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El ejército catalán no tendrá el nivel C

No hay nada más letal para las fantasías que sacarlas del país de Nunca Jamás y someterlas a concreción.

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Las criaturas del reino de la fantasía soportan mal que se las saque del mundo onírico. Tan sólidas y atractivas como parecían allí, se descomponen al exponerse al escrutinio de la realidad. Eso mismo ha sucedido con la independencia de Cataluña. Desde que Artur Mas puso esa fantasía política en la calle no deja de encontrarse con semáforos en rojo. Nadie los ha colocado para la ocasión. Eran tan visibles y conocidos como éste que acaba de recordar la OTAN. Si una región o un territorio se separan del Estado miembro al que pertenecen, quedan fuera del paraguas de la Alianza, deben pedir el ingreso conforme a las reglas y sólo serán admitidos con la aprobación de todos los integrantes del club. "Por consenso de todos los aliados de la OTAN", ha dicho la portavoz, Oana Lungescu.

La OTAN no ha ingeniado ahora esa norma y ese procedimiento. Tampoco la UE se ha sacado de la manga reglas similares para fastidiar a los separatistas. Es Artur Mas el que se ha inventado que no existían y que un Estado catalán independiente hallaría abiertas esas dos puertas de Bruselas y alfombra roja para recibirle. Su ficción atlantista aún era de mayor audacia. Hizo ver que una Cataluña independiente no tendría que gastar un solo euro en armar un ejército. Así lo dijo en una entrevista: "¿Usted cree que Cataluña se va a plantear tener un ejército propio, ¡con todo lo que esto cuesta!, y pudiendo estar en la OTAN?". Ahí es nada. Estar en la OTAN y además de gorra. Eso sí es que doblar la apuesta.

La piedrecita en el zapato de esa fantasía de gorrón es que no hay modo de pertenecer a la OTAN sin unas fuerzas armadas. Sabedor de ello, algo es algo, Miquel Serrallès, personaje vinculado a las cloacas de tiempos de Pujol, a las secretas hazañas de los mortadelos y al espionaje de periodistas, lanzó un informe que entraba en el detalle del futuro ejército de la Cataluña liberada. Desde el Centro de Estudios Estratégicos de Cataluña, Serrallès reconocía que la broma iba a tener un coste de 3.000 millones de euros -nada es gratis- y estimaba que debía contar con 25.000 efectivos. Ahora bien, como reclutar tropas leales a la nación catalana no le parecía empresa fácil, propugnaba que se permitiera que los soldados rasos y la marinería pudieran pasar sólo con el nivel B de catalán, y limitaba la exigencia del nivel C a la oficialidad. ¡Qué alivio!

Lo dicho. No hay nada más letal para las fantasías que sacarlas del país de Nunca Jamás y someterlas a concreción. Allí estaba la Cataluña independiente rodeada de lujo y oropel, hasta que Mas se empeñó en llevarla al barrizal.

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