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Cristina Losada

Derribar el pasado

El más notable pedestal vacío que han dejado las estatuas derribadas en nombre del antirracismo es el que corresponde a la crítica.

Cristina Losada
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El más notable pedestal vacío que han dejado las estatuas derribadas en nombre del antirracismo es el que corresponde a la crítica.
LD

El más notable pedestal vacío que han dejado las estatuas derribadas en nombre del antirracismo es el que corresponde a la crítica. No se ha podido leer, no en periódicos y medios de prestigio, una crítica radical al derribo de estatuas. No en los Estados Unidos, principal escenario. Tampoco en los países europeos donde se ha hecho derribo de imitación. No ha habido historiadores ni historiadores del arte ni comentaristas políticos relevantes que hayan salido a la palestra para rechazarlas. En algún caso, por alguna estatua en concreto, han puesto objeciones, pero el tono general ha sido éste: bien por el derribo de estatuas, ¡ya era hora! La pregunta es cómo hay tantos académicos y comentaristas que consideran justo y necesario derribarlas, y cómo había tan pocos que clamaban por su derribo antes. Algunos habría, ¿pero tantos?

La notoria falta de crítica indica que este raro consenso a favor de cargarse ciertos monumentos no viene de atrás, sino que obedece a las movilizaciones contra el racismo en Estados Unidos que desató la muerte, a manos de la policía, de George Floyd. Yendo un paso más allá, diríamos que es un consenso soldado, en buena parte, por el miedo: por miedo a no parecer suficientemente antirracista. El miedo a una ruidosa y sumaria acusación de racismo, de dar por buenas las creencias racistas o las prácticas esclavistas de los personajes en el punto de mira de los movilizados. Y tanto cuando esas creencias o prácticas responden a la realidad como cuando no. Es el miedo a despertar las iras de un movimiento justificado, y justificados también, por ende, todos sus actos. Es decir: contra el racismo, todo vale.

Los académicos y comentaristas que introducían algún matiz, como que no hay que acabar con todas las estatuas acusadas o dónde ponemos los límites, lo hacían con mucho cuidado, con enorme precaución, siempre con el escudo de la adversativa. Incluso una autora como Mary Beard tenía que explicar que el hecho de no estar de acuerdo con retirar la estatua de Cecil Rhodes no quería decir que aprobara su política y su visión del mundo. Y que, por supuesto, comprendía la indignación que provocaba el monumento. Esa estatua de Rhodes está en un edificio que lleva su nombre en el Oriel College, Oxford, al que legó dinero a su muerte en 1902. Allí se ha votado a favor de quitarla. ¿Y el dinero? ¡Ah!

La intelectualidad ha sido incapaz de decir algo tan sencillo como que la mayoría de las estatuas repudiadas no se erigieron para celebrar el racismo, sino para conmemorar determinadas acciones de unos personajes, y que parte de ellos eran racistas, como muchos otros en su época y muchísimos otros antes de ellos. La intelectualidad ha sido incapaz de exponer que los monumentos a ciertas personas no significan su canonización: eso queda en la iglesia. Ha sido incapaz de batirse contra la extendida idea de que, puesto que llevamos derribando y vandalizando estatuas desde que hay estatuas, ahora es bueno que sigamos derribando y vandalizando estatuas, como si hoy no pudiéramos esperar y exigir un poco más de racionalidad. Y ha sido incapaz de ver las diferencias entre los derribos de estatuas típicos de la caída de un régimen y los que se están haciendo y propugnando fruto de las divisivas políticas de identidad. Al revés, ha prestado su apoyo, da igual que por convicción o conveniencia, a un fundamentalismo político que quiere erradicar, no ya los males del presente, sino los males del pasado. La intelectualidad no ha sido capaz de oponerse a la furia contra las viejas estatuas, y eso es un símbolo del estado de derribo de la intelectualidad. El pedestal vacío es suyo.

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