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Los cuatro presidentes de la Primera República

Ese cortísimo reinado de Luis I, de 229 días, supera el mandato de los tres primeros presidentes de la I República, que no alcanzó los 200 días.

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De los monarcas que han reinado sobre toda España, el de reinado más breve fue Luis I, primogénito de Felipe V, que subió al trono a los 16 años de edad por la abdicación de su padre en 1724. Luis I reinó sólo entre el 15 de enero y el 31 de agosto, cuando falleció a causa de unas viruelas. Su padre regresó al trono y reinó hasta 1746.

Pues ese cortísimo reinado de Luis I de 229 días supera el mandato de los tres primeros presidentes de la I República, que no alcanzó los 200 días.

Desde luego, ha habido regímenes más criminales que la I República, pero es difícil encontrar regímenes más idiotas en Europa. Entre el 16 de febrero de 1873 y el 3 de enero de 1874 se sucedieron cuatro presidentes. A las pocas semanas de producirse la sublevación contra Isabel II, en septiembre de 1868, la Revolución Gloriosa, comenzó en octubre la guerra en Cuba (1868-1878); en mayo de 1872, reinando en Madrid Amadeo I, se alzaron los carlistas; y la República añadió una nueva guerra, la cantonal, comenzada en julio de 1873. De esta manera, llegaron a librarse tres guerras civiles simultáneas, caso único en la historia mundial.

En los últimos años del reinado de Isabel II se produjo una aceleración de los acontecimientos históricos. A partir de 1866 estallaron una crisis financiera y otra alimenticia debido a las malas cosechas, y además fallecieron los generales Ramón Narváez y Leopoldo O’Donnell, jefes del Partido Moderado y la Unión Liberal, respectivamente. En septiembre de 1868 se sublevaron los progresistas y demócratas, que derrocaron a Isabel II.

Cortes monárquicas con sufragio universal

El Gobierno provisional organizó unas elecciones a Cortes constituyentes, que se celebraron en enero de 1869 y fueron las más amplias del siglo XIX español. Con sufragio universal masculino para mayores de 25 años, el censo ascendió a casi cuatro millones. Las Cortes elegidas tuvieron una amplia mayoría monárquica, aunque los republicanos federales de Pi i Margall obtuvieron 85 diputados; elaboraron la Constitución de 1869, que definía al Estado como una monarquía constitucional, y eligieron al duque de Aosta, Amadeo de Saboya, como rey. Hasta su llegada, el jefe del Estado fue el general Francisco Serrano, como regente. En diciembre de 1870 fue asesinado el general Juan Prim, presidente del Consejo de Ministros.

La degradación política prosiguió bajo el nuevo rey. En dos años hubo seis Gobiernos y dos elecciones a Cortes, en marzo de 1871 y abril de 1872. En estas últimas, de casi 400 diputados los republicanos federales de Pi cayeron a 52 diputados y el Partido Demócrata-Radical tuvo 32.

Para Amadeo, la gota que desbordó el vaso fue la disolución del cuerpo de artillería. El 11 de febrero de 187 el rey entregó su abdicación. El presidente del Congreso, Nicolás María Rivero, se confabuló con otros republicanos federales, como Estanislao Figueras, para dar un golpe de Estado.

Proclamación inconstitucional

Violando la Constitución, los senadores se reunieron en el Congreso en "asamblea nacional soberana" con los diputados y, en vez de buscar una nueva dinastía, proclamaron la República por 258 síes y 38 noes. Como dijo Francisco Pi i Margall:

Es verdad que la República no había nacido de combates ni de tumultos, pero no lo es menos que tampoco debía a la ley su origen.

En sesión permanente, a continuación eligieron como presidente del Poder Ejecutivo (que incluía la jefatura del Estado y la del Gobierno) al abogado catalán Estanislao Figueras, del partido de Rivero. Habían pasado sólo unas horas desde que Amadeo I entregase su renuncia.

En ninguno de los casos participa el pueblo, a no ser que consideremos pueblo a la chusma republicana que rodeó el Congreso al comienzo de la sesión y que fue disuelta por la Milicia Nacional.

De los siete ministros de Figueras, cuatro lo habían sido ya con la monarquía. Pi y Margall desempeñó la cartera de Gobernación y su hermano la de Ultramar. Paradójicamente, el partido federal de Pi era tan pequeño hasta ese momento que en las elecciones de 1871 se había coaligado ¡con los carlistas!

