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Exiliémonos

¿A qué extrañarse de que don Ángel Gabilondo de Santillana y Prisa, Conde de los Okupas, el mismo genio precoz que terminó la carrerita de Filosofía y Letras a la muy respetable edad de 31 años, esté llamado a poner coto al fracaso escolar hispano?

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Qué envidiable lugar, Suiza, un país donde nadie recuerda el nombre del primer ministro. Qué irrefrenable tentación, el exilio. Qué vigente, hoy, el manido Espriu: "¡Oh, qué cansado estoy / de mi cobarde, vieja, tan salvaje tierra / y cómo me gustaría alejarme / hacia el norte / en donde dicen que la gente es limpia / y noble, culta, rica, libre / despierta y feliz!".

La mayor caja de caudales del Reino de España en manos del ignaro Blanco. Nada nuevo bajo el sol: también Calígula nombró senador a su caballo. Creían ingenuos los historiadores que la estampa circense de Joan Pich i Pon, celebérrimo alcalde barcelonés durante el ocaso de la Restauración, jamás habría de ser superada. "La batalla de Waterpolo", "el conflicto nipojaponés", la vida serena tomada "en pequeñas diócesis", fueron expresiones que lo harían justamente célebre en su tiempo.

"Llegará un día en que los entierros se harán sin cura y sin difunto...", auguró en memorable alocución Pich i Pon, a la sazón anticlerical de la rama utópica. Sin embargo, más pronto que tarde, Blanco habrá de eclipsar tanta fúnebre gloria. Nadie lo dude. ¿A qué extrañarse, por lo demás, de que don Ángel Gabilondo de Santillana y Prisa, Conde de los Okupas, el mismo genio precoz que terminó la carrerita de Filosofía y Letras a la muy respetable edad de 31 años, esté llamado a poner coto al fracaso escolar hispano? ¿O acaso Fernando VII no nombró ministro a un tal Perico Chamorro, aguador de la Fuente del Berro y diligente perito en suministrar mozas expertas en trabajos de cama al Borbón?

En cuanto a la vicepresidenta-trampa, esa señora de Orense con aire de quebradiza secretaria de dirección, sépase que está llamada a recuperar otro clásico de la Restauración: el director pantalla, aquel sufrido figurante expuesto a cargar con duelos, querellas y hasta el presidio mientras el auténtico rector de la empresa permanecía impune en la sombra (tal que así llegaría, jovencísimo y famélico, Alejandro Lerroux a "dirigir" El País). Qué inconfesables trapacerías legislativas no tendrá previstas ya Miguel Sebastián, real, único y verdadero ministro de Economía tras los biombos, para haber rescatado ardid tan añejo.

Lo otro, lo de Chaves, al menos, habrá servido para resolver uno de los grandes enigmas de la Humanidad, a saber, qué demonios era eso de la deuda histórica. Y es que los españoles, todos, le debíamos a Manolo una sinecura, el justo pago por haber consolidado a Andalucía durante veinte años en la cola de todos los indicadores de desarrollo. En fin, con González Sinde en Cultura, la nevada simbiosis entre el PSOE y la farándula se revela aún mucho más firme que el famoso "complejo militar-industrial" que denunció Eisenhower. Al contrario, por cierto, que los rotos sueños internacionales de la desdichada Trini, que habrán de quedar en sórdidos, lúgubres, administrativos abortos domésticos.

Lo dicho: quién fuera suizo.

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