes componemos la nación española, sino que se finge en los gabinetes elitistas donde sólo entran los elegidos por los partidos. Entre las urnas y las decisiones finales, la distancia es tal que en realidad da lo mismo votar que no votar. No podemos elegir a quien queremos que nos represente, ni podemos hacer cumplir lo que se nos promete ni podemos esperar que haya jueces garantes de nuestra igualdad ante la ley.

Esta neo-aristocracia, que se agrupa en varias castas privilegiadas y hereditarias llamadas partidos, carece del más mínimo código caballeresco de conducta. No hay honor, no hay lealtad, no hay verdad, no hay respeto por el estado llano, sino afán de poder interno y externo, para imponernos nuevos códigos de conducta –casi siempre ajenos a nuestra tradición, creencias y deseos– y cargarnos de impuestos sin miramiento ni ponderación, con el fin de manejar unos dineros que salen fundamentalmente de las clases no privilegiadas, esto es, de las medias y bajas, que trabajan todos los días en producir o servir las cosas de utilidad para la vida. Lo de prepararnos y seguir construyendo la continuidad de España en mejores condiciones no se atiende. Es que ni siquiera se respeta nuestro derecho a la continuidad. Votamos a unos partidos y luego resulta que mandan otros, minúsculos, de sátrapas e incluso amigos de asesinos, que no creen en nosotros como nación ni en libertad alguna.

¿Recuerdan ustedes algún proyecto elevado de mejora colectiva, de ilusión compartida, de metas nobles, de defensa de los intereses de la gente real? Lo que hay son bandas y comportamientos corleonescos, además de broncas tabernarias sin respeto alguno por nada.

¿Para qué una democracia que se parece cada vez más a una dictadura en cuanto a transparencia, veracidad, justicia imparcial, libertad de expresión (la censura crece como la mentira), coherencia moral y capacidad de control del futuro común? Cada uno de nosotros, individualmente considerados porque no se nos puede considerar de otra manera, importamos un comino a estas castas. Han ocupado el Estado y nuestros dineros y esto es lo que hay.

Entonces, democracia, ¿para qué? Ya estamos en condiciones de hacernos esa pregunta. Y por ello, la democracia, la auténtica, la liberal, está en peligro cierto.

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