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José K, todavía en la cama, se despereza mientras, feliz, siente que está mejor que hace un año, y que dentro de un año aún estará mejor que hoy. Mas cuando hace sonar el timbre para que le sirvan el desayuno, en lugar de la criada, unos extraños comparecen en la habitación y dan en humillarlo con saña. Ante la desfachatez de esos inesperados visitantes que se toman su desayuno y lo obligan a permanecer en camisón, K sólo acierta a reaccionar tratando de comprender sus razones. Ya nunca dejará de conducirse como el culpable de un proceso en el que ni siquiera sabe de qué se le acusa.
Al poco, tras ese primer encuentro con los alguaciles del Tribunal, una voz también ignota telefonea al convicto; lo convoca a un nuevo diálogo pautado, éste en una casa de la periferia. K se da cuenta de que esa voz olvida mencionar la hora de la citación, pero echa a correr desaforadamente hacia el lugar marcado para el encuentro. Corre y corre, obsesionado con no llegar tarde a su presentación ante el Tribunal. Persuadido de que sus miembros son hombres de paz, se apresta a defenderse ahorrándoles esfuerzos. Para entonces, indagar en su propia culpa ya se había convertido en el único empeño de la existencia de K. "Tenía que recordar toda su vida, hasta los actos y hechos más mínimos, para exponerla y examinarla bajo todos los aspectos".
Así, K se desvive por ayudar a la acusación, aplicando todos sus esfuerzos a demostrar su pecado. Hasta que, al fin, el juez se digna a dirigirle la palabra: "Así que es usted un pintor de brocha gorda". "No, soy el apoderado de un gran banco", le replica K, que, eufórico por los aplausos del público, parece crecerse ante la sala. Euforia que se transmutará en resignada amargura al descubrir que todo aquel auditorio entusiasta en realidad estaba formado única y exclusivamente "por funcionarios del Tribunal, reunidos allí para escuchar y espiar".
Y comienza el último capítulo. Dos individuos impecablemente trajeados vuelven a visitarlo. Su misión es aplicar la sentencia. Tras dudar durante un instante, K opta por no resistirse y sigue cooperando con el Tribunal. "¿Debo mostrar ahora que no he aprendido nada durante un año de proceso? ¿Debo irme como un imbécil que no ha entendido nada?". Por fin, arriba el gran momento, la hora de la ejecución sumaria que pondrá fin al proceso. Llegado ese instante, "su deber hubiera sido el de empuñar él mismo el cuchillo y hundírselo en el cuerpo", nos confía Kafka. Pero ni entonces José K será capaz de reunir el suficiente valor para desafiar una orden del Tribunal. La última.

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