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Pedro de Tena

La lección de Susana Díaz: Sánchez no es un tigre de papel

A lo mejor después del 28 de abril esto ya no tiene solución.

Pedro de Tena
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Muchos andan mesándose barbas y cabellos sin lograr comprender cómo es que una parte relevante de la ciudadanía española dice a los encuestadores que va votar a Pedro Sánchez, el del Falcon, el del triple plagio (tesis, libro, lema electoral), el de la moción de censura a lomos de los separatistas, filoterroristas y recolectores de nueces vascas, el de los decretos-leyes con sólo 84 escaños, el de los viernes de propaganda gratis a costa del dinero de todos y la institución gubernamental, el de los cuchillos largos dentro de su propio partido… Incomprensible, claman unos. Imposible, exclaman otros. Infumable, exhalan los que faltan. Incluso los socialistas moderados, los que desean en secreto que el resistente se estrelle para dar paso a un nuevo partido socialista, no comprenden qué ocurre.

Dicho en pocas palabras, lo que sucede es que Pedro Sánchez no es un tigre de papel, como no lo fue tampoco su antecesor socialista en el cargo presidencial José Luis Rodríguez Zapatero. La historia del PSOE ha aportado numerosos personajes, desde su fundador, Pablo Iglesias, que han enseñado las garras de un poderoso engranaje cuya divinidad es el partido, la organización, la iglesia laica que cultiva el mito simplista de la igualdad en una inmensa muchedumbre llena de fe a la que los hechos le importan una higa, los medios usados para conseguir el poder no les quitan el sueño, su visión de una estructura de partido-Estado donde encontrar empleo y reconocimiento es esperanzadora por cierta y su hostilidad hacia los herejes internos que ponen en peligro el tinglado es definitiva y cruel.

Con tipos como Pedro Sánchez, a los que no interesan la paz, ni la piedad ni el perdón dentro de su partido y que sigue pensando que casi media España –la que agavilla a lo que fue el Frente Popular en 1936, más o menos– debe vencer a la otra media y sigue en ello como antes y como siempre, la historia se va a repetir y ya veremos si caricaturescamente. El falso centro y las derechas son sustancialmente perversas. En su Estado ideal, los que no son de los suyos son malos de corazón que no tienen derecho a existir y no deben tener presencia en el Estado antinacional del futuro. La democracia y sus instituciones no son más que un medio para llegar al poder, y cuando no sirven, pues no se respetan. Es el viejo y cansino problema del PSOE: que nunca ha sido demócrata antes que socialista porque nunca abrazó sinceramente la socialdemocracia auténtica.

Más o menos la otra mitad, la que conforman quienes desean que el ejemplo de la Transición no se tire por la borda y quienes añoran la España tradicional, a la que se machaca como una aceituna sistemáticamente, ha ridiculizado a un personaje que, como Zapatero, repito, no es un tigre de papel. Craso error. No es eso, no es eso. Todos deberían haber aprendido la lección de Susana Díaz, cuña de la misma madera, pero con la influencia moderadora de muchos viejos socialistas que protagonizaron la Transición. La última clase magistral, en Dos Hermanas (Sevilla), en el mitin inaugural de la campaña. Delante de sus propias narices, Pedro Sánchez la sentenció políticamente a muerte en un espectáculo letal en el que el verdugo, el jefe del clan socialista local, Quico Toscano, mostró cómo será la ejecución y exhibió a la sucesora, María Jesús Montero. Es más, al viejo estilo estalinista, sus partidarios borraron a Susana Díaz de las fotos del acto que han proyectado en las redes sociales.

Sánchez, a quien los medios, la verdad, los hechos, la piedad y la nación le importan una higa, ha echado del poder interno a los socialistas de la Transición refundando un partido sin proclamarlo; ha succionado la vitalidad a la izquierda no disciplinada y ha reventado la franja moderada de la España de la Transición produciendo tres muñones inservibles por separado.

Hablando en plata, todos los moderados españoles que queremos seguir la hoja de ruta convivencial de la transición democrática en el marco de la civilización a la que pertenecemos estamos ante un peligro y tenemos un problema. A lo mejor después del 28 de abril esto ya no tiene solución. Y lo que es más relevante: nos lo habremos merecido por haber consentido tanto mal ejemplo, por haber sido incapaces de defender la democracia y la Nación cuando se pudo, por nuestro absentismo intelectual y moral, por no distinguir lo importante de lo accesorio y por haber ignorado la entidad del enemigo.

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