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'Blancanieves', Marifé y el desperdicio español

Hay que admitir que, por mucho que nos metamos con lo hecho cada año, en España el cine es mucho más valiente que la televisión.

Rosa Belmonte
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Si algo demuestra la muy singular Blancanieves es que con los tópicos españoles se puede hacer algo sorprendente. Y chulo, verdaderamente chulo. Vamos, que le dan a una ganas de, ahora sí, cantar lo de “Yo soy español, español, español” al ver a los enanos toreros, a la cantante de copla, el posado en Lecturas, las gallinas por la casa o el vestido de comunión teñido de negro. Dan ganas de aplaudir a Eugenio D’Ors, que decía que lo que no es tradición es plagio. Berger ha conseguido ser original partiendo de la tradición. El origen de la película está en una foto de Cristina García Rodero. Una de la España oculta, ese libro casi inencontrable que la fotógrafa tardó 15 años en hacer. Pero Pablo Berger Uranga (sí, es primo hermano de los Mocedades y Consorcios) ha conseguido no solo que nos sorprendamos por una España en blanco y negro sino que nos emocionemos con ella. Como él se emocionó viendo Avaricia de Von Stroheim en San Sebastián.

Con la muerte de la gran Marifé de Triana, pensaba el otro día en lo muy desperdiciado que está nuestro patrimonio cultural más cañí. No puede ser que nuestra industria audiovisual se limite a hacer Hoy quiero confesar o Mi gitana. Que sí, que esta como comedia involuntaria es enorme, pero no puede ser que eso sea todo. Que semejante basura sea todo. Repasando programas de Cantares, con Marifé, con Juanita Reina, con Pantoja, con Rocío, con Estrellita, con Lola Flores, con María Jiménez, con Antonio Molina, con Dolores Vargas, con la entrevista a Concha Piquer (antes de que Belén Esteban pusiera los ojos en blanco, ya lo hacía ella). Con todo ese material, digo, con esas estrellas, con el Corral de la Pacheca y con Lauren Postigo, me imagino una sitcom semanal a lo 30 Rock. Un poco el cómo se hace el programa. A Tina Fey le estallaría la cabeza, pero yo veo una joya de ficción. Que no vería nadie, claro. Y duraría dos emisiones.

Y también me imagino una película con una de las veladas de La Granja, con las folclóricas cantándole a Franco. Supongo que podría hacerlo algún equivalente a Álex de la Iglesia. Sin el gore, aunque Fofito puede salir. Pero no, el cine español se empeña en hacer películas de gente fea (este año era Grupo 7, magnífica por otro lado; antes fue No habrá paz para los malvados). Claro que eso también es España. Pero como lo es Blancanieves. Una está acostumbrada, en el cine y la televisión estadounidense, a estrellas del country. Desde La hija del minero a Dulces sueños hasta llegar a Nashville, la entretenida serie de televisión sobre una vieja gloria del género (Connie Britton) y una pájara con tintes 'evaharringtonianos' (Hayden Panettiere). Cómo no va a ser posible hacer algo así en España. Sobre todo en el cine, donde parece que al final uno consigue que le produzcan cualquier cosa. Yendo a la realidad, ¿las vidas de Concha Piquer o Imperio Argentina no dan para un peliculón? Sí, está La niña de tus ojos pero no deja de ser una aproximación. Y una excepción. Y hay que admitir que, por mucho que nos metamos con lo hecho cada año, en España el cine es mucho más valiente que la televisión. Lo demuestra Blancanieves. En la televisión patria una no se imagina ni Carnivale. Luego va el cine español y premia cosas como La soledad, la de Jaime Rosales, casado con una March. Una cosa casi de arte, ensayo y pantalla partida. Por eso Blancanieves es tan singular, porque pese a la apariencia de obra de arte, es un cuento apto para todos los públicos. Cosa que no es el cine español.

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