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De ETA al ISIS, nuestra izquierda se repite

Su odio a España, a los españoles y a la justicia parece inmutable.

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Los comentarios sobre los atentados de París de los izquierdistas con tribuna en los periódicos, tertulia en las televisiones y cuenta en Twitter me han recordado los comentarios y las prédicas que hacían cuando el terrorismo etarra asesinaba y mutilaba a docenas de compatriotas. Incluso se repite, con algo más retórica, la consigna difundida entonces por abertzales e izquierdistas de "algo habrá hecho" cuando la víctima del atentado era un guardia civil o un empresario, una condena barata, de barra de bar. Ahora, los Centellas y las Talegones nos dicen que la culpa de que nos maten es nuestra, porque votamos a partidos que no son los suyos o porque salimos a cenar en vez de ir a debates sobre Gaza.

Entre los artículos más abracadabrantes que he leído estos días destaca el del columnista Carlos Sánchez, quien se remonta al Acuerdo Sykes-Picot, que repartía el imperio otomano entre Gran Bretaña, Francia y Rusia, y a la Declaración Balfour, que aceptaba la creación del Hogar Nacional Judío en Palestina. Las consecuencias de esos actos eurocéntricos e imperialistas decididos por las elites (el Acuerdo Sykes-Picot fue secreto hasta que los bolcheviques lo publicaron) serían una permanente humillación árabe de la que se nutren, por ejemplo, los terroristas pakistaníes y somalíes, y de la que son responsables, según este discurso, los civiles franceses de hoy, incluso los franceses descendientes de gentes que no eran francesas en 1917.

Esta obsesión de los izquierdistas, sean de la rama que sean, por husmear agravios en la historia que disculpen o justifiquen a los terroristas que gritan cuando aprietan el gatillo "¡Alá es grande!" es parecida a la que sufría cuando quienes disparaban o explotaban bombas gritaban "Gora Euskadi askatuta!".

En los años 70 y 80 soportamos largas enumeraciones, en los medios de comunicación y las universidades, del inmenso sufrimiento de los vascos por culpa de los Reyes Católicos, las guerras carlistas del siglo XIX, la abolición foral realizada por Cánovas del Castillo, el bombardeo de Guernica o el franquismo. Entre estos disculpadores merece citarse el nombre del madrileño republicano José Bergamín, que llevó su odio a los españoles hasta a desearles una nueva guerra civil y escribir en Egin, donde se jaleaban los asesinatos etarras. Ahora los disculpadores se remontan al colonialismo del siglo XIX, como si la mayoría de los países árabes no fueran independientes desde hace más de medio siglo y sus dirigentes y sus pueblos (y su religión) no tuvieran responsabilidad en su pobreza, a pesar de que algunos flotan sobre mares de petróleo. Los obispos africanos, por el contrario, ya renuncian a la muleta de la conspiración para explicar las desgracias de sus naciones.

No deja de asombrarme que los paladines de la racionalidad, el laicismo y la secularización concedan a hechos ocurridos hace 200 o 500 años una potencia que atraviesa los siglos y las generaciones, más poderosa que todas sus propuestas ideológicas, como la revolución, la liberación del proletariado, el Estado del Bienestar, la igualdad, el ateísmo o el feminismo.

En los años 70 y 80 nos instruían en que el terrorismo etarra era invencible porque contaba con las falanges interminables de los jóvenes vascos (desde hace años, Vascongadas pierde población); en que la "violencia del Estado" era contraproducente, y los terroristas ejecutados y caídos en operaciones policiales se convertían en "mártires"; en que no había que criminalizar a todos los vascos, puesto que la mayoría no eran terroristas, aunque luego fuesen chivatos de los etarras y no colaborasen con la Policía; en que cualquier legislación especial era lo que deseaban los terroristas; en que había que dar un estatuto de autonomía y dinero a los abertzales, amén de euskaldunizar la sociedad, porque así se quitaban razones y argumentos a los terroristas. En que había que permitir al brazo político de ETA tener concejales, alcaldes y diputados, porque así aprendían que podían defender sus ideas con la palabra y no con la pistola. Pero la mejor de todas era ésta: "Nosotros, los demócratas, no somos como ellos". "¿Quieres que haya dos sociedades enfrentadas como en el Ulster, ¿eh?", era su conclusión.

Gracias a este discurso acomplejado y, en el fondo, legitimador, España siguió padeciendo el terrorismo cuando en Francia, Italia y Alemania hacía años que habían acabado con él. Este discurso lo volvemos a escuchar desde el viernes 13, igual que en los días lamentables que siguieron al 11-M, cuando para toda la izquierda española era más importante atacar al Gobierno del PP que perseguir a los asesinos.

Otra de las lecciones que no debemos olvidar es la de los alaridos de los izquierdistas (más algún obispo como Juan María Uriarte) cuando José María Aznar procedió a ilegalizar Herri Batasuna: iban a arder las calles vascas y navarras, y comarcas enteras se iban sublevar como en las carlistadas. Otra vez el estremecimiento de admiración, y quizás de placer, ante el valor de los terroristas. Se ilegalizó el partido de los etarras, se encarceló a su dirección política, se cerró su periódico, se clausuraron sus herriko tabernas, se les echó de las instituciones… y no pasó nada. Al contrario, los proetarras empezaron a tener miedo en vez de darlo.

Pero, ¿de dónde proviene esa comprensión de la izquierda, desde los socialistas engordados en las poltronas a los podemitas recién llegados de las asambleas universitarias, hacia los asesinos de masas? ¿De una identidad ideológica? Fernando Savater escribió que la izquierda radical europea se muestra siempre "nostálgica de una insurrección salvadora que la libere de la rutina parlamentaria".

Savater escribió eso en un libro publicado en 1983 sobre el asesinato del almirante Carrero Blanco. Para la izquierda española no pasa el tiempo. Su odio a España, a los españoles y a la justicia parece inmutable.

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