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7 de julio: el golpe del Rey

Este episodio recuerda a otro que es el argumento de una famosa película: un príncipe que traiciona a su protector y engaña a un general amigo suyo.

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El pronunciamiento del teniente coronel Rafael del Riego en enero de 1820 y la aceptación por el rey Fernando VII de la Constitución de Cádiz, que juró dos veces (en marzo y julio de ese año), abrieron el Trienio Liberal.

Los primeros años de régimen constitucional en España fueron muy inestables. A los choques entre el Rey, que nombraba a los ministros y estaba facultado para vetar las leyes que aprobaban las Cortes, y éstas se unieron otros factores, como la división de los liberales entre moderados, que veían las imperfecciones de la Constitución y querían modificarla, y los exaltados; el afán de reformas de los liberales, en ocasiones fuera de la realidad, que les conducía a enfrentarse con la Iglesia y las clases populares; la organización de las sociedades secretas, como la masonería y los comuneros, la rebelión de las provincias americanas y la caída de recaudación de la Hacienda.

La erosión de los principios de autoridad y obediencia, que comenzó en 1808 con el golpe palaciego del príncipe Fernando contra su padre Carlos IV, más una serie de malas cosechas fomentaron el surgimiento de partidas realistas en diversos puntos del país.

Como en la Revolución Francesa, los burgueses montaron su fuerza armada, la Milicia Nacional; enfrente tenían a la Guardia Real, mayoritariamente adicta a Fernando VII; y en medio estaba el Ejército regular, cuya fidelidad a unos o a otros dependía de los oficiales o las logias operantes en cada unidad.

El historiador Miguel Artola señala que a finales de 1820, después de unos meses de convivencia pacífica entre el Rey y las Cortes, Fernando empezó a cartearse en secreto con los monarcas europeos, sobre todo con el ruso Alejandro I y el francés Luis XVIII, para pedirles ayuda.

En Madrid, cuando Fernando VII salía de Palacio los curiosos le vitoreaban con gritos de "Viva el rey" o "Viva el rey constitucional", según fuese el pensamiento de cada grupo. En ocasiones, esos grupos acababan a bofetadas entre ellos. El ruido de los tumultos más intensos se escuchaba en las habitaciones de los Reyes.

La situación continuó degradándose en los años siguientes. Comuneros, masones, moderados, exaltados, realistas, milicianos, guerrilleros combatían entre ellos y abusaban de los demás españoles mediante saqueos o impuestos. Además, la crisis económica agravó la pobreza de las clases bajas. Los obreros se oponían a la introducción de maquinaria y en febrero de 1821 se produjo en Alcoy la primera rebelión ludita en España, en la que se destruyeron telares mecánicos.

Asesinado delante de la Familia Real

En la primavera de 1822 el movimiento realista se extendió por toda España. Las Cortes exigían al Gobierno –a cuyos ministros nombraba el Rey– que lo reprimiese. Se dieron instrucciones y presupuestos a los ayuntamientos y diputaciones para que repartiesen alimentos e hiciesen obras públicas.

La división llegó a los uniformados. Entre los incidentes sobresale la sublevación de los artilleros el 30 de mayo en Valencia, donde tomaron la ciudadela y proclamaron al general Elío, que estaba preso allí, capitán general de la región. Los liberales recobraron la fortaleza y ejecutaron a Elío, pese a que se había negado a aceptar la propuesta de los rebeldes.

El 30 de junio de 1822 se clausuraron las Cortes en Madrid y hubo tumultos entre absolutistas y constitucionalistas, que concluyeron con el asesinato por parte de los guardias reales de un oficial del cuerpo, el gaditano Mamerto Landaburu, en el interior del palacio. El crimen, según Antonio Alcalá Galiano, lo contemplaron miembros de la Familia Real, que lo aprobaron. Tropas de la Milicia y de la guarnición salieron de sus cuarteles y se desplegaron por Madrid. La separación entre los dos bandos era muy pequeña: la Plaza de Oriente la ocupaba la Guardia y la Plaza Mayor la Milicia.

El 1 de julio un grupo de guardias se negó a desfilar al son del Himno de Riego, decretado por las Cortes marcha de ordenanza, y exigió que sonase la Marcha Granadera. El oficial al mando, sin duda teniendo presente el final de Landaburu, accedió. "Desde aquel punto quedó empezada la guerra civil en la capital", escribe Alcalá Galiano.

La amenaza del Rey a su Gobierno

Los movimientos posteriores fueron los siguientes. La noche del 1 al 2 de julio cuatro batallones de la Guardia Real marcharon a El Pardo, mientras quedaban dos en Palacio; éstos sumaban más hombres que las demás unidades militares en Madrid. Los ministros pidieron al Rey que nombrase al capitán general Pablo Morillo comandante interino de la Guardia, para negociar con ésta. Los constitucionalistas se organizaron y siguieron ocupando posiciones en el centro de la ciudad. Los ministros, encabezados por Martínez de la Rosa, se metieron en Palacio y desoyeron la propuesta del Ayuntamiento para acogerlos en la Casa de la Panadería.

