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Juan Manuel González

'Balada triste de trompeta': la ametralladora nacional

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Álex de la Iglesia regresa por sus fueros con Balada triste de trompeta, flamante ganadora de los premios a mejor guión y dirección en Venecia gracias a la complicidad de un presidente del jurado, Quentin Tarantino, encantado de chapotear en la locura excesiva del realizador vasco. De la Iglesia prosigue con su particular renovación del esperpento español sazonada con una histeria pop perfectamente integrada en una historia que, como era de esperar, demuestra su habilidad para la acción y el humor grotesco, pero también para la metáfora política de calado, por mucho que -lamentablemente- a punto esté todo de perderse entre sus propios fuegos de artificio.

La película es probablemente el retrato más desgarrado y pesimista de España que se ha presentado en años. Una escopeta nacional trazada a balazos y golpes de humor obtuso pero, a la vez y como era de esperar en su autor, tremendamente sutil y repleta de imaginación visual. De la Iglesia demuestra dominar perfectamente el contenido simbólico de la historia hilando muy fino entre tortazos y exhibiendo una radicalidad que es más estética que política: de tanto dolor encapsulado, Balada triste de trompeta es un réquiem ibérico que tiene tanto de lamento friqui como de inteligente alegoría política de una España fratricida (y presentada de forma fascinantemente neutra, hay que decirlo).

Una lástima que la payasa odisea pierda a veces el compás debido al exceso de acontecimientos que de la Iglesia acumula a una velocidad brutal, excesiva, algo que acaba perjudicando la credibilidad de los personajes (estupendo trío protagonista, destacando a Carlos Areces) y enterrando el desencantado romanticismo de la historia. De tanta rabia encapsulada, quizás, de la Iglesia pisa demasiado el acelerador y deja al descubierto ciertas carencias de guión -o recortes en la sala de montaje, quién sabe- que apresuran la acción y a punto están de perder la complicidad del espectador. Una complicidad que, hay que decirlo, Balada triste de trompeta exige más que nunca.

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