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Devolvedme la 'Marcha nupcial'

Supongo que la 'Marcha nupcial' no se incluyó en el programa por considerarla una antigualla en estos tiempos de modernidad tatuada. Maldita modernidad.

Supongo que la 'Marcha nupcial' no se incluyó en el programa por considerarla una antigualla en estos tiempos de modernidad tatuada. Maldita modernidad.
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Aquí vengo, como Catón el Viejo, a censurar la corrupción de las costumbres y el escaso celo a la hora de cumplir las tradiciones. Viene esto a cuento porque en los últimos años asistí a varias bodas y tuve en todas una sensación de extrañamiento que no me sabía explicar hasta que logré dar con el motivo, y es que en ninguna de ellas había sonado la Marcha nupcial, lo cual me parece intolerable.

Que en una boda no suene la Marcha nupcial es como que en un cumpleaños nadie cante Cumpleaños feliz. Que nadie se salte en mi día el Cumpleaños feliz. Si queréis, después añadís Porque es un muchacho excelente, pero el Cumpleaños feliz me lo cantáis sí o sí.

Pude certificar la proscripción definitiva de la Marcha nupcial la semana pasada en la boda de mi prima, en la que los contrayentes se esforzaron al máximo para que el espectáculo nunca decayera y en la que hubo de todo.

Hubo una pedida de mano, hace dos Nocheviejas, en Finlandia bajo la aurora boreal. Hubo cinco despedidas de soltera, una serenata una semana antes del enlace con ciento veinte invitados y una prima que hizo una ofrenda de una docena de huevos al convento de las clarisas capuchinas para que no lloviera el día de la boda.

Hubo, llegado el gran día, un cortejo de casa de la novia a la iglesia del pueblo, con la futura esposa arrastrando una cola de cinco metros y con la policía local custodiando el corte de la carretera que habíamos de cruzar.

Hubo un despliegue ornamental de flores que conllevará un apercibimiento del Ministerio de Transición Ecológica. Hubo varios discursos que me hicieron llorar a lágrima viva y unos cantaores calés que entonaron a mitad de la ceremonia una Salve rociera, que siempre es un bálsamo para el corazón. Me aluciflipa la Salve rociera.

Hubo dos horas de cóctel y después una comida con un sinfín de platos y un triple postre: torrija de pan brioche con helado de turrón, tarta nupcial y tarta de chocolate —porque ese día era también el cumpleaños de la novia—.

Hubo regalos de todo tipo a los invitados. Algunos fuimos obsequiados con miel, aceite y fotos enmarcadas, aunque la palma se la llevaron las amigas de la carrera de mi prima, que recibieron chaquetas vaqueras personalizadas.

Hubo brazaletes de capitanes de mesa, a los que se les encargó que hicieran circular el vino y que animasen el cotarro.

Hubo animadoras para ocuparse de los niños, pintarles la cara y jugar con ellos en un campo de fútbol hinchable.

Hubo una banda de siete músicos, a los que se fueron sumando bailarines variopintos salidos de no se sabe dónde: unos con zancos y otros con máscaras enormes de animales —una tortuga, un mono, una perra y un ratón—. Hubo una Catwoman y varios conejos vestidos con trajes de espejos que instalaron una barra para el juego del limbo, y no faltó un capazo con chanclas para que las mujeres bailasen a gusto en esa fiesta loca, y tiro porque me toca.

Hubo barra libre, photocall y mesa de golosinas, y hubo también una rubia cañón para darle el sello de calidad a la boda, porque una boda sin rubia cañón es un vestirse para nada, un día más en la oficina.

—¿Quién es esa rubia? —le pregunté a mi tía.

—Es Marta, de Santa Pola.

Y, al adivinar la intención de mi pregunta, añadió:

—Su novio es Danilo.

—¿Y ese nombre?

—Es argentino.

Qué mal me cayó, sin conocerlo de nada, el tal Danilo, con su nombre ridículo, su rubia pibón y su mundial perdido con deshonor. En cambio, ahí estaba yo con mi mundial reluciente, que ya ves tú para qué lo quiero. ¿De qué te sirve el gol de Ferrán Torres si al final te quedas compuesto y sin rubia?

Además de la rubia —¡rubiaza!— de Santa Pola, hubo un puesto gratis de tatuajes, en el que no tardó en formarse una cola tremenda. Como era el único que no había bebido alcohol, ejercí de voz de la conciencia y traté de disuadir a los de la cola. "¡No lo hagáis! ¡Os vais a arrepentir!", les grité. Pero nadie me hizo caso y allá fueron todos de cabeza a tatuarse.

Antes, en las bodas te daban un recuerdo para colocarlo en la repisa de la chimenea. Ahora te llevas el recuerdo tatuado. Pensemos en esa gente que sale una mañana de su casa para ir a una boda y al día siguiente amanece con un resacón del quince, dos kilos de más y un tatuaje en la calva. Pensemos que esta misma gente, que toma decisiones tan a lo loco, tiene derecho a voto e intentemos contener el escalofrío que esta idea nos provoca.

Hubo, al caer la noche, resopón de pizzas y hamburguesas, y hubo horas más tarde chocolate con churros. Hubo incluso un espectáculo de luces con diez mil drones —no, esto me lo acabo de inventar—.

No faltó de nada en esta boda, salvo una cosa: la Marcha nupcial. Supongo que no se incluyó en el programa por considerarla una antigualla en estos tiempos de modernidad tatuada. Maldita modernidad. ¡Y maldito Danilo!

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