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Pedro de Tena

La gran ausente: la estrategia de la libertad

Hace muchísimo tiempo ya los partidos comunistas definieron una estrategia bastante eficaz.

Pedro de Tena
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Hace muchísimo tiempo ya los partidos comunistas definieron una estrategia bastante eficaz. Es, sobre todo, en tiempos de desolación cuando son posibles las grandes mudanzas, aunque para los conservadores incautos no sean deseables. El proceso del capitalismo como sistema les condujo a la certeza de que, de cuando en cuando, se producían crisis, y en algunas de ellas podrían ser posibles revoluciones comunistas. Como no hay nada más práctico que una buena teoría, la doctrina comunista traza grandes líneas para acelerar el colapso y dar paso a una organización estatalista de toda la vida humana en la que la persona individual es sustituida por el ciudadano y su Gran Hermano.

Naturalmente, en su método consideran que la realidad social siempre está cambiando, que está llena de intereses y elementos contradictorios, que todo en ella está relacionado y que, por ello, lo que parece estable no lo es y en su seno fluyen corrientes que lo destruirán. Por eso la organización, clave del comunismo, debe exacerbar la lucha de los contrarios (de clases, de sexos, de lo que sea) y hacer posible que la suma incesante de las acciones provoque un cambio revolucionario en el sentido definido por la verdad histórica ya decidida: la sociedad comunista.

En sus tácticas políticas, la estrategia se concreta en varias fases que pueden estudiarse con detalle en nuestra II República. Primero, todos contra la monarquía amparadora de una dictadura (republicanos, demócratas cristianos, liberales, socialdemócratas –todos ellos burgueses–, y socialistas, anarquistas y comunistas). Segundo, todos los representantes del proletariado y los trabajadores contra los todos los representantes políticos de la burguesía y su República. Tercero, el partido de los comunistas contra los demás integrantes de la izquierda hasta la instauración de la dictadura única aprovechando la desolación de la guerra.

Para que todo ello sea posible, en una democracia burguesa como la constitucional de 1978, es necesaria una estrategia concreta de ocupación de parcelas de poder, de siembra de personas afines en el aparato del Estado (Errejón lo dejó más que claro, y antes que él el PSOE, muy especialmente el andaluz) y de manipulación sistemática de compañeros de viaje miopes que no son comunistas pero ayudan a la causa sin saberlo. Por ello, en el Ejército, en las universidades, en los tribunales, en los institutos, en las entidades financieras, en los sindicatos, en las asociaciones civiles, en los medios de comunicación, en la intelectualidad, en las iglesias y en todo lo que puede ser útil, se procura una presencia lo más masiva posible, sin importar lo más mínimo ni las normas ni la ética democráticas, mera fachada a usar a conveniencia.

Esto es, se batalla –es una lucha– en todos los frentes, desde los Premios Goya a los premios literarios, desde quién presenta los telediarios a quiénes presiden los comités de expertos y las ONG, desde los defensores del medio ambiente a los denigradores de las corridas de toros, y así todo hasta lograr llegar a los Gobiernos y al poder fundamental que dan los presupuestos y las leyes y normas.

Ya sé que parece sabido pero es bueno recordarlo, porque los que no queremos vivir en una sociedad sánchez-bolivariana, o como se le quiera llamar ahora a lo de siempre, no tenemos un esbozo estratégico siquiera parecido y seguimos dependiendo de la creencia en la existencia de una mayoría natural que hará imposible el desastre. Es una quimera.

La principal desventaja de los partidarios de la libertad es su resistencia a la organización y a la unidad sincronizada de acciones. Ahora que estamos en tiempos de desolación, tiempos propicios para las mudanzas filocomunistas, bueno será que saquemos alguna conclusión acerca de la urgencia de contar con una estrategia para la libertad a gran escala que nos permita no sólo resistir, sino reducir a los enemigos de la sociedad abierta. Para ello, desde luego, deberemos perder el purismo de los erizos y los zorros de Isaiah Berlin y asumir que necesitamos su mezcla proporcionada, con el bien de la persona y su libertad como objetivos.

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