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La hora del mambo

No es ningún secreto que los adalides del prusés quieren convertir la plaza de Cataluña en la plaza de Tiananmen.

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Ay, Dios, ¿será verdad que Soraya Sáenz de Santamaría aún pensaba el miércoles por la mañana que solo se atreverían a firmar la convocatoria del referéndum unos pocos consejeros catalanes? Varios periodistas se lo oyeron decir en los pasillos de Moncloa poco antes de la comparecencia en la que dio por muerta la democracia en Cataluña. ¡Como si la democracia no llevara allí varios años de cuerpo presente! La incapacidad manifiesta del Gobierno para prever los movimientos del adversario ha permitido que los independentistas lleven los términos del desafío al terreno que más les conviene. ¿Cuántas veces hemos oído o leído, desde las atalayas del poder o en los pesebres monclovitas, que los sediciosos no se atreverían a consumar el golpe? ¿O que Junqueras no se arriesgaría a que le inhabilitaran estando, como está, a las puertas de ganar unas elecciones autonómicas? Y, sin embargo, ahí están todos, Forcadell, Puigdemont, Junqueras, y todos los demás, en la otra orilla del Rubicón, dispuestos a lo que haga falta.

En su ánimo solo cabían dos posibilidades: o la de consumar la votación burlando todas las cautelas dispuestas por el Estado o, en último término, la de defender las urnas tumultuariamente, el día de autos, frente a la acción policial ordenada por el Gobierno. En ese caso los protagonistas ya no serían los políticos, sino los ciudadanos que estuvieran dispuestos a hacer frente a la intimidación de la fuerza pública. No es ningún secreto que los adalides del prusés quieren convertir la plaza de Cataluña, y por extensión todas las plazas catalanas, en la plaza de Tiananmen. Allí, la valentía de un estudiante impidió el avance de un tanque. Aquí, el arrojo de la multitud tratará de impedir que los agentes del orden retiren las urnas.

No sería, desde luego, una foto de digestión sencilla ni para Rajoy ni para la imagen de España, por mucho que el Gobierno ya haya comenzado a difundir la idea, por tierra, mar y aire, de que no hay que tener complejos democráticos a la hora de hacer frente a esa eventualidad. El propósito de hacer de la necesidad virtud es manifiesto. Y tal vez no fuera censurable si, en efecto, se diera la circunstancia de la necesidad. Pero no se da. No era necesario en absoluto dejar que las cosas llegaran hasta donde han llegado. Llevamos tanto tiempo apelando a la mesura, a la sangre fría y a la proporcionalidad de la respuesta -sinónimos eufemísticos de canguelo, falta de arrojo y disparidad de criterios- que los golpistas han seguido avanzando en su propósito sin que se lo impida ningún obstáculo eficaz. Nadie podrá negarles convicción, bemoles y espíritu de equipo. Es decir, justo lo que no tienen las huestes que deberían detenerles.

El Gobierno tiene gran parte de culpa, sí. Pero no toda. Quienes deberían echarle una mano para que hubiera un verdadero frente común de defensa de la Constitución han puesto por delante sus intereses particulares y no ven con malos ojos que Rajoy salga trasquilado del envite, aunque ello suponga dejar la dignidad del Estado a los pies de los caballos. A estas alturas nadie ignora que el PSOE no quiere aparecer en la misma foto que Ciudadanos y el PP haciendo de la defensa de la ley una causa compartida. También sabemos que se ha opuesto desde el principio a la aplicación del artículo 155. La palabra proporcionalidad no se les ha caído de la boca. Nunca han sido partidarios de medidas coercitivas que llevaran aparejadas penas privativas de libertad.

¿Sedición? ¡Ni hablar! Ni siquiera malversación. El hecho de que el fiscal general haya incluido ese delito en la querella contra los convocantes del referéndum ha sido toda una sorpresa. Sánchez no quería llegar tan lejos. Una de dos: o Rajoy se ha saltado la prohibición socialista a la torera o en Ferraz han mudado de criterio a la luz de los últimos desvaríos. Su idea ha sido siempre, y no creo que haya cambiado, la de no secundar una respuesta que suponga la voladura de los puentes con los dos partidos independentistas -ERC y PDeCat- que deben ayudarle, cuando escampe la tormenta, a mandar al PP a la bancada de la oposición parlamentaria. Por eso prefieren que sea el TC quien asuma la iniciativa de ordenar las medidas concretas que impidan el referéndum. No es lo mismo para ellos respaldar las decisiones de los sumos sacerdotes que custodian el Sancta Sanctorum del orden constitucional que convertirse en cómplices de una política demasiado expeditiva dictada por el Gobierno.

La negativa de los magistrados del TC hacer el trabajo sucio complica mucho las cosas. Se las complica a Rajoy porque le traslada a él la patata caliente de tener que mancharse las manos y se las complica a Sánchez porque le rompe el discurso que tenía programado. Así que pongámonos en lo peor. Dada la conocida proclividad del presidente del Gobierno a mancharse lo justo, y la del jefe de la Oposición a no poner en riesgo su futuro presidencial, lo probable es que lleguemos al 1-O con la munición justa para hacer fracasar el golpe.

Entretanto, el asalto a la calle de los abanderados de la estelada sigue su curso. Ya lo ha dicho la CUP con toda claridad: ha llegado la hora del mambo. La lucha se traslada de los despachos oficiales a la vía pública. Ya no se trata de frenar a los políticos. Esa batalla se ha perdido. Ahora se trata de reprimir la movilización ciudadana que desde este lunes se va a apoderar de los callejones y las avenidas de Barcelona. ¿Que dónde se colocarán las urnas?, preguntan los incautos. La respuesta es obvia: detrás del escudo humano que se está configurando bajo la lona de la Diada. La torpeza del Estado ha sido tan grande que el cuerpo a cuerpo entre los tanques y los héroes se ha vuelto inevitable.

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