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Francisco Pérez Abellán

Cervantes como si lo fuese

En el Ayuntamiento de Madrid todos los que mandan algo deberían ser castigados a leer el Quijote como reparación por haber consentido este despropósito.

Francisco Pérez Abellán
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El Ayuntamiento de Madrid primero desautorizó que el equipo de presuntos sabios que han buscado los huesos de Cervantes en el convento de las Trinitarias difundiera la noticia de que los había encontrado porque no se fía. Tiene razón porque en el pequeño osario exhumado los huesos de Cervantes solo lo son bajo palabra de honor o te lo juro por Snoopy. Desde luego es un asunto de política general: el ridículo internacional y la confusión mediática con la ciencia del "casi seguro".

El supuesto hallazgo fue primero difundido por medio de una "fuente anónima", dado que el municipio no quería que se diera por bueno porque no hay motivo, pero después, con el vale todo preelectoral y la misma falta de criterio que ordenó que se emplearan más de cien mil eurazos del pueblo en remover residuos, en vez de promocionar la lectura de la obra cervantina, se celebró una rueda de prensa con la alcaldesa en el palacio gallardonita de Ambiciones, en Cibeles.

Entre parte del equipo que se cubre de gloria destacan ilustres autores de grandes meteduras de pata como Bernardo Perea Pérez, todavía director de la Escuela de Medicina Legal y Forense de la Universidad Complutense y José Antonio Sánchez Sánchez, presidente de la asociación de antropólogos forenses de quienes han salido peritajes castastróficos como el de los hijos de Bretón quemados en Córdoba o el contrainforme eternamente rectificado del general Prim. O sea, que solo por esto, el fiasco de Cervantes se veía venir.

El despropósito consiste en buscar tumbas con georradar, a cargo de la empresa de Luis Alviar que es socio del abogado y ex convicto Emilio Rodríguez Menéndez, los dos prestamistas en Argentina, y se ha centrado básicamente en interpretar un trozo de madera con las letras M. G., cosa que se puede comprobar en las fotos distribuidas por ellos mismos, como si fueran M. C., de Miguel de Cervantes. Sus promotores, en su osadía, sostienen que han tocado los huesos del autor de la obra cumbre en castellano, al que tal vez por eso se le está machacando.

Primero la Academia publicó un Quijote censurado que ni en la época de Franco, corrigiéndole la plana al maestro y quitándole lo que los señores académicos creen que sobra. Luego los mismos imputados han publicado en edición de lujo la obra de su odiado enemigo Alonso Fernández de Avellaneda –sin que a este le censure académico alguno–, que le plagió la idea y quiso suplantar la segunda parte del Quijote, de la que este año celebramos el cuatrocientos aniversario de su primera edición (1615), provocando que don Miguel se revolviera en su tumba. Con lo que los del georradar habrían tenido suficiente con mirar entre los ataúdes el que tuviera los huesos protestones, encrespados, de haberse dado un revolcón de rabia, para saber cuáles son los del ofendido, dejándose de mandangas. Si levantaran la cabeza los del 27, con Dámaso Alonso al frente, se sacarían la minga dominga y volverían a mearse, como solían, en los muros de la Academia de la Lengua.

En el Ayuntamiento de Madrid todos los que mandan algo deberían ser castigados a leer las dos partes del Quijote como reparación por haber consentido este despropósito de turbar el descanso del manco de Lepanto en su huesa con la supuesta intención de encontrar sus restos de hace cuatrocientos años de los que quizá no quede nada. El equipo ha mostrado fragmentos en mal estado a los que no puede aplicar el ADN y no tiene otra forma de identificar lo que queda. La aventura en la que se ha gastado el dinero de los madrileños no tiene otra base, confesada por su impulsor, que una noche de recorta y pega de internet, y ha acabado por donde debió empezar: pidiéndole a las monjitas trinitarias los documentos que atesoran. Tengo que decirlo porque yo elegí ser periodista en vez de rico cuando todavía se podía elegir.

De modo que lo que ahora sostienen es que han identificado a ojo de buen cubero los huesos de Cervantes, el cautivo de Argel. O sea que para este viaje no hacía falta alforjas. Y la próxima vez, que el concejal consulte con alguien competente, aunque sea de pago.

La cosa queda como una pirueta política de gente inculta, con declaraciones e informaciones dudosas que los informativos se han tragado en el periodismo de los becarios, los mileuristas y los supervivientes del ERE, donde las caducas academias hacen el coro de las subvenciones mientras se quejan de que no les dan dinero suficiente.

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