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Las damas bobas

Isabel Pantoja, Ana Mato y la infanta Cristina tienen todas ellas algo en común.

Rosa Belmonte
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La condenen o no, Isabel Pantoja puede tener la satisfacción de ser una mujer inteligente. Y de que públicamente se le reconozca su cerebro (claro, que también a Maite Zaldívar). Muerta Rita Levi-Montalcini, nos queda la Pantoja. Con razón luego canta eso de “hoy quiero confesar que estoy algo cansada de llevar esta estrella que pesa tanto”. Porque está aceptado que ella se enteraba de todo. No como Ana Mato o la infanta Cristina, cuyos maridos partían el bacalao y lanzaban el confeti.

A estas, por lo que vemos en la prensa, les falta poner la cara de Tony Leblanc en Los tramposos. Y calzarse una boina. De vez en cuando se publica algún estudio que concluye que los hombres las prefieren tontas. Y otros que dicen que cuanto más inteligentes son las mujeres, menos probabilidades tienen de casarse. Estudios basura. Pero también verdades de Perogrullo. Los caballeros las prefieren brutas es un libro colombiano, del que luego se hizo una telenovela, cuyo subtítulo es Someta, manipule y tenga feliz a su hombre. La autora habla de “machismo por conveniencia”. Los que defienden a Mato y a la infanta Cristina de los tejemanejes de sus maridos practican el machismo por conveniencia. Pobrecillas, no sabían lo que (ellos) hacían. Es verdad que cualquiera ha visto el caso de un largo matrimonio en el que, cuando uno muere, al otro le desaparece la mitad de la vida (además del cónyuge). Pero se trata de matrimonios mayores y de otra época. Ella no sabe ni dónde están las cuentas ni qué seguros tienen (salvo el Ocaso) y él no tiene ni idea de que el papel higiénico hay que comprarlo. ¿Pero Ana Mato y la infanta Cristina? Bueno, quizá la infanta Cristina sí porque es una de esas personas a las que se lo han hecho todo siempre. Y, bueno, Mato habrá dirigido campañas electorales y será ministra (esto tampoco es significativo) pero tiene una frase legendaria sobre su momento preferido del día que hace dudar. Citando a Montano, la recordaba Manuel Jabois en uno de sus estupendos artículos: “Por la mañana, cuando veo cómo visten a mis niños”. Si le visten (le vestían) a los niños también pueden hacerle todo lo demás. Incluida la puñeta. Partimos de la idea asumida de que una mujer es una persona capaz de mirar dentro de un cajón y encontrar unos calcetines de hombre que antes no estaban allí. Y da toda la impresión de que ni Mato ni la Infanta son capaces de encontrar calcetines que no hayan podido encontrar antes sus maridos.

Para Voltaire, una mujer amablemente estúpida era una bendición del cielo. Pero él bien que se arrimaba a Émile du Châtelet, matemática, física, traductora de Newton y uno de los cerebros de la época, como tan deliciosamente relata Nancy Mitford en Voltaire enamorado. En todo caso, lo normal es que las mujeres no sean Émile du Châtelet (ni los hombres, Bertrand Russell). No es Émile ni siquiera Mila Ximénez, superdotada según el test de inteligencia que hacen en Sálvame. Ahora para las imputaciones va a haber que someter a las sospechosas, habituales o no, a test de inteligencia. A ellos no, claro. A ellos se les supone. Llevan esa estrella que pesa tanto. Como la Pantoja.

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