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3-I-2007

La estrategia dilatoria

La comparecencia de José Luis Rodríguez Zapatero nueve horas y media después del brutal acto terrorista (el accidente mortal, a entender del propio presidente) revelaba a un hombre sonado, intelectual y moralmente derrotado; al hombre mínimo que ya es Zapatero aún más disminuido. Cuando una inmensa columna de negro humo aún salía de la Terminal 4, se aferraba como a un clavo ardiendo a una eventual vuelta del proceso que acababa de saltar por los aires, al declararlo suspendido, pero no finado. ¿Por qué lo hizo? Porque carece por completo de un proyecto verdadero para España, cuya misma existencia le parece un incordio, y porque sin la falsa promesa de una paz no tiene nada que ofrecer a los españoles.

 La firme reacción de la opinión pública ha forzado a Zapatero a enviar a dos de sus hombres para cambiar el tono. Blanco y Rubalcaba dicen que la negociación está rota por causa de ETA. El sibilino Rubalcaba ha declarado que "este proceso está acabado, roto y liquidado" pero, pese a la insistencia de los periodistas, no ha sabido negar que quizá sí se puedan abrir otros procesos. La previsible estrategia del Gobierno pasa por dormir el asunto, esperar a que la opinión pública se olvide de las imágenes de la T4 de Barajas destrozada por los asesinos y a los dos muertos causados por su acción criminal y entonces, cuando los intereses de ETA y del Gobierno vuelvan a coincidir, escenificar un acuerdo supuestamente sobre nuevas bases, como si este atentado jamás hubiera tenido lugar. Igual que se ha estado dialogando con los asesinos como si los anteriores jamás hubiesen ocurrido. Como si fueran meros "antecedentes" o "accidentes mortales".

Por supuesto que el Ejecutivo tiene otras opciones. Rodríguez Zapatero, que contra toda lógica y contra la evidencia de la continua ejecutoria criminal de ETA ha seguido manteniendo las negociaciones con la banda, debería haber dimitido. Es evidente que ni se le ha pasado por la mente, pero al menos podría rectificar con claridad, reconocer que la banda terrorista no ha renunciado ni a sus objetivos ni a sus métodos y que en estas circunstancias, y hasta que se convoquen nuevas elecciones, se agotaron las opciones de volver a contactar con los asesinos. Tampoco lo ha hecho.

En cualquier caso no es ni José Blanco ni el ex portavoz del gobierno de los GAL quienes deben hablar por el propio presidente. Es más, ni siquiera sus palabras tendrían valor alguno si las llegara a pronunciar, a la vista del desprecio con que él mismo las trata. Sólo una corrección clara y consistente, una vuelta sin compromisos al Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo, le restituiría al menos en parte en su dignidad. Pero no cabe esperar nada de ello.

En cualquier caso, lo que no falta en ningún momento es la estrategia de denigrar al Partido Popular por el mismo hecho de ejercer su función democrática  como oposición. Está claro, y sólo Rodríguez Zapatero lo ha puesto en duda con eso de que la pobreza es la causa del terrorismo, que sólo ETA y sus miembros son responsables del acto criminal del 30 de diciembre. Pero el Gobierno es responsable de la negociación con los criminales, y el último atentado revela que este es un "proceso" sin una salida digna y, por tanto, el PP no sólo tiene el derecho sino el deber de criticar al Gobierno tras el atentado. Los españoles necesitan saber que al menos tienen la esperanza de que un partido se mantiene fiel a la lucha contra el terrorismo, es decir, fiel a la nación española.