La noche del 3 de julio el Rey ordenó por escrito al ministro de la Guerra que convocase una reunión de las autoridades, en la que les exigiría garantías contra todo peligro o bien se haría con el poder completo:

En el caso de observar en lo sucesivo que no se remedian los males presentes y que aún amenazan el respeto del monarca español, tomaré las justas medidas que están a mi alcance, según todos los derechos para salvar la nación de semejantes males.

El Marqués de las Amarillas cuenta que Fernando VII pensó en ir a El Pardo con su familia y ponerse al frente de sus guardias, pero que él le disuadió.

El 4 de julio varios diputados propusieron a la Diputación Permanente de las Cortes que intimase al Rey de esta manera: o se ponía bajo la protección de las tropas constitucionalistas o se le declaraba privado de libertad. El 5 de julio el Gobierno pidió al Rey que autorizase la venida de soldados regulares a Madrid, pero Fernando VII se negó a firmar el decreto. La noche del 5 al 6 los guardias reales pidieron al monarca que marchase a El Pardo con ellos.

La noche del 6 al 7 de julio, escribe Artola, "el Gobierno quedó secuestrado en Palacio, en tanto iniciaban los guardias de El Pardo la marcha sobre la capital".

Los batallones penetraron por el portillo del Conde-Duque, derribado a hachazos, y formaron tres columnas: al Parque de Artillería, a la Puerta del Sol y a la Plaza Mayor. La primera fue tiroteada por los liberales del Batallón Sagrado y los guardias huyeron; los disparos alertaron a las demás tropas de la Milicia y el Ejército.

Cuando los guardias penetraron en la Plaza Mayor desde la calle Mayor, los liberales les recibieron formados y con dos cañones en batería. Después de una escaramuza, los guardias que habían penetrado en la plaza y en Sol se retiraron a Palacio,

quedando durante las horas inmediatas bajo la protección del monarca, que logró que los milicianos suspendiesen el ataque a la residencia real.

La implicación de Fernando VII en el golpe de Estado es innegable. Amarillas presenció cómo se sacaban los caballos de Palacio al patio, seguramente para que el Rey y los infantes recorrieran las calles, después de que los guardias venciesen a los liberales, para "excitar el furor del populacho contra la Constitución y sus partidarios".

No es cierto, como se dijo posteriormente, que el propio Rey, "viendo perdida su causa", azuzara "desde un balcón de Palacio a los perseguidores", pero sí lo es que su cinismo llegó al punto de convocar a los ministros y culparles a ellos de los incidentes preguntándoles "qué era aquel desorden [y] por qué no hacían parar aquello".

Los batallones se despidieron de la Familia Real y trataron de dirigirse a la cercana Puerta de la Vega. La caballería constitucional los alcanzó en el camino a Alcorcón y los atacó. Allí es donde se produjo el mayor número de muertos de la jornada.

El Rey se metió en cama, "oficialmente indispuesto", y la Diputación de las Cortes ordenó que le escoltasen soldados y milicianos. El Gobierno también prosiguió varias semanas más, aunque no había hecho nada en los primeros días de julio para impedir el golpe o al menos llamar a más tropas leales a Madrid. El Ayuntamiento celebró la victoria liberal con unos actos que incluyeron un banquete en el Paseo del Prado, en el que se dice que los participantes fueron 9.000.

Una calle de acceso a la Plaza Mayor lleva el nombre de 7 de julio, y en 1840 se colocó una pieza en el arco dedicada a los héroes de ese día.

Los exaltados en el poder

A principios de agosto el Rey tuvo que nombrar como sustituto de Martínez de la Rosa a Evaristo de San Miguel, jefe de la Milicia el 7 de julio, que formó un Gobierno de exaltados y masones. Éste fue tan sectario y despótico incluso con los liberales moderados (purgas de la Administración, deportaciones, matanzas de presos políticos, destrucción de pueblos rebeldes, asesinatos de obispos y sacerdotes…) que en los meses siguientes, escribe José Luis Comillas, "el régimen liberal había perdido la cabeza". Los embajadores de las potencias extranjeras advirtieron a los nuevos gobernantes que respetasen la persona de Fernando VII.

Por otro lado, Fernando VII, añade Artola, accedió a las peticiones de Luis XVIII sobre el futuro régimen que se instauraría si intervenía contra los constitucionalistas. Así, en una carta suya aparece la idea de las Cortes por estamentos (plasmada en el Estatuto Real de 1834), recomendada por el embajador francés.

La impopularidad de los exaltados y los compromisos del Rey abonaron la intervención extranjera. En abril de 1823 penetraron en España los Cien Mil Hijos de San Luis y derrocaron a los liberales ante la indiferencia de la mayor parte del pueblo español, que prefería un rey tradicional.

Este episodio de la historia de España recuerda a otro que es el argumento de una famosa película y por tanto pura ficción: un príncipe que traiciona a su protector y engaña a un general amigo suyo. Me refiero a Gladiador, como ya habrá adivinado el lector.

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