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Ya lo tiene decidido, se marcha. Pero me ruega, por favor, que no deje pistas en el artículo que permitiesen identificarlo. Aún habrá de esperar hasta junio hasta que prescriba su contrato en la Universidad, y no quiere problemas. Dicen que es muy bueno, de los mejores. Nació y se crió en una capital de Castilla que no viene al caso. Luego, cursaría la carrera y el doctorado en Estados Unidos. Se decidió por Barcelona porque la ciudad le gustaba –le sigue gustando– y dispone de modernos laboratorios relacionados con lo suyo, algo que tiene que ver con la síntesis de las proteínas.
Los otros dos candidatos proceden de cerca de Vic. Por lo que sabe, jamás han vivido fuera de Cataluña; ni una temporadita, nunca. Le creo, ahora es lo habitual. Hace poco, conocí a un catedrático de Humanidades que alardeaba, ufano, de no haber pisado Madrid y de no pensar hacerlo en lo que le reste de existencia. Me fijé: ninguno de aquellos comensales pareció sufrir ni vergüenza ajena, ni pena propia al escucharlo. La convocatoria acaba de hacerse pública en el Boletín. Por primera vez, exigen un requisito inexcusable a todos los aspirantes: el nivel C. Mi interlocutor cuenta, divertido, que el par de la comarca de Osona ha empezado a mirarse con recelo desde entonces: ambos saben que uno de ellos se quedará sin el chollo vitalicio. Ningún otro investigador español –ni del resto de la Unión Europea, ni tampoco de los otros continentes del planeta Tierra– competirá ya por el puesto; mi confidente, tampoco.
Para obtener el nivel C se impone, entre otros saberes, un conocimiento exhaustivo de la riqueza dialectal de la lengua doméstica. Los de fuera lo ignoran, pero no suena idéntica la fonética del catalán de los arrozales del Delta del Ebro que la del Alto Ampurdán. Y sólo el magisterio en esas variantes pedáneas requiere de más de un mes de clases, en un curso intensivo que abarca un año académico completo. Por lo demás, se rumorea que el porcentaje de suspensos suele ser alto, tal vez por eso la Generalitat jamás haya mostrado el menor entusiasmo por airear las cifras. En cualquier caso, mi amigo no parece interesado en conocerlas. Ya no. Me confiesa que ha captado el mensaje, y que se va.
En la primavera de 1838, tras recalar en el puerto de Barcelona, anotó Stendhal en sus Memorias de un turista: “Estos señores quieren leyes justas, con excepción de la ley de aduanas, que debe ser hecha a su guisa. Es preciso que el español de Granada, de Málaga o de La Coruña no compre las telas de algodón inglesas, que son excelentes y que cuestan un franco la vara, por ejemplo, y adquieran telas catalanas, muy inferiores y que cuestan tres francos la vara”. Oh, el arancel, el eterno y sagrado arancel. ¿Qué serían sin él?

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