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Comparación odiosa

Dicen que las comparaciones son odiosas, pero en la generalización refranera se pierde calidad de argumento porque algunas comparaciones son necesarias. Por ejemplo, en una carrera es preciso comparar la propia posición con la de los demás para saber en qué lugar estamos. Los que conocen bien el secreto de las comparaciones, saben que si un pueblo carece de capacidad de comparación, será un pueblo sumiso y resignado. La razón es bien simple: sin comparación, uno advierte que camina pero no sabe si lo hace en la dirección que le acerca al desarrollo y al progreso. Los manipuladores de la conciencia, cuando se afanan en torturar las estadísticas, una de las cosas que hacen es limpiar de comparaciones los datos. Por ejemplo: España tiene esto de renta, esto de PIB, esto de deuda, esto de déficit, esto de educación, etc. Pero se elimina toda referencia a los demás países. Por tanto, ¿en qué lugar del camino está España? No se puede saber. En Andalucía, hay expertos en estas cosas y las han perpetrado. Un día dedicaré algunas líneas a examinar ese malvado comportamiento.

Pero hoy toca comprender que otro tipo de comparaciones también es absolutamente necesario. La comparación entre los comportamientos de los hombres y las mujeres. Y lo es porque unas conductas consideramos que son aceptables y otras no son, que unas acciones son buenas y otras no, que unas trayectorias personales son admirables y otras no. En política, tal ejercicio de comparación es uno de los ingredientes de la toma de decisiones que conduce al voto personal en los procesos electorales.

Esta semana los ciudadanos han tenido la oportunidad de comparar. En la televisión se ha ofrecido una miniserie dedicada al ex presidente del Gobierno Adolfo Suárez. En los cines, se proyecta Invictus, una propuesta de Clint Estwood sobre la figura Nelson Mandela. Ambos personajes nos sumen en la perplejidad, es más, en la increencia profunda si los comparamos con quien en estos momentos rige o, mejor, extravía el destino y quebranta la salud de los ciudadanos españoles y de la nación toda. No sólo es una cuestión de estatura política y moral. Es una cuestión, además,  de urgencia.

Adolfo Suárez, con sus más y sus menos, con sus pros y sus contras, con sus errores y aciertos, tenía una idea de España, de los españoles y del futuro. Logró gestionar una transición que, con todas sus deficiencias, ha sido lo mejor que hemos sido capaces de hacer en los dos últimos siglos, saturados de violencia, división y estrechez de miras. Su intención de dar cabida a la pluralidad regional y política en un único proyecto histórico nacional y democrático hubiera sido monumental y digno de las crónicas futuras de no haber sido por la traición del nacionalismo y la veleidad superficial de una derecha y un socialismo dispuestos a lo que fuese con tal de lograr el Gobierno. Pero Suárez reconcilió más que condenó, unió más que desunió, liberó más que maniató y avanzó más que retrocedió.

El Mandela de Invictus es un retrato sencillo, con un campeonato de rugby en el fondo, de un hombre con un gran fervor por la pasión nacional de una Sudáfrica emergente, conocedor de la dificultad de un proceso de convivencia entre blancos ricos y negros pobres, que decide apostara por la unidad nacional democrática antes que por nuevos "apartheids". Hace cálculos, pero no sólo cálculos políticos. Como dice en algún momento, "cálculos humanos". Por ello, no teme desautorizar decisiones legítimas pero erróneas históricamente de su partido ni aparecer como favorecedor de blancos en determinados momentos. El Mandela de Eastwood y Freeman es un hombre de Estado, un político, un gobernante de todos y para todos que no dejaba lugar al odio ni a la venganza en un momento en que millones de negros habrían cogido el machete si de su boca hubiera salido una sola palabra cargada de rencor.

Y, ahora, comparen... ¿Qué con quién?

 
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