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Los cuatro retos (principales) de Susana Díaz

El reto de Susana es ser socialista a fuer de liberal, alejada pues de tentaciones estatalizadoras y totalitarias.

Pedro de Tena
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A estas alturas de la película todos los españoles hemos comprendido que Susana Díaz quiere pasar a la historia. Quien fuera una trepa adolescente en el PSOE de Sevilla, odiada por muchos de sus correligionarios locales (podría escribirse casi un libro), aprovechó una concatenación de circunstancias para erigirse como figura señera del socialismo andaluz y nacional. Pero, claro, la Historia con mayúsculas tiene la puerta de entrada muy estrecha y además son los hechos y no los discursos los que habitualmente la atraviesan. Los hechos de Susana Díaz, hasta el momento, no dan ni para una historia de pueblo. Como decía el verso jocoso, un poco transmutado: "Sube que sube que sube, trepa que trepa que gana, el PSOE se dio a este querube, la hija de Pepe (Griñán), Susana". Es decir, ha tenido el santo de cara y son los demás los que han hecho, no ella. No ha tenido mérito alguno en lo que ha ocurrido porque ha emergido como respuesta a la necesidad del PSOE de salir de un profundo hoyo. Sin ganar elecciones ni dentro de su partido ni en Andalucía ni en España, se ha convertido en el peso socialista más pesado de la política nacional. De ahí su responsabilidad.

Para pasar a la historia, Susana Díaz tiene que hacer mucho para encauzar cuatro (principales) retos. El primero, el despeñamiento socialista que se adivina por la ceguera de buena parte de su partido respecto a Cataluña y al separatismo en general. A estas alturas y después del 9-N, está más que claro que lo que el nacionalismo catalán en todas sus formas quiere es soberanía y Estado. Esto es, cualquier solución federal ya está superada por los hechos. Susana Díaz, que se dice hostil a la fragmentación de la soberanía española, tiene que intervenir porque lo de Pedro Sánchez es confuso e incierto. El centro izquierda y el centro derecha deben hacer frente, a ser posible juntos, a la aventura separatista que se va a reforzar jugosamente con el cacao de Podemos y que derivará, si no se remedia, en la insolidaridad general de la Nación y un futuro inestable para todos.

El segundo es la reforma política y moral de verdad de su partido y, por ende, proponer la reforma de los demás partidos con posibles. Se trata de no volver a repetir el itinerario del PSOE nacido en Suresnes, tan levemente democrático que trató de ocuparlo todo, incluso la oposición. Aquel PSOE vascoandaluz de la tortilla creía en la tesis del marxismo felipismo de que la democracia formal era la oportunidad para el PSOE de controlarlo todo. Siempre trató de que la penetración fuera formalmente legal, pero se trató de una ocupación. Donde pudo la practicó hasta el límite. Andalucía, el paradigma por excelencia de su tela de araña, seguida de Extremadura y Castilla-La Mancha, fueron sus regímenes más logrados. Susana Díaz tiene que hacer posible la reforma interna para edificar una socialdemocracia moderada cuyo objetivo no sea el poder absoluto.

El tercero es la aceptación de un hecho testarudo: en el mundo actual, el Estado tiene una gran importancia redistributiva que asegura un bienestar común a la sociedad que es la destinataria de su acción. Pero no es el Estado ni el bienestar del Estado lo que crea riqueza real. Los creadores de prosperidad y empleo son los empresarios (por mucho que se les llame "empredendedores" para simular). En el cada vez más escaso espacio que el Estado deja a la sociedad, la libertad (libre competencia que a los empresarios tampoco les gusta si es más fácil untar) y la autonomía de personas, asociaciones, grupos respecto al Estado, es lo que enriquece y aporta euros y dignidad a una nación. Por tanto, el reto de Susana es ser socialista a fuer de liberal, alejada pues de tentaciones estatalizadoras y totalitarias. Sí, eso, socialdemocracia europea sin adjetivos.

El cuarto, Andalucía. Susana Díaz tiene la oportunidad, durante el tiempo que permanezca en el Sur que puede ser muy corto, de desmantelar la tela de araña tejida por su propio partido en casi 35 años de gobierno, casi los mismos que Franco en España, y liberar la economía andaluza del peso grasiento de la Junta de modo que Andalucía, ya sin paro asfixiante ni adoctrinamiento, se convierta en eje principal de una nueva España con el centro de gravedad más al Sur. Además, claro, tiene que confesar que nada de lo que ocurrido en Andalucía es casual o fruto del pecado de cuatro golfos, sino la consecuencia directa de una concepción de Andalucía no demasiado alejada de las doctrinas de los partidos nacionalistas. Eso de la Andalucía esencialmente de izquierdas y socialista debe reemplazarse por una Andalucía abierta y libre en una España abierta y libre.

Pero, claro, hasta ahora, sólo hemos oído palabras. Susana Díaz podría ser una grande de España, pero para ello debe dejar de tapar lo que tapa por interés de partido y hacer lo que le exige la Historia, la gran Historia, que haga. Si lo hace, tendremos Susana para rato. Si no, como me temo, durará lo que dura un caramelo a la puerta de un colegio.

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