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¿El fin de una era?

El Gobierno imposta su posición y la oposición le imita, mientras que los sindicatos y la patronal simulan sus descontentos. Todos son, en efecto, unos impostores.

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Mañana, a pesar de los pesares, será efectiva la reforma laboral de Zapatero. Este dato es decisivo para comprender el devenir de España. Muchos lo ocultarán o, sencillamente, harán propaganda política descalificando el decreto. Allá ellos. El asunto de mañana es decisivo para el resto de legislatura. Manejar un país, o simplemente comprender un problema coyuntural de una nación, con el pensamiento es una ingenuidad. Eso es tan peligroso como conducir sin manos. O reconocemos que el pensamiento es menos leal y dócil que las circunstancias económicas y políticas o no entenderemos jamás por qué el Gobierno de Zapatero tiene que aprobar una reforma laboral contra los intereses de su propio partido.

Por eso, precisamente, porque desconfío del primer impulso, o mejor dicho, porque confío en el primer impulso, en el malo, estoy convencido de que este Gobierno acometerá una reforma laboral de cierto calado. No se engañen los críticos a palos del Gobierno sobre los resultados o la contundencia que utilizará el Ejecutivo en determinados asuntos. Lo decisivo es que se han cumplido los trámites, y la reforma se aprobará siguiendo la metodología que al Gobierno le ha impuesto CiU y el PP, o sea, primero un decreto y, después, una ley. La reforma será amplia, exigente y, en principio, irá contra el populismo del propio Gobierno. ¿Y si no fuera así por qué iban a convocar los sindicatos una huelga general? No creo que sea mero teatro la convocatoria de huelga general.

Uno puede adoptar todas las cautelas que quiera con este Gobierno, incluso podrá gritarle a Zapatero que es un mentiroso. Vale. Pero después de conocidos los borradores sobre la reforma, nadie en su sano juicio podrá decir que la reforma no es significativa. Será una reforma substancial. Podría ser más amplia, sí, pero los pasos ya están dados. Habrá una reforma importante en el ámbito de los despidos y las indemnizaciones. Y, por supuesto, la norma primará la firma de convenios por empresas antes que por sectores. Se aprobará, pues, un decreto para que las empresas despidan aún con mayor facilidad a los trabajadores, bajen los salarios y, en fin, cambien las condiciones del mercado.

Es ridículo, pues, seguir negando que Zapatero lleve a cabo una reforma laboral. Eso ya no es político. Es impostura. He ahí el gran problema. No se trata de que la reforma deje descontentos al propio Gobierno y a la oposición, a los sindicatos y a la patronal. No se trata de que todos sigan enfrentados, porque no hayan conseguido imponer de modo completo sus criterios en esta reforma. No se trata de que lo aprobado sea simplemente provisional. No, no y no es un problema de límites de lo aprobado, sino que nadie cree en la reforma. El Gobierno imposta su posición y la oposición le imita, mientras que los sindicatos y la patronal simulan sus descontentos. Todos son, en efecto, unos impostores. En Europa, para desgracia de los españoles, nadie cree en Zapatero ni en la oposición, y desprecian a los sindicatos y la patronal.

Ese es el gran problema: los mercados no creen en España, porque sus elites políticas, sindicales y patronales son cualquier cosa menos excelentes. La historia reciente del capitalismo, ese proceso de "destrucción creadora" del que hablaba Schumpeter, les ha pasado por encima.

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