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Pedro de Tena

Treinta años del primer inmigrante ahogado en el Estrecho

Hoy no quiero más que acordarme de los muertos y desaparecidos del Estrecho, nada menos que 6.714 entre 1988 y el 20 de octubre pasado.

Pedro de Tena
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Hoy no quiero más que acordarme de los muertos y desaparecidos del Estrecho, nada menos que 6.714 entre 1988 y el 20 de octubre pasado.
Inmigrantes subsaharianos que llegaron a España a bordo del 'Aquarius' | Cordon Press

Se ha recordado estos días que se han cumplido 30 años desde que el primer inmigrante murió intentando cruzar el Estrecho de Gibraltar. Fue el Día de Todos los Santos, víspera del Día de Difuntos, de 1988. Uno de quienes lo han rememorado ha sido el periodista tarifeño Ildefonso Sena, con el que coincidí en La Línea haciendo reportajes sobre la droga y la inmigración. Fue el autor de la foto de aquel primer ahogado en la playa de Los Lances, de Tarifa.

Inmersos como estamos en la estupidez de unas élites políticas que no están a la altura de esta nación, resulta curioso que un solo muerto, Francisco Franco, ocupe más energías que los miles de muertos que ha sufrido la España democrática por terrorismo, por inmigración, por accidente de tráfico, por asesinatos y otros modos de muertes no naturales. Para un Día de Difuntos, nada más patriótico que recordarlos a todos y liberarlos del olvido. Son nuestros muertos. Pero el 2 de noviembre pasa y no se les ofrece un homenaje nacional. Mucho jalogüín, eso sí.

El caso de los inmigrantes es nuestro caso, no sólo nuestro, cierto, pero es nuestro y son nuestros los muertos porque son, en parte, nuestra responsabilidad directa. El 1 de noviembre de 1988 venía por el estrecho, se cree que desde Tánger, una barca, luego se llamó patera, con veintitrés personas apiñadas. De ellas sólo se salvaron las cuatro que, dijeron, sabían nadar. Dieciocho desaparecieron bajo las negras aguas de aquel día, que sólo devolvieron un muerto, un joven marroquí, nacido en Nador, ciudad rifeña muy cercana a Melilla. Su viaje costó lo que hoy serían 200 euros. Luego fueron llegando a la playa más cuerpos, hasta once, y los demás jamás aparecieron. Seguramente, la mayoría quería huir de un horizonte sin futuro y encontrar acomodo en la Europa luminosa de recursos y libertades que se ve desde África. Quizá otros no. Nunca lo sabremos. Es el problema de no tener papeles, que es imposible saber si son realmente inmigrantes o perseguidos por la justicia o miembros de células terroristas u otras cosas.

Por encima de toda demagogia barata y miserable y de toda trama de subvenciones orquestadas por algunas asociaciones sin escrúpulos o politizadas, también quiero acordarme hoy de que hace quince años escupió el Atlántico 37 cadáveres de inmigrantes marroquíes sobre la playa de Rota. Poco después, mis amigos Rafael Quirós, Violeta Cuesta y su hija Lucía hicieron nacer Solidaridad Directa, la ONG más decente que he conocido, que no aceptaba subvenciones. Sus miembros se empeñaron en conseguir el desarrollo económico y social de la aldea de Hansala, en el centro de Marruecos, de donde procedían los ahogados, para que ningún vecino más tuviese que emigrar. Y lo hicieron, con la ayuda de algunos ingenieros, trabajadores y personas de buena voluntad. Hicieron caminos, construyeron pozos, trazaron conducciones de agua potable a cada casa, dotaron de cocinas y ordenadores a sus habitantes… Tal empeño molestó seriamente al régimen alauita, que recelaba de un ejemplo español que podría extenderse. Finalmente tuvieron que dejar su tarea.

No sé qué solución tiene el problema de la inmigración procedente de África porque los Gobiernos europeos, los Gobiernos del norte de África, las mafias, los intereses de otros grandes poderes sobre las aguas del Estrecho, las hipocresías políticas de quienes hablan de libre inmigración cuando han tragado la reclusión de países enteros como Cuba y la insensibilidad de otros, lo hacen bien difícil. Hoy no quiero más que acordarme de los muertos y desaparecidos del Estrecho, nada menos que 6.714 entre 1988 y el 20 de octubre pasado, que también son nuestros. En el cementerio de Tarifa, hace décadas, comencé a escribir unos versos ante la tumba de un inmigrante sin nombre asesinado por el mar:

Compra que vendo.
Cómprame, amigo,
que tú tienes los dirhams
y yo los higos.
Dorados vienen
de las tunas armadas
hasta los dientes.

Calla, muchacho,
corre a esconderte
debajo del Estrecho
gris de la muerte.
¿De qué manera
te salvará la suerte
de la patera?

No abras los ojos
ciegos de arena
que los sueños llenaron
de agua tus venas.
Duerme, chiquillo,
que hay trabajo en los plásticos
del Paraíso.

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