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Corrupción o comunismo

Tal y como ha demostrado Macron en Francia, hay alternativa liberal a los conservadores fosilizados y a los comunistas populistas.

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Dani Gago

La puesta en escena de la moción de censura estaba destinada a hacer ver a los españoles que tienen que elegir necesariamente entre un corrupto y un comunista. Empujados ante un dilema diabólico, la gente preferirá al corrupto, claro. Ya puestos, mejor que te roben a que te maten. El corrupto quiere tu cartera; el comunista, tu alma (y tu cartera). Bárcenas, Francisco Granados, Rato, Pedro Antonio Sánchez, Ignacio González... así como multitud de cargos del PP en ayuntamientos están bajo sospecha de corrupción. Y fueron los grandes protagonistas invisibles del debate. El PP se ha convertido en una mafia política (con el PSOE en plan Camorra). Y el Padrino está claro quién es, por activa o por omisión. Podemos, por su parte, es lo más parecido a la KGB en versión postmoderna y con acento venezolano. Chávez, Maduro, Evo Morales, Kirchner... fueron los otros invitados a la moción de censura patrocinada paradójicamente por los partidarios de la censura y el escrache como métodos políticos usuales. Si hay que elegir entre Vito Corleone y Vladimir Ilich Lenin, el pueblo tendrá en cuenta que ninguno de los dos tiene ni idea de lo que es el imperativo categórico kantiano, pero al menos el primero sabe gestionar una empresa. Ahora bien, ¿debemos conformarnos con este dilema, reconvertido en un cuadrado criminal que encierra un círculo vicioso, de corrupción o comunismo?

Mientras escribo estas líneas se cumplen 40 años de las primeras elecciones democráticas, cuando no se sabía muy bien si España acabaría en otra dictadura de derechas o en una república prosoviética. Ganó UCD y de aquellos votos, esta monarquía constitucional tan brillante a pesar de todo. Fraga y Carrillo, los dos autoritarios, fueron sobrepasados por Suárez y González, que venían de tradiciones fascistas y marxistas pero supieron reciclarse y reciclar a sus seguidores dentro del paradigma democrático. Hoy en día, tal y como ha demostrado Macron en Francia, hay alternativa liberal a los conservadores fosilizados y a los comunistas populistas. La propuesta de Ciudadanos y de Albert Rivera, con un pie puesto en el liberalismo y otro en la socialdemocracia, a favor de un Estado limitado, eficiente y compasivo, es una apuesta de futuro que recoge lo mejor tanto de la UCD de Suárez como del PSOE de González y que, como la ola Macron, es la única forma de limpiar los sucios establos de Augías en los que han convertido nuestra democracia la dupla Rajoy-Iglesias, tan lejanos en las formas parlamentarias pero tan cercanos en el fondo de la obsolescencia política. Ya solo queda cortar el nudo gordiano de una democracia que empezó hace cuarenta años con ganas de concordia por la mayor parte de sus actores, salvo por los sectarios nacionalistas y los extremistas marxistas. En algo hemos mejorado: ya no tenemos que temer que la Tigresa nos pegue un tiro, solo que Guardiola nos largue un discurso a favor de Catar.

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