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El espía Galíndez

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A los cines españoles ha llegado la película El caso Galíndez, basada en la novela Galíndez de Manuel Vázquez Montalbán. El hombre que da título al libro y a la cinta es Jesús Galíndez Suárez. Pese a sus apellidos, era abertzale y militante del PNV. Su aportación a la historia es que fue un espía, o sea, un txibato.

La historia de Galíndez puede calificarse de muchas maneras, salvo de heroica y de admirable, aunque fue similar a la de muchos de sus correligionarios de generación. Nació en 1915, según unos en Madrid y según otros en Amurrio (Álava). Vivió casi siempre en la capital de España, donde empezó a estudiar Derecho y dirigió las juventudes del partido fundado por Sabino Arana. Cuando estalló la guerra civil, actuó igual que numerosos jóvenes jelkides en edad militar: se emboscó. Manuel Irujo, ministro de Justicia en un gobierno de Largo Caballero, contó con él como asesor. Galíndez llegó a ser secretario auditor del Tribunal Superior del Ejército del Este.

Con la victoria de los nacionales, Galíndez marchó al exilio. De Francia pasó a la República Dominicana, cuyo presidente, el general Rafael Trujillo, abrió las puertas de su pequeño país a varios miles de españoles. Galíndez llegó con su condición de vasco (equivalente a trabajador y serio), sus estudios, su experiencia de profesor y su catolicismo. Inmediatamente, comenzó a prosperar. Fue profesor de derecho, funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores y consejero del Ministerio de Trabajo. Su intimidad con Trujillo fue tal que entraba en el palacio presidencial para dar clases al hijo del dictador, llamado Ramfis.

Así vivió hasta febrero 1946, cuando se trasladó a Nueva York. Allí se puso a las órdenes de Antonio Irala, jefe de la delegación del PNV en la ciudad y también de la red de espías peneuvistas que pasaba información al FBI y los servicios secretos de su país huésped sobre actividades de los españoles comunistas. A partir de entonces, Galíndez se dedicó a viajar por América para reclutar nuevos espías, sonsacar información a los antiguos camaradas y hacer pagos. Se ha calculado que recibió hasta un millón de dólares para los gastos de sus informadores. Naturalmente, los datos que recibía Washington de sus espías abertzales se pasaban a los gobiernos para que éstos detuviesen a los conspiradores. Además del dinero, los peneuvistas esperaban que semejantes favores les granjearan el apoyo de Estados Unidos contra el franquismo. A causa de estas actividades, a Galíndez se le asignó el nombre en clave de agente Rojas y una paga mensual.

Sin embargo, Galíndez cometió un error. Sus amigos en el gobierno norteamericano le habían conseguido un puesto de profesor en la Universidad de Columbia. El espía quiso ganarse el título de doctor y elaboró una tesis titulada La era de Trujillo. Cuando su antiguo protector se enteró, se sintió burlado. A Galíndez se le mandaron advertencias y ofertas de dinero para que se callase, pero las desoyó.

El 12 marzo de 1956, Galíndez desapareció de regreso a su casa. La versión difundida por sus biógrafos sostiene que se le trasladó a la República Dominicana y que el propio Trujillo, tras torturarle, ordenó su muerte. Otros, como Iñaki Bernardo Urkijo, que cita a su amigo Irujo, hablan de que a Galíndez le gustaba asistir a sesiones de brujería y santería (ritos que habría conocido en la República Dominicana) en el Harlem y allí le mataron.

El PNV honra su memoria con un monumento en Amurrio y una calle en Bilbao. Pero ¿por qué izquierdistas como Vázquez Montalbán se interesan por un personaje como Galíndez, que delató a sus camaradas y a los luchadores antifranquistas? Pues porque a través de él pueden alancear a dos de los monstruos que llenan sus pesadillas: Estados Unidos y Franco.


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