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La boda de Carolina de Mónaco, la princesa rebelde y Philippe Junot, el "emperador de la noche"

Tras el fallecimiento del playboy francés, recordamos el fugaz enlace que desafió a los Grimaldi y terminó en un sonado escándalo de infidelidad.

El fallecimiento de Philippe Junot, ha reavivado el interés por uno de los capítulos más mediáticos de la familia Grimaldi: su boda con Carolina de Mónaco, el enlace más sonado y polémico de la realeza a finales de los años 70

Ella era la princesa más chic y guapa del mundo, él un maduro playboy francés diecisiete años mayor. Su boda fue el gran acontecimiento del año, sin embargo, como muchos habían predicho —incluidos sus padres, los príncipes Rainiero y Grace—, el matrimonio no duró mucho y terminó en separación tras apenas dos años.

Cuentan que Carolina de Mónaco creció como una niña mimada, testaruda y de armas tomar. Se trasladó a París para estudiar filosofía en La Sorbona, pero a la princesa le gustaba más disfrutar de las fiestas de la noche parisina que de los estudios y los libros. En París conoció a Philippe Junot, con fama de playboy, mujeriego y 'bon vivant'. Era atractivo, divertido, con cierto aire canalla y conocido como el "emperador de la noche". Junot simbolizaba lo que a Carolina le faltaba: la libertad que no tenía en el palacio.

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Carolina y Junot el día de su compromiso

En apenas unos meses de relación, él le pidió matrimonio, y su boda se celebró, en 1978, cuando ella tenía 21 años y él 38. Philippe Junot no era el candidato que los padres, los príncipes Rainiero y Grace, hubieran elegido para su hija, que preferían a Carlos de Inglaterra o Ernesto de Hannover, pero en ese momento, no cuajó.

La propia Carolina comentó: "Naturalmente, hubo discusiones con mi padre, pero ¿qué hija no las ha tenido con el suyo? Finalmente, los sentimientos que me unen a Philippe lo convencieron", reflexionó.

Aunque muchos auguraban que la historia no duraría, los Grimaldi llevaron a cabo el enlace con toda la pompa de una unión destinada a ser para siempre. Se celebraron dos enlaces, el primero por lo civil, el 28 de junio de 1978 en la sala del trono del palacio de Mónaco, y la boda religiosa, el 29 de junio. Aunque en un principio estaba previsto que se celebrara en la capilla palatina, la boda se celebró al aire libre, en una explanada próxima al palacio.

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Philippe Junot y Carolina en su boda civil

Entre los miembros de la realeza estuvieron los condes de Barcelona o los duques de Cádiz, los condes de París, Humberto II de Italia, el Aga Khan o los grandes duques de Luxemburgo, entre otros. Tampoco faltaron numerosas estrellas de Hollywood como David Niven, Frank Sinatra, Ava Gardner o Cary Grant.

Concluido el oficio religioso, los príncipes de Mónaco ofrecieron un almuerzo en los jardines de palacio y salieron a saludar a los curiosos que se congregaron en las calles y se dirigieron a la iglesia de la Misericordia, donde Carolina depositó su ramo de novia a los pies de la Virgen. Fue el momento donde se pudo ver el vestido de novia Carolina, de aire bohemio, con bordados florales en la falda con volumen diseñado por Marc Bohan para Dior. Carolina recogió su melena en un moño bajo cubierto por un velo corto de tul, sujeto con un tocado de flores de tela y pequeños cristales, que algunos compararon con el mítico peinado de la princesa Leia de ‘La guerra de las galaxias’, un peinado que un año antes, con motivo del estreno de la película, había causado furor.

Rainiero, padre y padrino de Carolina, no ocultaba su decepción. Es célebre el comentario que le haría a la princesa Tessa de Baviera, prima de don Juan Carlos, cuando le dio la enhorabuena por el enlace. "No me felicites, mejor dame el pésame".

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En los primeros meses, como marido y mujer, el matrimonio disfrutó de una vida de ensueño repleta de fiestas, viajes, bailes y despreocupaciones en la que los viajes eran constantes y su presencia en fiestas se convirtió en habitual. Todo parecía de color de rosa, pero no fue así...

Tan solo nueve meses después de la boda, unas fotos de Philippe Junot en Nueva York acompañado de una misteriosa joven, mientras la princesa esquiaba en Gstaad junto a sus padres, hicieron saltar las alarmas.

Finalmente, el 12 de agosto de 1980, la secretaría de prensa del príncipe Rainiero anunciaba en un comunicado el fin del matrimonio. Philippe Junot se encontraba en ese momento en Turquía, acompañado por la que él presentaba como su secretaria, aunque en realidad era otra de sus conquistas. Se trataba de Giannina Facio, quien se haría muy popular en España por sus romances con Julio Iglesias y Miguel Bosé, y que hoy está casada con el director de cine Ridley Scott.

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La decisión de la separación se había fraguado tres días antes, cuando Junot no acompañó a su esposa a la gala de la Cruz Roja, y Rainiero vio en ese desplante la última afrenta a su hija y se tomó la decisión de poner de manera oficial y definitiva fin al matrimonio.

"Todo ha terminado entre ella y yo. Cada uno es libre de actuar como le plazca", declaró entonces Junot, a quien le pareció que todo era una humillación para él. En varias entrevistas culpó a Rainiero y Grace de la ruptura. El propio Philippe Junot, quien muchos años después afirmó: "Yo no era un hombre adecuado para Carolina. Pertenecemos a dos mundos distintos". Aunque quizás quien mejor pudo titular el final de ese matrimonio fue el periódico Le Quotidien que tituló así: "Caprice, c’est fini" (el capricho se acabó).

El divorcio civil fue sencillo, aunque no la anulación eclesiástica. Carolina quería anular el matrimonio por la Iglesia para poder casarse de nuevo, pero Junot se resistió durante años. Finalmente llegó en 1992 cuando Carolina ya era viuda de Stefano Casiraghi, padre de sus tres hijos mayores.

El tribunal eclesiástico consideró que Carolina era una "inmadura" en el momento de contraer matrimonio. También se especificaba que el matrimonio resultaba nulo por la incapacidad del esposo en hacerse cargo, "por causas de naturaleza psíquica, de las obligaciones conyugales esenciales".

Cuando llegó la sentencia Junot aseguró: "Si esta medida sirve para restituir la felicidad de Carolina y sus hijos, está claro que desaparecen todas mis razones para oponerme". Y la verdad es que se trataba de una cuestión importante porque con la nulidad, los hijos de Carolina fueron considerados hijos legítimos a ojos de la Iglesia católica y también dejaban de estar excluidos en la línea de sucesión al trono del Principado, algo importante hasta que el príncipe Alberto se casase y tuviera sus propios descendientes, dentro del matrimonio.

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