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El lado más oscuro de la realeza: de comer barro a maquillarse con plomo

Las costumbres más extravagantes de las cortes europeas esconden historias sorprendentes: desde comer barro hasta maquillarse con productos tóxicos.

Las costumbres más extravagantes de las cortes europeas esconden historias sorprendentes: desde comer barro hasta maquillarse con productos tóxicos.
Cordon Press

¿Comer trozos de barro para adelgazar? ¿Llevar una peluca hecha con el vello de las amantes? ¿Maquillarse la cara con plomo? Algunas de las costumbres de las antiguas monarquías parecen hoy difíciles de creer, pero están documentadas en la historia de las cortes europeas.

El periodista César Andrés Baciero, autor de Reyes que vivieron como reyes, repasó algunas de ellas en Es la Mañana de Fin de Semana, de esRadio. Su libro, editado por La Esfera de los Libros, reúne historias sobre los excesos, las modas y las peculiaridades de quienes ocuparon los tronos europeos.

Luis XIV y sus enormes pelucas

Luis XIV convirtió su imagen en una auténtica marca. El Rey Sol llevaba grandes pelucas y tacones, aunque no siempre por los motivos que se han contado.

La peluca apareció después de que el monarca se quedara calvo, probablemente tras sufrir una fiebre tifoidea. Con el tiempo, aquella solución se convirtió en una pieza cada vez más exagerada, hasta alcanzar grandes dimensiones.

En cuanto a los tacones, Baciero desmonta la explicación habitual. "No es que quisiera parecer más alto porque ya tenía una buena estatura, sino que él estaba muy orgulloso de sus piernas". Los tacones servían para estilizar y destacar precisamente esa parte de su cuerpo.

Isabel I se maquillaba con plomo

El caso de Isabel I de Inglaterra es bastante más peligroso. La reina tenía marcas de viruela en el rostro y utilizaba cerusa veneciana o albayalde para cubrirlas.

El problema es que aquel maquillaje contenía plomo mezclado con vinagre. La piel blanca era uno de los grandes ideales de belleza de la época y la reina llevó esa imagen hasta convertirla en una de sus señas de identidad.

También se depilaban la frente y las cejas para conseguir una frente más despejada, tal y como exigían los cánones estéticos del momento.

Las damas que comían barro

Una de las historias más llamativas es la de los búcaros, pequeños recipientes de barro que aparecen incluso en Las Meninas de Velázquez.

Las damas de la corte podían arrancar pequeños trozos del recipiente y llevárselos a la boca. "Lo que hacían las damas en el siglo XVII es cortar pequeños trocitos del barro del jarro y metérselos en la boca", explica Baciero.

Se creía que esta práctica ayudaba a adelgazar y a conseguir una piel más blanca. También se le atribuían propiedades medicinales y anticonceptivas. La costumbre llegó incluso a algunos conventos y fue perseguida por la Iglesia.

Los tesoros de la Corona española que acabaron fuera

Felipe II estableció un fondo de tesoros de la Monarquía Hispánica que debía transmitirse entre los reyes y que, en principio, no podía venderse ni empeñarse.

La norma no siempre se respetó. Algunas piezas fueron empeñadas y recuperadas posteriormente. Durante la invasión napoleónica, además, importantes tesoros y obras de arte salieron de España.

Tras la derrota francesa, el duque de Wellington intentó devolver a Fernando VII algunas de las piezas recuperadas, entre ellas obras de Velázquez. El monarca rechazó la devolución al considerar que habían sido obtenidas en batalla.

La peluca de Carlos II y una historia de amantes

Carlos II de Inglaterra también protagoniza una de las historias más extravagantes del libro. Tras recuperar el trono después de la etapa republicana, tuvo que reconstruir buena parte de las piezas de la regalía británica, que habían sido fundidas.

Pero hay otra historia todavía más peculiar relacionada con el monarca: la leyenda de que tuvo una peluca confeccionada con el vello púbico de algunas de sus amantes.

Es precisamente este tipo de episodios, a medio camino entre el lujo, la extravagancia y la curiosidad histórica, los que utiliza Baciero para mostrar cómo vivían realmente algunos monarcas.

El libro también aborda cómo cambió la percepción de estas costumbres. Durante el Antiguo Régimen, la ostentación formaba parte de la imagen del poder, pero con la llegada de los valores burgueses comenzó a verse de otra manera. "Con la caída del Antiguo Régimen, los valores de la burguesía se ponen en valor, desestimando los de la monarquía", explica el periodista.

De tacones y pelucas imposibles a maquillaje con plomo, barro ingerido y tesoros reales, las historias de las monarquías muestran que detrás de las ceremonias y los grandes palacios también hubo costumbres tan extravagantes como sorprendentes.

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