Pero una cosa era pronunciar discursos sobre la libertad y la fraternidad de los seres humanos y otra gobernar. Arreciaba la guerra carlista, la economía se hundía y sólo dos potencias, otras dos repúblicas, habían reconocido al nuevo régimen: Suiza y Estados Unidos. La joven república francesa, en cambio, no.

El primer Gobierno duró 15 días. El segundo, nombrado por las Cortes, recibió el apodo de Gobierno de los Pájaros, debido a la asonancias de los apellidos de varios de los ministros: Pi, Chao (Fomento), Sorní (Ultramar) y Tutao (Hacienda).

El 10 de mayo se eligieron Cortes constituyentes. Pi dio orden a los gobernadores civiles de favorecer el voto a los a los partidos de Gobierno. Figueras se presentó por el populoso distrito Centro de Madrid, pero sólo recibió 2.125 papeletas. Además, 21 gobernadores se las apañaron para obtener acta de diputado. Las nuevas Cortes empezaron elaborar la Constitución federal el 1 de junio.

La anarquía crecía ante un Figueras que tenía pánico a ser considerado autoritario o represor. El 10 de junio de 1873, después de una discusión con su amigo Pi, un gesto idiota de éste (no darle la mano) provocó que Figueras, que acababa de perder a su dominante (y devota) esposa, se marchara en secreto a Francia, sin comunicárselo a nadie del Gobierno y sin presentar la dimisión.

El primer presidente había gobernado 119 días.

El rey Pi

Reunidas en sesión secreta, las Cortes escogieron como sustituto a Pi, a quien todo el mundo, salvo sus partidarios, consideraba un majareta y un intransigente. Bajo su gobierno empezaron las sublevaciones de los cantones. Pi pidió poderes dictatoriales a las Cortes, de los que no supo hacer uso; además añadió que los usaría para reprimir a los carlistas, pero no a los federales rebeldes, a los que bombardeaba con proclamas y reprimendas. Los monárquicos le llamaron Rey Pi.

El 17 de julio las Cortes instaron a Pi a dimitir, cosa que éste hizo: gobernó 37 días.

El siguiente presidente fue el catedrático de Metafísica Nicolás Salmerón, que tenía prestigio como orador y persona de intachable moral, es decir, otro intransigente. Este andaluz era teórico del federalismo. El 19 de julio presentó su Gobierno y se comprometió a combatir el cantonalismo por peligroso para la unidad de España y restaurar el orden.

Salmerón dio mandos a generales competentes pero no republicanos. Comenzó el sitio al cantón de Cartagena, cuyos dirigentes se habían apoderado de la escuadra. Se le presentaron a la firma las penas de muerte para dos artilleros que se habían pasado a los carlistas y habían hecho fuego contra sus antiguos compañeros. Como le repugnaba la pena capital, prefirió dimitir antes que sancionar las condenas, lo que ocurrió el 7 de septiembre. Gobernó 51 días. Poco después pasó a ser presidente de las Cortes.

El cuarto presidente fue el republicano Emilio Castelar, que tenía entre sus virtudes (energía, patriotismo, prudencia…) la de ser uno de los poquísimos políticos españoles que en esos años no había cambiado de partido. Prosiguió la represión de los cantonalistas y carlistas, y para evitar la inestabilidad parlamentaria suspendió el 20 de septiembre las Cortes hasta el 2 de enero de 1874. En ese tiempo gobernó por decreto.

Salmerón, comido por la envidia

Sin embargo, los otros presidentes del Poder Ejecutivo, Figueras, Pi y Salmerón, se unieron para conspirar contra él. Salmerón, al que Castelar le había ofrecido gobernar conjuntamente, lo rechaza, porque "se muere de envidia" de que su rival sea mejor y obtenga más éxito. El golpe de los federales consistía en hacer caer el Gobierno de Castelar cuando se reanudasen las sesiones y tomar los puntos estratégicos de Madrid con los voluntarios de la República.

En efecto, Castelar cayó al negarle las Cortes su apoyo, pero mientras los diputados peroraban y negociaban la elección de un quinto presidente del Poder Ejecutivo, el capitán general de Madrid, Manuel Pavía, ordenó a unas parejas de la Guardia Civil que cerraran la asamblea. Los diputados huyeron por las puertas y ventanas cuando vieron entrar los tricornios en el hemiciclo.

El suspiro de alivio en España y en el resto de Europa fue inmenso.

Uno de los elementos de estabilidad en los años posteriores fue el recuerdo del manicomio que habían sido la República (que mantuvo la bandera rojigualda) y el federalismo.

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